Polarización. ¿El fracaso de la política?

España · Francisco Medina
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13 febrero 2019
En su libro La promesa de la política, Hannah Arendt refiere el fenómeno político –referido siempre en la tradición del pensamiento occidental a la vida de la polis– a un hecho derivado de la pluralidad de los hombres, un hecho derivado del estar juntos y de convivir con el otro, con el diverso, generador de un espacio que los une y, a la vez, los separa: el mundo en el que vivimos y nos movemos. La política, pues, no es algo separado de la vida de los hombres, y que guarda mucho que ver con la libertad no sólo de reunión, expresión y asociación, sino libertad para tomar parte activa en los asuntos públicos.

En su libro La promesa de la política, Hannah Arendt refiere el fenómeno político –referido siempre en la tradición del pensamiento occidental a la vida de la polis– a un hecho derivado de la pluralidad de los hombres, un hecho derivado del estar juntos y de convivir con el otro, con el diverso, generador de un espacio que los une y, a la vez, los separa: el mundo en el que vivimos y nos movemos. La política, pues, no es algo separado de la vida de los hombres, y que guarda mucho que ver con la libertad no sólo de reunión, expresión y asociación, sino libertad para tomar parte activa en los asuntos públicos.

Para Arendt, la política es un narrarse, un conversar los unos con los otros, debatir porque únicamente de esta “confrontación”, de este diálogo, es como mi experiencia del mundo se amplía, se enriquece con el fenómeno del otro. Tal espacio común, como señala la pensadora, tiene un marco, un contorno que la tradición occidental había establecido: la constitución emanada del pueblo; la lex (en latín, significa poner en relación), las costumbres y nuestras instituciones, y en cuyo seno se hace posible la acción de gobierno.

Es difícil no tener presente la realidad de nuestra sociedad al leer las agudas y provocadoras reflexiones que Hannah Arendt hace sobre el fenómeno de la política: una España que, desde hace una década, lleva atenazada por el “miedo que nos paraliza”, por una mentalidad del corto plazo y de lo provisional. Por una sociedad líquida, donde las cosas no se aprehenden sino que se consumen, y donde el miedo a la vida, al riesgo, al dolor, a la muerte, al fracaso… está omnipresente. Es una España donde la clase política ha cruzado la delgada línea roja y se ha adentrado en la huida hacia adelante de las utopías (nacionalismo, los nuevos derechos o el recurso a los valores), y la sociedad ha seguido acríticamente.

No podemos negar que, como sociedad, nos hemos polarizado: el juego irresponsable de la moción de censura promovida por Pedro Sánchez ha degenerado en una posición irresponsable de un Gobierno que no dice ni sí ni no, sino todo lo contrario, negociando con partidos nacionalistas que únicamente buscan perpetuar el cortijo socavando ya no sólo el sistema constitucional, sino el marco social de convivencia al enfrentar a sus propios ciudadanos (y no sólo me refiero a Cataluña; también en el País Vasco y Navarra); recabando apoyos de un Podemos que cada vez más adopta la forma de una izquierda líquida, en la que no existe más que la huida a ninguna parte; así también en el PSOE cuyo único proyecto de ingeniería social y jurídica es el de la vida líquida que Zygmunt Bauman denunciaba (y con el que muchos defensores del Estado liberal concordarían). La polarización por la izquierda está pasando factura.

Frente a la polarización, el cansancio, la indignación… el rechazo y la movilización. En suma, más polarización: la manifestación del pasado domingo 10 de febrero, convocada por VOX, Ciudadanos y Partido Popular para instar a marcharse al Gobierno Sánchez parece ser un reflejo de esta dialéctica tesis-antítesis hegeliana, anhelante de una síntesis. De nuevo, la concepción materialista de la historia, en la que no tiene protagonismo la libertad humana, sino la necesidad –como así agudamente constataba Hannah Arendt al examinar la Revolución Francesa en su libro Sobre la Revolución–. La reacción y el seguimiento de una buena parte de la sociedad española que aún sigue convencida de la necesidad de los valores.

Esta mentalidad de los valores, en el fondo, da por supuesto la experiencia del espacio común, del estar juntos, de este fenómeno entre los hombres del que habla Arendt. Y es que preguntas como ¿qué significa estar juntos?, ¿quién es el otro para mí?, ¿qué rostro tiene?, ¿cómo piensa?, ¿cómo vive?, ¿por qué es un bien que el otro, que no piensa como yo, exista?, ¿por qué es un bien la unidad?, ¿es algo que me hace más libre o me cierra más?… han sido dadas por descontado. Y, por tanto, olvidadas. Y a esto no se sustrae la comunidad cristiana en España. A este hilo, resultaba llamativo constatar cómo el pasado domingo, en la parroquia a la que voy, asistiera a misa mucha menos gente de la habitual. Y es que gran parte de los que no estaban fueron a la manifestación convocada en la plaza de Colón.

El problema no es manifestarse, sino si el hecho de salir a la calle tenía algún sentido; es decir, si ha contribuido a la construcción de un espacio para estar juntos, para conversar, para construir lo que es una condición prepolítica imprescindible: un tejido social de libertad y de encuentro con el otro, donde pueda afirmarse en lo concreto “es un bien que tú, amigo, existas”. Esta amistad que nace del espíritu de lo público que, en los tiempos de la Antigüedad, y en la Edad Moderna (con la Revolución Americana), siempre ha existido como una posibilidad de construcción –que ha de hacerse viva a través del encuentro entre los hombres–, pero ha de empezar desde abajo. Sin esto, no se pueden regenerar nuestro gobierno, nuestro sistema político y nuestras instituciones. La indignación ha de ser canalizada, la rabia depurada… a través de la regeneración de nuestro cuerpo político.

En nuestros días, asistimos a una progresiva y rampante privatización del espacio público. Es claro que, como sociedad, nos hemos retirado, haciendo de nuestros hogares, nuestras relaciones, nuestro trabajo o nuestro compromiso social o caritativo, como algo privado. Hemos asumido una concepción de la Historia como producto de la necesidad y nos hemos olvidado de que nuestras decisiones tienen repercusión en las vidas de los otros. Somos dependientes, queramos o no.

Por ello, creo que la manifestación del domingo, siendo eco de un verdadero y justo descontento, está destinada a la esterilidad. A mi juicio, ha de venir acompañada de un deseo de construir, concretado en el abandono de ciertas manipulaciones simbólicas (la bandera, el himno, el escudo o determinados lugares comunes) o en el rechazo de las fake news o el desahogo emocional en las redes sociales… Justamente, esto es lo que falta.

El problema es prepolítico: y parte de una necesaria educación en el seno de la comunidad cristiana; aún nos resistimos a abandonar esa concepción de la fe como justificación de la propia postura o refugio ante la aridez del vivir cotidiano. Valores como la “lucha contra el aborto, la eutanasia, la defensa de la familia, la unidad de la nación española, la defensa de la educación concertada, el rechazo a una Administración intervencionista” están comenzando a revelarse como un pretexto para no reconocer que nuestra experiencia cristiana es comunitaria, y no se reduce a la vida en el seno materno. Los inmigrantes que llegan huyendo de auténticas tragedias; el capitalismo especulativo; la privatización de los servicios públicos propugnada en algunos ámbitos que se dicen católicos; la pobreza…nos afectan y nos obligan a replantear ciertos esquemas que teníamos aprendidos. O somos hospital de campaña, en salida, en nuestro trabajo, en nuestro hogar, en nuestra parroquia, en los diversos ambientes, tomando parte activa en nuestra sociedad y saliendo al encuentro del otro, ofreciendo el tesoro de lo que nos ha sucedido, o nuestra contribución será inútil. Contribuiríamos al fracaso de la verdadera política.

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