Poesía y política: Georgia y Rusia en vísperas de guerra

Mundo · Artur Mrowczynski-Van Allen
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9 julio 2008
A mitad de los años ochenta (del siglo pasado) llegó a mis manos una malísima copia, samizdat, de un texto del escritor, poeta y disidente lituano Tomas Venclova. Era un ensayo titulado La poesía como penitencia. Trataba sobre la diferencia entre la poesía de la Europa central-oriental y la occidental. La conclusión de Venclova se resumía en una frase: "La poesía del Oriente europeo es la poesía de la vida y de la muerte, la de Occidente es la de los campus. Esta última se escribe en los campus universitarios, la primera en los campos de concentración".

Hoy han pasado ya más de veinte años desde que leí aquella frase. Tomas Venclova es actualmente profesor de literatura en la Universidad de Yale y el muro de Berlín hace años que se convirtió en un trozo de cemento que guardo como recuerdo en un cajón de mi escritorio, pero aquella frase no ha perdido su vigencia, más aún, cada vez se hace más evidente que no sólo la poesía, sino también la política, pertenecen en el Oriente y en el Occidente europeos a dos órdenes diferentes de la vida. Tanto la poesía como la política, en las culturas del Oriente de Europa, nacen y se desarrollan como expresiones de la experiencia vital, mientras que en Occidente pertenecen al abstracto mundo  académico y al no menos abstracto mundo de lo político. Aunque merece la pena señalar que también en Occidente podemos encontrar excepciones notables y significativas, como muestra Alisdair MacIntyre en su ensayo La poesía como filosofía política: notas sobre Burke y Yeats. Son casos, como demuestra MacIntyre, donde la verdad de la poesía abarca también el fenómeno político, a pesar del rechazo de esta posibilidad por el ethos de la cultura dominante.

Con el paso del tiempo, en Europa Occidental, la memoria de la última guerra se ha reducido a una serie de curiosos puntos de referencia: la resistencia de los anti-totalitaristas alemanes, los bombardeos de las ciudades francesas y la oposición del mundo civilizado al terror organizado por un pequeño grupo de locos fanáticos. La construcción de nuevas imágenes de la memoria colectiva en la sociedad occidental no sólo ha conseguido crear una visión del pasado reduccionista (y por lo tanto falsa), sino que ha contribuido a la recaída en la antigua ceguera. Del mismo modo que, no hace tanto, la famosa foto de Yalta (Stalin, Churchill y Roosevelt sonrientes) se convirtió en Occidente en la imagen de garantía de un futuro de prosperidad y en la Europa Central y Oriental en el símbolo de la traición, la opresión y el exterminio, las fotos del primer viaje del presidente Miedvedev a Alemania, Francia e Italia significan, para el Occidente europeo, el inicio de conversaciones sobre "la seguridad energética" y, para Ucrania y Georgia, la imagen de unas negociaciones donde se vende su libertad a cambio de gas y petróleo rusos.

Ya una vez vendió Occidente, a cambio de "seguridad", primero los Sudetes y Polonia y luego más de la mitad de Europa. Esta vez el precio es, al parecer, más accesible. Y el modo de pagarlo es permanecer ciegos ante la nueva manipulación de Berlín y Moscú.

Lo que ya ha dejado claro la diplomacia del Kremlin es que no piensa perder definitivamente su control sobre Ucrania y Georgia. Su tolerancia respecto de la independencia de estas dos repúblicas ex-soviéticas tiene un límite muy definido: el ingreso de  estos dos países en la OTAN. Los recientes, y nada clandestinos, preparativos para el despliegue de las fuerzas del Ejército Ruso en la frontera georgiana y en la autoproclamada República de Abjasia tienen una finalidad muy clara: aprovechar la ocupación de esta región de Georgia, controlada de facto, desde hace años, por Rusia, para crear la suficiente tensión en esa región. La provocación de una guerra con Georgia, una nueva maniobra de la diplomacia rusa, supondría un serio obstáculo para las negociaciones de ingreso de Georgia y Ucrania en la OTAN, que deben concluirse en diciembre de este año.

En el siglo IV a.C., los griegos y los romanos denominaban Iberia a Georgia. Hay quien afirma que aquellos íberos llegaron a estas tierras. Y hay quienes comparan el idioma georgiano con el vascuence. Pero estos casi míticos lazos entre España y Georgia quizás ya no sean suficientes para despertar a la opinión pública española. Por eso vuelvo a recordar a los poetas georgianos, cuyas vidas y obras permanecen dolorosamente incrustadas, para Occidente, en la historia desconocida de Europa. Porque, quizás, la poesía sea la más poderosa de las armas que pueden contraponer los georgianos frente a la máquina militar rusa.

Galaktion Tabidze, en el año 1959, saltó de la ventana del hospital psiquiátrico de Tblisi, donde había sido encerrado por los comunistas. Quizás no pudo soportar más la persecución ni la muerte en la katorga, en Siberia, de su esposa Olga Okhudzava. Seguro que permanecía en él el doloroso recuerdo de otros dos jóvenes poetas, fundadores del grupo literario "Tsisperi rkebi" ("Cuernos azules"), torturados hasta la muerte en la cárcel soviética: su primo Titsian Tabidze y el amigo de éste, Paolo Iashvili. Puede ser que recordara las palabras del poema de su primo Titsian: "Nací en abril, cuando en los árboles florecían conmigo flores blancas. Por eso sé que moriré".

El entierro de Galaktion Tabidze congregó a decenas de miles de georgianos, que lo convirtieron en un recital de la poesía inmortal. Tenía razón Mijail Bulgakov: "los manuscritos no arden".

Y si todavía alguien pregunta qué tiene que ver la política con la poesía, que se lo pregunte a los georgianos. Será que Czeslaw Milosz, en su libro El pensamiento cautivo, acertó al escribir: "En una calle de una ciudad en la que se combate, un hombre se halla sometido al fuego de las ametralladoras. Mira el pavimento y ve un espectáculo realmente curioso: los adoquines se yerguen como las púas de un puerco espín. Son las balas que, al dar contra sus bordes, los desplazan y los ponen en posición oblicua. Momentos así, en la conciencia de un hombre, juzgan a todos los poetas y filósofos. Un poeta puede haber sido adorado por el público de las tertulias literarias (…). Sus poemas, en cambio, recordados en un momento así, parecen de pronto raquíticos y pedantes. Por el contrario, la visión de los adoquines es indiscutiblemente real y la poesía que se base en una experiencia igualmente desnuda podrá sobrevivir triunfante en el día del juicio de las ilusiones humanas. Entre los intelectuales que pasaron por las atrocidades de la guerra en Europa Oriental se produjo lo que sería lícito llamar una ‘restricción de lujos emocionales'. Las novelas psicoanalíticas les hacen reír. Consideran basura la literatura de complicaciones eróticas que sigue siendo popular en el Oeste. Les aburre la pintura de los epígonos. Tienen hambre; pero quieren pan, no dulces".

Si los europeos occidentales siguen permaneciendo en su cómoda ceguera, deben al menos recordar que puede ser que dentro de poco el gas que caliente las casas de la Unión Europea tenga el color de la sangre de los jóvenes georgianos y rusos, y el sabor a una poesía que no entienden.

Centro Internacional para el Estudio del Oriente Cristiano. Granada

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