Editorial

Podemos o el deseo de protagonismo

Editorial · Fernando de Haro
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1 febrero 2015
Había mucha gente en la Puerta del Sol. Según la policía 100.000. Eran más, unos 200.000. Una gran capacidad de convocatoria para una época descreída. Ondeaban banderas republicanas. El público, difícil de calificar. No estaban allí los habituales militantes sino una especie de clase transversal, de todas las edades, clase antipolítica que ha vuelto a creer en la política.

Había mucha gente en la Puerta del Sol. Según la policía 100.000. Eran más, unos 200.000. Una gran capacidad de convocatoria para una época descreída. Ondeaban banderas republicanas. El público, difícil de calificar. No estaban allí los habituales militantes sino una especie de clase transversal, de todas las edades, clase antipolítica que ha vuelto a creer en la política.

La “Marcha de Madrid”, organizada por Podemos, el partido populista que sacude desde hace meses la política española, ha sido un éxito. Pablo Iglesias, el líder de la formación, la había organizado para comenzar el camino que según él llevará al Gobierno. Si Syriza lo ha conseguido en Grecia, ¿por qué no puede ocurrir en España?

La Marcha de Madrid ya había sido un éxito antes de empezar. PP y PSOE, los dos partidos mayoritarios, han estado absolutamente polarizados por la cita. El presidente del Gobierno se fue a Barcelona para replicar a Pablo Iglesias que la España negra que pinta no existe, que el PIB crece al 2 por ciento, que se van a crear más de un millón de puestos de trabajo en dos años, que la política del centro-derecha es un éxito.

Los socialistas, divididos y con el miedo en el cuerpo por la posibilidad de que Podemos les arrebate su espacio electoral, se conjuraban este sábado para lograr una unidad que no consiguen desde que salieron del poder. También ellos han atacado la Marcha de Madrid. La izquierda y la derecha, que no han estado de acuerdo en casi nada desde que Aznar ganara las elecciones en 2000, disparan ahora cada una desde su esquina contra la fuerza emergente. No han fraguado consensos para reformar la ley electoral, para acercar sus partidos a la gente, para poner coto a la partitocracia que asfixia a las instituciones.

200.000 personas en la calle son muchas personas. Podemos es el síntoma, la marca que se aprovecha de un profundo malestar. Y los partidos mayoritarios no acaban de saber leer el abecedario con el que se escribe el descontento social. El Gobierno está convencido de que la economía lo arregla todo. Así es la mentalidad liberal, unidimensional.

Iglesias habló con un tono épico. Habló de sueños y de caballeros andantes. Un lenguaje bonito que esconde una ambigüedad no calculada. En realidad Podemos no sabe si es eurocomunista, chavista, o simplemente antisistema. Eso sí, debajo de la letra aparecía una música inquietante. Porque Iglesias al criticar las políticas del Gobierno las denominó totalitarias. El líder de Podemos aseguró que lo de abajo es lo democrático y lo de arriba lo antidemocrático. Hay en su formación una sospechosa tendencia a sugerir que la soberanía de las urnas, de la mayoría, la que se expresa en el Parlamento y en la Constitución no tiene legitimidad.

Podemos es un partido que ha crecido en las tertulias televisivas, en las concentraciones callejeras, en las redes sociales. Puede estar tentado de pensar que las nuevas formas de participación, virtuales y reales, cuentan más que los votos. Como si los calidoscopios postmodernos pudieran sustituir la realidad. Afortunadamente el Estado de Derecho garantiza un mínimo de ese coraje que hace falta para admitir la imperfección de toda obra humana en la que se fundamentan nuestras democracias.

Iglesias invocó el ejemplo de Syriza en Grecia. Syriza ha hecho cosas muy razonables y otras descabelladas en sus primeros días de Gobierno. El partido de Tsipras ha formado Ejecutivo en pocas horas y ha anunciado con rapidez y claridad sus primeras decisiones. El PP en España tardó cuatro meses en poner en marcha su programa de reformas. Entre las medidas de Tsipras hay algunas (devolver la paga perdida a los pensionistas) que son de justicia: el nivel de sufrimiento social de los griegos es intolerable. Y hay otras que suponen lo de siempre, la resistencia a la modernización. No reconocer a la troika, como ha hecho el ministro de finanzas Varufakis, es ponerle una soga al cuello a los griegos. Esperemos que sea solo una posición de partida para negociar en mejores condiciones el aplazamiento de la deuda. La economía griega tiene solución. Y más ahora que Alemania, por fin, ha admitido la necesidad de más políticas sociales y de expansión monetaria. Por eso no conviene exacerbar las contradicciones. Pronto veremos si en Syriza domina más el espíritu revolucionario de ruptura o la matriz eurocomunista.

Si Grecia tiene solución, mucho más la tienen España y el conjunto de Europa. Pero para alcanzarla hay que combinar el trabajo en favor de una economía competitiva en un mundo global (educación, productividad, pymes con más tamaño, sociedad del bienestar eficiente) con una política social que reduzca el sufrimiento y que no des-responsabilice. Y sobre todo hay que ser conscientes de que el populismo crece no solo por demagogia sino porque hay un pueblo que quiere decir yo, que quiere ser protagonista de la vida política e institucional. Otra cosa es que haya elegido malas soluciones.

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