Podemos es hijo del fracaso educativo

Mundo · Fernando de Haro
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23 diciembre 2015
A Podemos lo votan los jóvenes. A Podemos lo votan los que no creen en el sistema. Podemos es la prueba más clara de un fracaso educativo. El reverso de una vida pública en la que no se ha podido hablar hasta el momento de las cuestiones relacionadas con el sentido, de una tecnocracia asfixiante, de un descuido en la transmisión de las certezas que fundamentan la vida democrática.

A Podemos lo votan los jóvenes. A Podemos lo votan los que no creen en el sistema. Podemos es la prueba más clara de un fracaso educativo. El reverso de una vida pública en la que no se ha podido hablar hasta el momento de las cuestiones relacionadas con el sentido, de una tecnocracia asfixiante, de un descuido en la transmisión de las certezas que fundamentan la vida democrática.

España tuvo el coraje de hacer una transición modélica. Pero los que la hicieron y los hijos de los que la hicieron no hemos sabido hacer llegar a nuestros hijos y a nuestros nietos el valor de lo ocurrido, la experiencia que lo sustentaba. Había, a finales de los años 70 del pasado siglo, una evidencia compartida: para sostener una democracia plural es necesario admitir la imperfección de las cosas humanas. Hace falta un gran coraje para llegar a ese punto. Aquella certeza había nacido, en gran medida, de lo mucho que se había sufrido y del deseo de prosperidad y paz. Para admitir la imperfección política hay que tener experiencia de la perfección, o al menos de una cierta alegría. Es en realidad una gran paradoja. Cuando la política se identifica con la gestión, con la economía, cuando censura aquello en lo que se sustenta, pierde la virtud de lo limitado y de lo discreto.

El juego nunca suma cero. El problema del sentido es obstinado. Siempre reaparece. La tecnocracia acaba sirviendo de alimento para el nacimiento de nueva teología política, para un nuevo milenarismo que vuelve con fuerza y que se apropia del deseo de un Reino donde la Justicia con mayúscula sea definitiva. El que los fundamentos del Estado de Derecho no sean necesariamente compartidos no significa que tengan que ser olvidados. Sin ellos –los que cada uno considera más convenientes– las generaciones crecen sin capacidad crítica, sin un corazón inteligente capaz de someter a examen las viejas promesas de una tierra sin dolor y sin límites, sin el sentido último de la responsabilidad. De la paciencia heroica de construir lo posible.

A las generaciones jóvenes les hemos explicado, en el mejor de los casos, muchos valores. Les hemos dejado solos ante un consumo y ante un mercado que les ha devorado el tuétano. Solos ante la tecnología, solos ante sus sentimientos, solos ante el dolor por la injusticia, solos ante la aspiración de lo infinito. Hemos pensado que educar, en su forma más excelsa, era adquirir conocimientos, excelencia, disciplina. Y las cuentas no han salido. No podían salir. Han llegado los que prometían el paraíso y se han ido tras ellos. Hemos dado todo por supuesto y se ha hecho claro el verdadero nombre de la crisis.

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