Perú: una triste historia que se repite

Mundo · Luis Enrique Marius
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6 junio 2011
Días previos a las elecciones anteriores, cuando aparecía como el candidato de mayor preferencia el presidente Alan García, me dediqué en Lima a preguntar: ¿Si gran parte de los peruanos consideran que cayó en la corrupción, por qué piensa votarlo? La respuesta era casi inmediata: es lo menos malo que se nos presenta.

Y la historia se repitió en estos días previos a las elecciones, pero en un supuesto equilibrio, porque el pueblo se dividió en dos, con la misma afirmación: es el (o la) menos malo (mala). Con un grupo de peruanos analizamos las alternativas de las elecciones que han dado la mayoría al candidato Ollanta Humala, y coincidíamos en la vaciedad de sus supuestos programas de gobierno, y que, en todo caso, no respondían a las más sentidas necesidades y aspiraciones del pueblo peruano. Medio Perú despertó festejando un triunfo que muy pocos saben de qué se trata, y el otro medio Perú, temiendo lo peor para el futuro inmediato.

Para nosotros no es una situación nueva, sino, lamentablemente, la confirmación de nuestros análisis y previsiones, por la preocupante existencia y persistencia de vacíos donde han desaparecido pensamientos y propuestas, y donde los dirigentes no se califican por sus capacidades y conocimientos, sino por sus niveles de acumulación, sus habilidades lucrativas y el (supuesto) poder que implica la manipulación de mentes y voluntades. Equivocadamente, varios medios de información internacional, vuelven a citar un supuesto "giro hacia la izquierda" en la política peruana.

"Consideramos la tradicional caracterización entre izquierdas y derechas como categorías establecidas y muy engañosas, cuando podemos constatar en muchos casos políticas que podrían llamarse de derecha animadas por discursos de izquierda, y lo mismo a la inversa, cuando con discursos pseudo revolucionarios o nacionalistas se esconden tristes acuerdos y negociaciones con intereses ajenos y hasta contradictorios con los de nuestros pueblos". Será por demás interesante conocer, dentro de un tiempo no muy lejano, la opinión de ciertos personajes que en Perú se sienten depositarios del sentir popular, y en estas elecciones no ayudaron al mejor discernimiento, sino que apostaron por alguno de los candidatos.

Pero los hechos nos llevan a dos conclusiones que no pueden obviarse y que emergen de forma cuestionable de las elecciones en Perú. En primer lugar, que nuestros pueblos no han perdido uno de sus derechos colectivos más determinantes: el derecho a la esperanza. Nuestros pueblos jamás serán proclives a un suicidio colectivo, y entre brumas y amaneceres, siempre está presente el derecho a la esperanza. Lo escuchamos y lo sentimos, nuestros pueblos aspiran, desean y merecen un cambio, y lo buscan. A veces a tientas dentro de lo que las clases dirigentes, con la profunda crisis que padecen (y hasta alimentan), ofrecen; otras, apoyando al primero que hable de cambio, aunque después (muchas veces) tengan que lamentarlo.

En segundo lugar, el gran interrogante: ¿En qué se ha transformado la política? ¿Está agotada exclusivamente en la competencia por quién gana la carrera a la Casa de Gobierno, o es algo más que eso? ¿Podrá seguir siendo un mecanismo para ejercitar la mercadotecnia electoralista o el maquillaje que debe usar el candidato para ocultar sus defectos de nacimiento, o el palabrerío que debe ejercitar para no escuchar y neutralizar el clamor de los pueblos, con tantas necesidades y aspiraciones acumuladas a lo largo de su historia? O, por el contrario, se constituye en lo que debe ser: el auténtico e indispensable protagonismo permanente de las personas en asumir y comprometerse en la construcción de su propio futuro y el de sus hijos. Las coyunturas pasan, también los gobiernos. Lo que debe permanecer es la conciencia, la esperanza y el compromiso de nuestros pueblos, que no se puede vender ni regalar.

Luis Enrique Marius es director general del CELADIC

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