Péguy y la piedad primordial

Cultura · Damien le Guay
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21 septiembre 2014
Murió asesinado por los alemanes el 5 de septiembre de 1914, en paz consigo mismo y enfurecido con su tiempo. Cien años más tarde, son muchos los que le admiran, pero está desterrado de los programas escolares —¡lo que es un escándalo!—. También algunos lo reclaman abiertamente. Les ayuda a pensar a contracorriente, a luchar contra los verdaderos estereotipos: los del pensamiento mecánico, los de las ideas perezosas y los de los eslóganes huecos.

Murió asesinado por los alemanes el 5 de septiembre de 1914, en paz consigo mismo y enfurecido con su tiempo. Cien años más tarde, son muchos los que le admiran, pero está desterrado de los programas escolares —¡lo que es un escándalo!—. También algunos lo reclaman abiertamente. Les ayuda a pensar a contracorriente, a luchar contra los verdaderos estereotipos: los del pensamiento mecánico, los de las ideas perezosas y los de los eslóganes huecos.

Alain Finkielkraut se sitúa a la cabeza de los actuales herederos de Péguy. Retoma a su maestro para, dice, “enfrentarnos a la degradación del mundo moderno que, según Péguy, tiende a convertir en negociable lo que no lo era hasta ahora”. Considera que “Péguy debería ser una referencia incontrovertible para todos los que quieren pensar el mundo moderno”. Pensarlo, criticarlo, mejorarlo, volver a encontrar el norte.

Él, y otros (como Jacques Julliard, Pierre Manent…) están seguros de que Péguy es hoy más necesario que nunca. ¿Por qué es urgente leerle? ¿Por qué apropiarse de él, cuando su centenario no será celebrado por los poderes públicos —segundo escándalo—? Péguy fue y sigue siendo un visionario inclasificable, un escritor genial, un poeta fuera de los esquemas. Sus textos están repletos de claridad profética. Pasados cien años, no deja de ser actual por ser (lo es todavía, en 2014) un rebelde visionario, un libertario de orden, un cristiano de combate, un peregrino en los caminos de la fe, un propagador de alarmas, un vigilante republicano, un socialista franciscano, un habitante de la ciudad armoniosa. Y los que quisieran “guardarle” en un cajón, en un mundo pasado, de antes de la primera guerra mundial, se equivocan —y quieren equivocarnos—.

No obstante la censura del Ministerio de Educación Nacional, es necesaria la valentía de leer a Péguy (empiecen por Notre Jeneusse; ¡no quedarán defraudados!). La frescura de su pensamiento y la precisión de sus llamadas de atención irrumpen en cada una de sus páginas. Y lo más importante: hay en su obra numerosos antídotos. Antídotos para salvar a la república de los que se sirven de ella en lugar de servirla. Antídoto para restablecer la razón a quienes piensan que nosotros no tenemos ninguna “deuda” con el pasado. Antídoto para prevenirnos contra el “dinero” corruptor, convertido en única referencia de todo y de todos. Antídoto para ayudarnos a volver a formular la propuesta educativa, para volver a gustar las obras literarias y el deseo de leer a los niños. Antídoto contra la actual desconfianza respecto a la “Nación”. Antídoto contra la depresión francesa, la morosidad democrática, la falta de esperanza y de fe en el futuro. Antídoto contra esta sociedad de individuos y no de personas, contra nuestro rechazo a lo heredado, a la ley simbólica, a la responsabilidad hacia los otros.

Ayer, como hoy, Péguy está aquí. Aquí, contra las injusticias perpetradas en los suburbios de la ciudad. Aquí, contra los cristianos satisfechos de sí mismos y poco del “Dios que tiene fe en nosotros”. Aquí, contra los que detestan el “narrarse de la nación”. Aquí, contra la proliferación de las ensoñaciones de cada uno. Aquí. Siempre y todavía aquí, pero como polizonte, como SDF intelectual. Leer a Péguy es suficiente para nutrir diez procesos contra nuestra época, para echar leña al fuego en todos nuestros debates actuales, para dejar en situación desairada a uno, o cinco, o diez argumentos contra aquello en lo que nos hemos convertido.

En Péguy se encuentra, si se le toma en serio, si se enseña, si se le da a leer a nuestros hijos, aquello con lo que dinamitar lo que las ciencias humanas han llegado a ser. En la enseñanza del francés, haría estallar la inflación de jergas y esa primacía de la glosa y del detalle y del comentario sobre el amor por la Historia y por las obras literarias. Su lección es la siguiente: hay que luchar contra el punto de vista histórico impuesto a todas las ciencias humanas y contra quien conduce a los hombres a que terminen siendo meros espectadores de su humanidad. Los hombres, la sociedad, no se mueve, pero cree moverse. No cree, pero cree creer. No vive, pero cree vivir. No lee literatura, pero se cuida de leer “objetos literarios”. De esta manera, hemos perdido el contacto directo con el mundo, la adhesión directa a las cosas, la confianza elemental hacia la gente. Frente a todo esto, Péguy considera que es necesario retornar a lo que él denomina “la religión más grande”, la primera de todas: “el respeto absoluto a la realidad, a sus misterios, a la piedad, el respeto religioso absoluto a la realidad soberana y maestra, a lo real tal como se nos ha dado, al acontecimiento, llegue en la forma que llegue”. Esta piedad no es algo sin importancia. Al contrario, es el cimiento de todo lo demás. No hay cultura, ni sociedad ni política sin esta primordial piedad.

Traducción de Carmina Salgado

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