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Paz para el imperio

Editorial · Fernando de Haro
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3 noviembre 2020
La paz del imperio. El criterio de San Agustín en la Ciudad de Dios parece el más conveniente para afrontar los resultados de las elecciones de este martes en Estados Unidos. El mejor resultado será el que mantenga la paz en el imperio. A menos que se apueste por una teologización de la política y se espere de uno de los candidatos la defensa de determinados valores. No parece conveniente, teniendo en cuenta la condición histórica de la sociedad y del hombre del siglo XXI, el mayor bien posible para todos.

La paz del imperio. El criterio de San Agustín en la Ciudad de Dios parece el más conveniente para afrontar los resultados de las elecciones de este martes en Estados Unidos. El mejor resultado será el que mantenga la paz en el imperio. A menos que se apueste por una teologización de la política y se espere de uno de los candidatos la defensa de determinados valores. No parece conveniente, teniendo en cuenta la condición histórica de la sociedad y del hombre del siglo XXI, el mayor bien posible para todos.

Pax Americana. Estados Unidos ya no es el imperio de hace 70 años. Aunque tiene el 43 por ciento de las bombas atómicas del mundo y acumula el 40 por ciento del gasto en defensa. Y en tiempos absolutamente problemáticos como los que vivimos, los errores de un gigante en lento declive –tampoco hay que exagerar– pueden acelerar la formación de la tormenta perfecta.

Para que haya paz en el imperio lo primero es una victoria clara. Si no se produce en estados decisivos como Michigan, Carolina del Norte o Wisconsin todo se puede complicar mucho. Los gobernadores son demócratas y los parlamentos están en manos de los republicanos. Cada uno puede reclamar a su candidato como vencedor. Hay más voto por correo que nunca y el recuento de ese voto no aparece en la noche electoral. Trump puede proclamarse ganador dentro de unas horas y negar la validez del voto por correo si no le es favorable. El caos sería grande.

Un ganador claro. Y mejor si el perdedor es Trump y su presidencia se acaba en el primer mandato. El presidente republicano no es el demonio, pero su salida de la Casa Blanca podría detener algo la segmentación del país. Las políticas identitarias de la izquierda estadounidense, enfocadas en cuestiones de raza, sexo y etnia, han acentuado la fragmentación desde finales del siglo pasado. Han fortalecido la conciencia de pertenecer a una comunidad que estaba por encima de todo. El pensamiento de derechas de los últimos años no ha superado el molde identitario y ha vertido sobre la misma estructura otros contenidos: la defensa de los blancos que no viven en las costas y que han sufrido la globalización, de las comunidades religiosas, del uso de las armas. El proyecto común se diluye. No hay que gobernar para todos, es suficiente con obtener el respaldo de un 30 por ciento de la población. Un país a cuotas. Trump tuvo la inteligencia de conectar con los que no se sentían representados. Y el plan ha seducido a importantes comunidades evangélicas y algunas católicas. Pero no es bueno que el modelo de la polarización infinita, basada en la identidad, se perpetúe. Mina las bases elementales de la democracia: la percepción del otro como una oportunidad. No conviene que desde el centro de uno de los imperios se extienda, como se ha extendido, un modo de concebirse que no tiene en cuenta el conjunto. Tampoco es conveniente que se apoyen modelos de democracia iliberal.

El miedo al otro ha alimentado durante estos cuatro años la retórica de Trump contra los inmigrantes. Ni el refuerzo del muro ni la política radical de expulsiones que prometió se han llevado a cabo. Pero la cultura de la sospecha hacia los extranjeros ha sido nociva. Muchos la toman como inspiración. Aunque, sin extranjeros, Estados Unidos literalmente no funcionaria.

La difícil paz y el desarrollo en el mundo pasan por algunas cuestiones clave: la respuesta inteligente a las pretensiones hegemónicas de China, la lucha contra el cambio climático, el fortalecimiento de los órganos de gobernanza globales, la pacificación de Oriente Medio, el realismo con potencias medias como Rusia y Turquía, la continuidad en los esfuerzos de desarme.

La reunión del Partido Comunista Chino celebrado hace unos días ha confirmado que las pretensiones de expansión de Xi Jinping siguen intactas. Los cuatros años de Trump han sido torpes para hacer frente al imperio que quiere tomar el relevo. La guerra comercial con el gigante asiático no ha repatriado las cadenas de valor. Es lo que hubiera podido mejorar la economía de Estados Unidos. La retirada del Acuerdo Transpacífico, con alianzas a los dos lados del océano, fue un error porque eliminó un contrapeso a China.

El apoyo al gobierno radical de Israel ha abierto aún más la herida palestina. Sin algún tiempo de paz en Tierra Santa, el mundo de mayoría musulmana estará siempre incendiado. Y romper con Irán ha supuesto perder la gran baza de los chiíes. Trump se ha dedicado a debilitar a la Organización Mundial del Comercio, a la ONU y al G20. No colabora en el proceso de desarme. Se ha salido del Acuerdo de París sobre el cambio climático y se ha enfrentado con sus aliados de la OTAN. No ha frenado la desestabilización que llega de Rusia. No tiene hipótesis sobre cómo responder a Turquía, mientras Erdogan patrocina con Qatar el islamismo en Occidente.

El emperador no es dios ni sacerdote, se le juzga por su servicio a la paz.

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