Pasolini y el coraje de decir yo

Cultura · Giuseppe Frangi
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30 julio 2021
“Alrededor de los 40 años me di cuenta de que me encontraba en un momento muy oscuro de mi vida”. Así empieza uno de los libros más personales y dolorosos de Pier Paolo Pasolini, La Divina Mímesis.

Lo de Divina va en referencia a la Comedia de Dante y Mímesis alude al intento de Pasolini de hacer un camino parecido al del gran poeta, partiendo de su “selva oscura” particular.

Se trata de un pequeño libro autobiográfico, publicado poco antes de morir, pero en realidad nació muchos años antes, cuando Pasolini sintió la necesidad de documentar la crisis que lo atenazaba desde mediados de los años 60, ante el declive de la vitalidad de los pueblos y el triunfo del modelo burgués neoconsumista, “un mundo de compradores”.

Teniendo el privilegio de proyectar una exposición dedicada a Pasolini (de cuyo nacimiento se cumplirá un siglo el año que viene, igual que Luigi Giussani, que definía a Pasolini como “el único intelectual católico, el único”), este pequeño libro ha sido una referencia muy valiosa, casi imprescindible. Si el lema del Meeting de Rímini de este año es “El coraje de decir yo”, aquí Pasolini da muestras de coraje a ultranza.

El escritor imagina que en este viaje le guía un Virgilio que tampoco pasa por su mejor momento, “poeta hecho poeta quién sabe cómo, quién sabe en qué rincón”. Es el Pasolini de la edad de la inocencia, que intenta abrir paso entre los girones del nuevo infierno al Pasolini que llega después del paso crucial de aquellos años 60, el de “ver todo negro alrededor, y un percibir las cosas, de repente, depauperadas, mancas, como maniquíes o espectros llenos de helada melancolía”. Aunque atenazado por el dolor, el escritor conserva su lucidez y sinceridad al analizar su situación. “Solo yo, marcado por una frontera: desproporción increíble entre este pequeño yo y todo el resto del mundo tan grande, inagotable incluso en la nostalgia”.

Lo que dicta la necesidad de este libro, concebido como un documento interior, son una nostalgia y una aspiración. Nostalgia por el naufragio de esa valentía, compartida con el mundo que antaño le rodeaba (“el sentimiento de un adiós dado a las cosas aun antes de haberlas conocido”, escribe), y la aspiración de encontrar algo o alguien que rompa la coraza de ese mundo tan oscuro del que se siente rehén, y también rechazado. “¡Oh, Pasolini!, oí que me llamaban… con amabilidad especial –la que alude a una relación particular, hace algún tiempo interrumpida, y ahora, precisamente, reanudada. Una alianza callada, y casi un poco clandestina. Me resultaba muy conocido el tono de dulce asombro de aquella llamada. Que, después de haberme excluido, me recuperaba con una mirada”. Alusión a una rendija inesperada, a una voz humana oída en un preciso momento, “muy dulce, auténticamente dulce”.

No estamos ante un libro de final feliz, como tampoco tuvo un final feliz la vida de Pasolini. No encontramos en él una salida del Infierno. Pero dentro de esa selva oscura, a veces hasta demasiado oscura, se nota el latido del corazón herido de un poeta que, “como una flor, nada más que una flor no cultivada, obedezco a la necesidad que me quiere aferrado por la alegría que sucede al desánimo”.

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