Pasión por Tocqueville

Cultura · Antonio R. Rubio Plo
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21 mayo 2024
Para Tocqueville la Historia es una pinacoteca que contiene pocos originales y muchas copias y esto resume muy bien la tesis de El Antiguo Régimen y la Revolución.

De divulgador entusiasta de la obra tocquevilliana calificó el escritor Martín-Miguel Rubio Esteban al profesor Fernando Caro, hombre de formación científica, pero a la vez un notable humanista. Según cuenta él mismo, en una ocasión solicitó al filósofo Agapito Maestre información sobre una versión “condensada” de La democracia en América de Alexis de Tocqueville, y la respuesta llegó con el consejo de la lectura de El Antiguo Régimen y la Revolución, la última gran obra del pensador liberal francés, publicada tres años antes de su muerte.

El profesor Caro no solo leyó este libro, sino que acaba de hacer una muy excelente traducción al español, que ha editado a sus expensas y comercializa por medio del mail librosefecaro@gmail.com Al parecer, y desde la lectura del mencionado libro, Fernando Caro ha contraído pasión por Tocqueville, algo que yo mismo comparto y que me ha llevado a escribir sobre su vida y obra algunos artículos y el capítulo de un libro.

Con excepción de Francia y de Estados Unidos, Tocqueville es tan desconocido que en la mayoría de los casos los estudiantes no lo descubren hasta llegar a la universidad, aunque, por lo general, es poco más que una referencia. A mí me llamó la atención por ser un hombre de origen nobiliario que se dio enseguida cuenta de que el tiempo del Antiguo Régimen había pasado y que eran ilusorios todos los proyectos restauracionistas de un orden que la Revolución francesa se había llevado por delante. Tocqueville no era ningún nostálgico, y ni mucho menos un reaccionario, pero se anticipó al tiempo de la democracia y al de la pasión por la igualdad, que en muchas ocasiones fue en detrimento de la pasión por la libertad. La lectura de Tocqueville suscitó mi interés por el liberalismo doctrinario francés, magistralmente recreado en una obra clásica del profesor Luis Díez del Corral. Ese liberalismo, representado por Tocqueville y otros, pretendió abrirse paso entre el individualismo y el colectivismo, las dos mentalidades que han tenido mayor difusión con el paso del tiempo. Esas mentalidades podían haber sido contrarrestadas por un mayor conocimiento de la historia, disciplina a menudo despreciada o reducida a una memoria selectiva. Por eso, Tocqueville en El Antiguo Régimen y la Revolución llega a la conclusión del error que conllevó la supresión de las instituciones del viejo régimen que podían haber servido de contrapeso a la monarquía absoluta. El resultado no podía ser otro que la centralización y el que Francia se convirtiera en “un pueblo de administrados”.

El Antiguo Régimen y la Revolución no es, en absoluto, un libro de historia descriptiva sino la obra de un investigador que no quería simplemente analizar el pasado, pues le interesaba mucho el presente y encontraba en él la huella perdurable de tiempos anteriores. Al igual que en La democracia en América, cualquier analista crítico podría descubrir en esta obra tocquevilliana algún que otro trasunto de la época presente y reflexionaría sobre los asombrosos paralelos con personajes y situaciones de la actualidad. Quizás Tocqueville asume, sin pretenderlo, el mito de Casandra, con esa melancólica y amarga satisfacción de no haber errado en la mayoría de sus pronósticos. Por eso, Alexis de Tocqueville resultaba incómodo durante los regímenes de Luis Felipe de Orleáns y Napoleón III, y sigue siendo incómodo en la época posmoderna, donde muchas personas rehúsan con autosuficiencia mirar al pasado y pensar en el futuro. Y es que nuestro autor tiene la manía de ilustrar sus escritos con ejemplos de ceguera política y social, voluntaria e involuntaria o de una mezcla de ambas a la vez.  De ahí que Tocqueville fuera obligado al exilio interior por Napoleón III, pues sabía muy bien que aquel gobernante tenía la costumbre de confiar ciegamente en su destino y considerarse un hombre imprescindible, modelado por la audacia y no por la prudencia, y con una “devoción abstracta” por el pueblo, semejante al populismo de hoy.

Hay una cita de Tocqueville que resume muy bien la tesis de El Antiguo Régimen y la Revolución: “La Historia es una pinacoteca que contiene pocos originales y muchas copias”. Frente a una historia idealizada de la Revolución francesa, nuestro autor subraya que los demoledores del Antiguo Régimen hicieron uso de sus cascotes para construir el edificio de la nueva sociedad. El resultado fue un gobierno más fuerte y absoluto que el que había sido derribado por la Revolución. El gobierno nobiliario fue sustituido por la jerarquía de los funcionarios. El gobierno asumió el papel de la Providencia. Son ideas que argumenta Tocqueville en este libro. Finalmente, asegura que el régimen triunfante ha sido “una administración única y todopoderosa, guía del Estado y de los individuos”.

Una edición muy recomendable la de Fernando Caro, a la que acompañan notas de Tocqueville y del propio traductor. Cabe animar al profesor a que siga profesando su pasión por Tocqueville y dé a conocer a los lectores españoles otras de sus obras.


Lee también: Tocqueville y el virus del individualismo


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