Pasión por la unidad

Mundo · José Luis Restán
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28 octubre 2009
La providencia ha querido que pocos días después del anuncio de puertas abiertas para los fieles anglicanos que desean volver a la casa común de la Iglesia católica, comenzase en Roma el diálogo con los representantes de la Fraternidad San Pío X para clarificar los puntos doctrinales que a día de hoy impiden la plena reinserción de los seguidores de Mons. Lefebvre. Contemporáneamente, en Chipre, la comisión mixta ortodoxo-católica ha examinado la cuestión crucial del ministerio de Pedro y sus sucesores.

No es cuestión de sonar las trompetas. El camino de la unidad no conoce atajos, será aún largo y doloroso. Además no es de extrañar que los avances reales de estos días produzcan también nuevos enconos. Lo hemos visto en el mundo anglicano, donde no han faltado invectivas amargas contra la generosidad de Benedicto XVI, calificada por algunos como aprovechamiento ventajista de la debilidad interna del anglicanismo. Y ha sucedido también en torno al encuentro de Chipre, hasta donde han llegado las voces chirriantes del monte Athos y de otros exponentes de la ortodoxia acusando a estos diálogos de implicar una rendición ante el obispo de Roma.

Pero lo más triste, como siempre, procede del interior de la propia Iglesia católica. No han faltado, sotto voce, las críticas a la decisión sobre los anglicanos. A algunos les incomoda la nueva situación porque modifica el statu quo de las relaciones ecuménicas, a otros porque introduce la novedad (no tanta, por otra parte) de los sacerdotes casados. Y en cuanto al diálogo con la Fraternidad de San Pío X, el fuego no ha hecho más que empezar. Los hay que no disimulan su deseo de que el asunto fracase, mientras Hans Küng, cada día más revenido y menos original, habla de un Papa que se dedica "a pescar en la derecha". Triste hasta el hartazgo. 

En la red de la Iglesia-una querida por Cristo caben todos aquellos que se reconocen en la fe apostólica expresada en los concilios de los primeros siglos, esa fe de cuya integridad son garantes los sucesores de aquel rudo pescador de Galilea. El problema es el mismo a derecha e izquierda, por seguir la chanza de Küng. Se trata de ver quién se reconoce en esa fe que la Iglesia porta como un tesoro de gracia, se trata de medirse libre y sencillamente con la autoridad de los apóstoles. ¿Están dispuestos los Küng y compañía a esa confrontación? ¿Están dispuestos a reconocerse humildemente en la fe confesada por los fieles en el Credo y propuesta exhaustivamente en el Catecismo de la Iglesia Católica? A ellos no se les pide nada distinto que a los seguidores de Lefebvre, con la diferencia de que éstos sufrieron en su día la pena más dura que contempla la disciplina eclesial.

En todo caso para la Fraternidad de San Pío X llega la hora de la verdad. Ha pasado el tiempo de los eslóganes fáciles sobre el concilio, de las excusas litúrgicas, y esperemos que de los fantasmas y prejuicios tan arraigados en un cierto sector del catolicismo francés que no superó el trauma de la revolución. El comienzo del diálogo doctrinal con la Santa Sede señala una encrucijada: un camino conduce al corazón de la Iglesia, el otro al aislamiento sectario. Pedro ha salido al encuentro, esperemos que la soberbia y el embotamiento de la mente no frustren esta oportunidad.          

Pase lo que pase, frente a la mezquindad, los cálculos y los miedos de tantos, se levanta cada vez más la estatura de Benedicto XVI. En estos días es preciso releer la carta que envió a todos los obispos del mundo con motivo de la remisión de las excomuniones a los obispos ordenados por Mons. Lefebvre. Allí encontramos el corazón del pastor que se conmueve por los hijos que vagan sin rumbo lejos de casa, allí se despliega la lucidez de una razón iluminada por la fe que han atestiguado durante siglos los mártires, allí alienta la pasión de Pedro por la unidad. El Papa ha demostrado que se puede avanzar en este camino con paciencia y confianza en Dios, no buscando consensos artificiales ni estrategias políticas, sino profundizando en la verdadera experiencia de la fe hasta reconocer la forma bella y gozosa de la Iglesia, que custodia y garantiza esa vida frente a todas las tormentas de la historia.

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