Parole, parole, parole…

Cultura · Vicente Morro
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14 abril 2009
Victoria Llopis, nada más conocerse el nombramiento de Ángel Gabilondo como último, pues decir "nuevo" quizá resulte excesivo e inadecuado, Ministro de Educación y Universidades, publicó un artículo, como siempre excelente, titulado "Gabilondo para la Ciudadanía" en el que trazó una breve pero documentada semblanza del hoy ministro y, en consecuencia, ya exrector.

Somos seres relacionales y nuestra forma primordial de relación es la comunicación verbal: el uso de la palabra para relacionarnos con los demás, para comunicar lo que pensamos e, incluso, cada vez con más frecuencia, para ocultar lo que de verdad pensamos, diciendo lo contrario. De esto se deduce la importancia y valor de las palabras, de que cada palabra signifique exactamente lo que su etimología y el diccionario, autoridad máxima en este terreno, dicen que significa y no lo que el político o el "intelectual" de turno quieran que signifique. Por cierto, me parece impúdico, y una muestra de exhibicionismo, que el hoy ministro declarara en una entrevista reciente, el pasado 1 de abril, que, a veces, hacía el amor con las palabras. Permítame una curiosidad malsana y morbosa, señor ministro, ¿también con las palabras huecas?

Visto el valor de las palabras, y el uso y abuso que con frecuencia suelen padecer, hablemos de algunas de ellas que me han sido sugeridas por el reciente trasiego (según el diccionario, el único del que puede decirse sin exagerar "el diccionario", trasiego es la acción y efecto de trasegar, y trasegar, entre otras cosas, es trastornar, revolver y mudar las cosas de un lugar a otro: ¿nos permitimos la licencia de aceptar "ministro" como "cosa" en este lugar?) de ministros. Veamos.

FAMILIA. Palabra ausente del discurso de un ministro que va a ocuparse del campo de la educación, incluida la universitaria, y que trabajará fundamentalmente como principales destinatarios con los alumnos, miembros, casi siempre habrá que decir ahora en atención a las opiniones del señor Gabilondo, de una familia. ¿Podemos utilizar como sinónimos conceptuales de familia en este aspecto las expresiones padres, padres/madres, padres y madres, padr@s? "Creo en la escucha, en el diálogo, en la atención a los argumentos", ¿esta declaración de buenas intenciones del ministro podrá aplicársenos a las familias que hemos objetado frente a la asignatura de "Educación para la Ciudadanía"? Esperemos que, tal como solía decir, escuche aquí también a todas las voces "por muy minoritarias -y no es el caso- que sean."

PACTO. Lugar común, refugio de políticos. Sólo será creíble su ansía de pacto si, sin tardanza, cita a todos los sectores implicados en la educación: familias, alumnos, profesores, entidades titulares, partidos políticos. La mejor, y puede que la única, base para este pacto, necesario realmente pero sobre bases serias y sólidas, sería el reconocimiento expreso, si expreso, del fracaso atestiguado objetivamente por multitud de informes y estudios nacionales e internacionales del sistema LODE-LOGSE-LOE. A partir de aquí se puede empezar a construir, lo contrario sería intentar edificar sobre arena. El pacto no podrá tomar como base una legislación que nos ha conducido a los últimos puestos en materia educativa entre los países de nuestro entorno. Habrá que empezar de cero, nos guste o no. Lo primero que habrá que sacar del campo de la educación es la política, la ideología, los proyectos de ingeniería social y de construcción de un nuevo modelo de sociedad utilizando las escuelas y colegios. Habrá que introducir fuertes dosis de sentido común y, sobre todo, de libertad en lugar de estatismo y dirigismo. Habrá que volver a la neutralidad ideológica, reconocida por el Tribunal Constitucional, de los centros públicos. Tendremos que hacer una lectura correcta de las libertades y derechos que establece al artículo 27 de nuestra Carta Magna. Puede que así consigamos empezar a enderezar las cosas. ¿Podremos encontrarnos, señor Gabilondo, en este terreno?

FIRMEZA. ¿Cree el señor ministro que sólo por un uso más o menos habilidoso de las palabras va a conseguir aplacar a aquellos a los que su anterior inactividad y "tolerancia" había envalentonado? ¿Los acampados, despreciando los derechos y libertades de otros alumnos de su universidad, contra el "Plan Bolonia" van a empezar ahora a dialogar pacífica, cívica y ciudadanamente sólo porque ahora enfrente está el que antes, como rector, era todo tolerancia y diálogo? ¿Qué entenderán por "mano tendida con firmeza y diálogo" los estudiantes radicales que al mismo tiempo han escuchado que la aplicación de la Declaración de Bolonia "no ha de pararse" y que "es una apuesta que apoyo –el señor ministro y exrector, dixit- claramente"?

RELIGIÓN. ¿Caerán en la cuenta, tanto el señor Gabilondo como el señor Soria, aquel adulador que quiso agradecer a Zapatero su nombramiento como ministro otorgándole el Premio Nobel de la solidaridad, la cooperación, la amistad y hasta de la simpatía, de que con sus políticas contra la Religión y contra su presencia en el ámbito educativo muchos de nuestros compatriotas ya no pueden entender la ocurrencia de éste último ("La llegada es el Domingo de Ramos, cuando todo el mundo te recibe con palmas y halagos, pero al día siguiente es Lunes de Dolores, cuando comienza la tortura larga y el día de la muerte es cuando te comunican el cese. Pero después viene la resurrección con las primeras llamadas de familiares y amigos felices de recuperarte") al ser relevado de su ministerio? Por otra parte, debemos felicitarnos de que el señor Gabilondo nos "permita" ser religiosos o no, según queramos, al tiempo que nos recuerda que, en cambio, no tenemos elección en lo de ser ciudadanos: lo somos si o si ("consustancial en un espacio democrático al hecho mismo de ser hombres en común"), por tanto, mejor serlo de buen grado y, a ser posible, coincidiendo con él y con sus opiniones.

EDUCACIÓN. El señor Gabilondo, antes de ser ministro, dijo en una entrevista concedida a la U.G.T. (vid. artículo citado de Victoria Llopis en "Libertad Digital") que la educación no debía serlo "para el adiestramiento profesional, para la adquisición de conocimientos (créanlo, por inverosímil que parezca es textual, lo prometemos, como ellos sus bien remunerados cargos, y hasta lo juraríamos porque sabemos que decimos la verdad), para el éxito, para la rentabilidad social, sino para ser ciudadanos y ciudadanas." ¿Aceptaremos todos, sin más, que el hoy ministro considere sinónimos "educación" y "Educación para la Ciudadanía"? De momento parece que no hay nada nuevo bajo el sol en esta materia: jerga psicopedagógica, ideología, dogmatismo.

Si es usted, señor ministro, capaz de empezar a pasar de las palabras a los hechos, de empezara construir puentes entre posturas alejadas, de trabajar seriamente por el consenso y el diálogo, no como poses sino como herramientas eficaces, tendrá usted el éxito asegurado, pues todos estamos deseando que algo cambié, para bien, en la educación. Tendrá el apoyo decidido y el respeto de las familias y sus representantes. Si no quiere trabajar en esa dirección será uno más de la larga nómina de hombres y mujeres que han socavado el futuro de nuestros hijos y de nuestro país, destrozando el sistema educativo: José Mª Maravall, Javier Solana, Alfredo Pérez Rubalcaba, Gustavo Suárez Pertierra, Jerónimo Saavedra, Mª Jesús Sansegundo y Mercedes Cabrera; o de los que no pudieron o no supieron remediarlo: Esperanza Aguirre, Mariano Rajoy y Pilar del Castillo. Usted elije. Cuanto más tarde, más difícil será.

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