Paro juvenil: el yo corre el riesgo de ´enfermar´

Mundo · Angelo Scola
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29 julio 2014
Para Freud adulto es aquel que sabe trabajar y sabe amar. Afecto y trabajo, junto al descanso, son dimensiones constitutivas de la experiencia humana universal: la salud del yo pide que sean vividas en unidad y equilibrio.

Para Freud adulto es aquel que sabe trabajar y sabe amar. Afecto y trabajo, junto al descanso, son dimensiones constitutivas de la experiencia humana universal: la salud del yo pide que sean vividas en unidad y equilibrio.

Pero si al hombre le falta la “materia prima” para que estas dimensiones no queden en puras potencialidades y se realicen, si –por ceñirnos al tema de hoy– encontrar trabajo y mantenerlo es una empresa cada vez más ardua, su yo sufrirá las consecuencias, hasta el punto de enfermar. Por desgracia, no pasa un día sin que los informativos nos describan los síntomas, a veces tan graves que llegan a ser irreversibles, de tal enfermedad. No basta sin embargo constatar el dato; hay que entender la causa. ¿Por qué el nexo entre trabajo y afecto es inseparable? Basta echar una mirada a la experiencia que todos, sin distinción, vivimos a propósito de esto. ¿Cuál es el primer y más elemental objetivo del trabajo? Mantenerse uno mismo y a los seres queridos. Decir de alguien que es un “mantenido” es un insulto. El trabajo es expresión práctica esencial del afecto fundamental del hombre. Si falta el trabajo, si falta la posibilidad real de atender las necesidades de aquellos a los que amamos, corremos el riesgo de sentirnos “incapaces” de amar de verdad.

Los más expuestos al contagio de esto que he definido como una auténtica “enfermedad” del yo son los jóvenes. Para ellos la falta de empleo puede, además, implicar la imposibilidad de mirar hacia el futuro y construir una familia. Y un amor que no tiene ante sí el futuro, un camino posible de vida en común y fecundidad, ¿puede crecer y madurar?

El reciente informe publicado en Italia por el Instituto Toniolo dice que el 26% de los italianos entre 15 y 29 años son ni-ni (ni estudian ni trabajan). Sin embargo, lamentablemente y es un dato alarmante, muchos ni-ni se resignan con demasiada facilidad; en cierto sentido pueden llegar incluso a acomodarse. Si, por una parte, saben que pueden contar siempre con sus familias –la familia sigue siendo el primero y más sólido “amortiguador” social–, por otra este indispensable apoyo puede transformarse en una especie de aquiescencia irresponsable.

Existe así el riesgo de acabar en un círculo vicioso y quedar atrapados en esta condición de inactividad que echa a perder las motivaciones, deteriora las competencias y por tanto restringe posteriormente las posibilidades de reinsertarse con éxito en el mundo laboral.

Pero, a la larga, esta situación se hace insostenible. Un indicador elocuente de ello es otro dato de este mismo informe juvenil: mientras la gran mayoría de los no ni-ni se declara bastante o muy feliz, en más de la mitad de los ni-ni este valor se precipita hacia el poco o nada feliz.

¿Cómo afrontar este dramático rostro de la crisis? Sin duda no con una actitud quejumbrosa, que se limite a dar espacio a las recriminaciones, ni con echar la mirada hacia atrás para lamentar el tiempo pasado. Obstinarse en mirar y afrontar el trabajo según los viejos esquemas nos dejará fuera de juego. Además, es el mismo contexto de globalización en que estamos inmersos el que nos pide estar cada vez más abiertos a lo nuevo. Por ejemplo, a trabajar con personas distintas de nosotros en su lengua, cultura, etnia, religión, a resolver problemas y afrontar situaciones distintas de aquellas para las que nos habíamos preparado.

Palabras como flexibilidad y movilidad, que no hay que confundir nunca con precariedad, que hasta hace diez años eran vistas con miedo y sospecha, han entrado ya plenamente en el lenguaje de todas las políticas laborales. Y para esto las nuevas generaciones, por naturaleza y por formación, estás mucho más preparadas que las de sus padres.

Hace falta re-fundar una cultura del trabajo. Emprendedores y sindicatos, economistas y políticos… todas las instituciones que tienen que ver con el mundo laboral están llamadas en causa. Pero no hay iniciativa institucional, por laudable y eficaz que sea, que pueda sustituir la iniciativa de la persona. Este es el “generador”, primario e imprescindible, de cualquier cambio. Y el primero y más radical es el cambio de mentalidad (la metanoia de los clásicos), es decir, de posición de la razón y de la voluntad delante de lo que sucede.

Como ya tuve ocasión de observar, ninguna circunstancia, incluso las más difíciles y contradictorias, está fuera del designio bueno de un Padre fiel y obstinado en amar a sus hijos. De aquí derivan dos consecuencias imponentes y sencillas a la vez. En primer lugar, la realidad que nos es dada para vivir, puesto que nos es dada, nunca es en último término enemiga. “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?”. En segundo lugar, como en toda situación humana, también en la del trabajo la dignidad está en el sujeto y no en el objeto. Todo trabajo desarrollado en el respeto del valor y de la dignidad de la persona es noble. Esta humilde certeza nos hace tenaces en la esperanza y constructores de futuro.

Publicado en Il Sole 24 ore

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