¿Para siempre? ¡Es posible!

Cultura · PaginasDigital
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5 diciembre 2013
 Esta semana, por una feliz “coincidencia” provocada por la Providencia Divina, vamos a festejar en mi familia dos grandes acontecimientos. Uno es la celebración de los primeros treinta años de mi matrimonio, otro, sólo tres días después, la boda de mi hijo mayor. Estos hechos, junto al sentimiento de sincero agradecimiento a Dios por su bondad infinita, me han provocado algunas reflexiones que deseo compartir con quienes tengáis la amabilidad de leer este tercer post.  El título intenta expresar la idea de que el matrimonio “para toda la vida”, como se decía antes, es realmente posible, pero sólo “posible”. Es decir, no hay ningún automatismo que garantice el éxito, por muchas que sean las virtudes y cualidades personales o humanas de los cónyuges. La clave está en la forma de construir: puedes edificar por tus fuerzas, tus valores y tus conocimientos, o puedes construir sabiendo que, a pesar de tus limitaciones y debilidades, si dejas entrar a Dios en tu matrimonio las cosas serán más fáciles.  Los Desposorios de la Virgen - Luis JUAREZ.

 Esta semana, por una feliz “coincidencia” provocada por la Providencia Divina, vamos a festejar en mi familia dos grandes acontecimientos. Uno es la celebración de los primeros treinta años de mi matrimonio, otro, sólo tres días después, la boda de mi hijo mayor. Estos hechos, junto al sentimiento de sincero agradecimiento a Dios por su bondad infinita, me han provocado algunas reflexiones que deseo compartir con quienes tengáis la amabilidad de leer este tercer post.

 El título intenta expresar la idea de que el matrimonio “para toda la vida”, como se decía antes, es realmente posible, pero sólo “posible”. Es decir, no hay ningún automatismo que garantice el éxito, por muchas que sean las virtudes y cualidades personales o humanas de los cónyuges. La clave está en la forma de construir: puedes edificar por tus fuerzas, tus valores y tus conocimientos, o puedes construir sabiendo que, a pesar de tus limitaciones y debilidades, si dejas entrar a Dios en tu matrimonio las cosas serán más fáciles.

 «¡El futuro de la humanidad se fragua en la familia!», dijo Juan Pablo II en la Familiaris consortio (nº 86). Pero podríamos añadir que no sólo el de la humanidad, de modo abstracto, sino el futuro de cada persona, de cada ser humano. Como dijo también el Santo Papa Juan Pablo II (es santo ya, sólo falta el reconocimiento formal), «la primera estructura fundamental a favor de la ‘ecología humana’ es la familia, en cuyo seno el hombre recibe las primeras nociones sobre la verdad y el bien; aprende qué quiere decir amar y ser amado, y por consiguiente qué quiere decir en concreto ser una persona» (Centesimus annus, nº 39). Por esto la familia tiene un impresionante papel social, aunque no es generalmente reconocido, normalmente por prejuicios ideológicos.

  Pero, ¿por qué el futuro de la persona, de cada persona, se fragua en la familia? Benedicto XVI lo explicó con claridad: «Es necesario reafirmar que el matrimonio y la familia tienen su fundamento en el núcleo más íntimo de la verdad sobre el hombre y su destino; una comunidad digna del ser humano sólo se puede edificar sobre la roca del amor conyugal, fiable y estable, entre un hombre y una mujer» (Discurso a los representantes pontificios en América Latina al final de una reunión preparatoria para la V Conferencia general del Episcopado Latinoamericano. 17-2-2007). En efecto, la naturaleza humana es relacional, es social. Al mismo tiempo, el hombre es la criatura más indefensa en sus primeros años de vida (y por desgracia, aún antes de nacer a causa de la aberración del aborto provocado). Esta indefensión, esta dependencia, esta incapacidad para sobrevivir por sí mismo, es la que hace que la familia sea una institución natural, el lugar idóneo para desarrollarse. No es un invento o una convención social, es algo intrínseco al ser humano.

 Fruto de la Conferencia a la que antes hemos aludido fue el llamado Documento de Aparecida, texto en el que el actual Papa Francisco tuvo mucho que ver y que, en cierta manera, está en el trasfondo de su pensamiento y acción pastoral. En su número 433, se dice textualmente: «La familia cristiana está fundada en el sacramento del matrimonio entre un varón y una mujer, signo del amor de Dios por la humanidad y de la entrega de Cristo por su esposa, la Iglesia. Desde esta alianza de amor, se despliegan la paternidad y la maternidad, la filiación y la fraternidad, y el compromiso de los dos por una sociedad mejor.» Una sociedad, en definitiva, más humana. Los dos, marido y mujer, pueden –podemos- contribuir a implantar la civilización del amor en la que se defienda la cultura de la vida. Hombre y mujer, apoyados en Dios, con vocación de permanencia –sabiendo que es posible- y abiertos a la vida.

 Y todo esto, en medio de dificultades, tribulaciones, pruebas, sufrimientos, problemas, combinados con alegrías, dones, satisfacciones, consuelos, caricias, bendiciones. Realmente, no todo es fácil. El Papa Francisco lo acaba de reconocer en el encuentro con los jóvenes de Umbría, en su visita pastoral a Asís (4 de octubre de 2013): «…es verdad, se necesita valor para formar una familia. ¡Se necesita valor! … Dos cristianos que se casan han reconocido en su historia de amor la llamada del Señor, la vocación a formar de dos, hombre y mujer, una sola carne, una sola vida. Y el Sacramento del matrimonio envuelve este amor con la gracia de Dios, lo enraíza en Dios mismo. Con este don, con la certeza de esta llamada, se puede partir seguros, no se tiene miedo de nada, se puede afrontar todo, ¡juntos!»

  Todo lo anterior, que puede parecer algo excesivamente teórico o meramente doctrinal, se hace cada día experiencia viva en millones de personas. Pura realidad existencial que, como ya he dicho antes, por pura gracia hemos podido vivir Amparo y yo, y que deseamos que María y David puedan vivir desde el momento de la celebración de su matrimonio.

  Algo parecido expresé ya en un artículo escrito con ocasión de mis veinticinco años de matrimonio. El artículo, con el mismo título que este post, fue publicado el 2 de diciembre de 2008 en Análisis Digital (http://www.analisisdigital.com/Noticias/Noticia.asp?id=36148&idNodo=-5)

 Una versión ampliada se publicó, con el título de “Camino de salvación”, en la Revista Buena Nueva (mayo 2012, nº 34. http://www.buenanueva.es/camino-de-salvacion/) Esta revista, cuya lectura recomiendo encarecidamente, tiene el sugerente subtítulo de Revista para la Nueva Evangelización (http://www.buenanueva.es/?gclid=CI65lvf3kbsCFSkEwwodHzEAWQ). Te invito, amable lector, a leer aquel texto. Gracias a Dios, puedo seguir suscribiendo, punto por punto, lo expresado hace cinco años.

  Doy gracias a Dios por estos treinta años de matrimonio, por los cinco hijos que nos ha regalado y por la boda de David y María, una nueva hija.

 ¿PARA SIEMPRE? ¡ES POSIBLE!

             «La Iglesia prohíbe, la Iglesia obliga, la Iglesia niega, la Iglesia castiga.» Vivimos en una sociedad en la que, desgraciadamente, los prejuicios, los estereotipos, las ideas preconcebidas y los juicios sin conocimiento real de causa, campan a sus anchas. Esto es especialmente significativo en el caso de la religión y, sobre todo, en el de la Iglesia Católica. La gente opina sobre cualquier cosa que tenga que ver con la Iglesia con una ligereza pasmosa, sin informarse o formarse: las cuatro cosas que han oído, han leído en la prensa o les han contado, les dan autoridad y capacidad para juzgar cualquier pronunciamiento o actitud, ya sea relativo a la moral, a los dogmas, a la historia, al papado o a cualquier cosa. El grado de ignorancia y aversión suele ser directamente proporcional al nivel de prejuicios, de desinterés, de incapacidad de empatía e, incluso, de odio.

             Esto es particularmente significativo en todo lo que hace referencia a la moral sexual y familiar. La gente suele entender los “mandamientos” de la Iglesia como un conjunto normas, prohibiciones, prescripciones, encaminadas a limitar la libertad del ser humano y a imponer un modo de vida triste y limitado. La Iglesia impide al hombre que haga lo que “le da la gana”, que sería lo que supuestamente le haría feliz. Habría un deseo de la Iglesia, y sobre todo de su jerarquía, de “fastidiar” a las personas recordándoles que son limitadas y que hay muchas cosas que no pueden hacer por decisión, caprichosa por supuesto, de alguien que se te impone y te limita. Pocos son, desgraciadamente, los que entienden los mandamientos como “decálogo” –diez palabras, en su traducción literal, de vida, de felicidad para el hombre, de principios que se ajustan a la naturaleza constitutiva del ser humano, hombre y mujer-. Lo triste es que ésta, la que pocos reconocen y aceptan, es la verdadera naturaleza de los “mandamientos”: Dios, que es un Padre que nos ama, y la Iglesia, que es “madre y maestra”, nos enseñan cuál es el auténtico camino de la vida y la felicidad para el hombre.

              Es falso, en virtud de lo dicho, que la Iglesia “prohíba” divorciarse o separarse. Es falso que obligue a los cónyuges a soportarse o a mal vivir, creando, además, no sé qué problemas y traumas a los hijos, cuando los hay. Al contrario, lo que la  Iglesia dice es que se puede perdonar, se puede amar al otro, incluso al enemigo. Se puede perder la vida y encontrarla, y esto no son teorías sino experiencia vivida por miles de personas, casadas y solteras, jóvenes y viejas, hombres y mujeres. El amor de Dios es real y efectivo y nos puede ayudar –nos ayuda, de hecho- a vivir los acontecimientos de cada día. Si dejamos, saltándonos todos los prejuicios y las mentiras  que nos cuenta la sociedad, que Dios entre en nuestra vida y en nuestras familias, podemos vivir juntos para siempre, no como una carga o un castigo, sino como un don, una ayuda, una bendición. Es mentira que, ante los problemas y dificultades, sean del tipo que sean, lo mejor sea tirar la toalla y empezar de nuevo en otro lugar o con otra persona. Esta es una concepción radicalmente burguesa, egoísta e insolidaria, de la vida: la búsqueda del interés personal, del triunfo del más fuerte, del “sálvese quien pueda”, pasando por encima del otro, pisándolo o ahogándolo si hace falta. 

             En estos días, en los que estoy celebrando, gracias a Dios, los veinticinco años de mi estupendo matrimonio, y de su maravilloso fruto en forma de cinco hijos, he tenido oportunidad de reflexionar sobre todo esto. Lo primero que debo aclarar es que el hecho de que haya calificado a mi matrimonio, y en consecuencia, obviamente, a Amparo, mi mujer, como estupendo, y a mis hijos como maravillosos, no significa que no hayan sido años llenos de dificultades y problemas de todo tipo: personales, materiales, de convivencia y comunión personal, económicos, sobre la educación de la prole. Nuestra historia, como la de todos los matrimonios y familias, no ha sido un camino de rosas, cómodo y sencillo; no somos “robots” ni personas alienadas e infantiles: es más, me atrevo a decir que somos del tipo de personas más capaces de tomar “la vida en peso”, pues somos plenamente conscientes de nuestras faltas y debilidades, por un lado, y de valorar la realidad y los obstáculos que se nos presentan, por otro. Claro que mi mujer y mi matrimonio son estupendos, pero esto no significa que las cosas sean todos los días como nosotros queremos –para empezar, ni siquiera siempre queremos o pensamos los dos lo mismo-, no significa que los problemas –sobre todo los de nuestros hijos- no nos abrumen. Claro que nuestros hijos son maravillosos, pero eso no significa que ellos sean clones nuestros o personas obligadas a ser como nosotros queremos: Dios los ha hecho libres, como a nosotros, y nosotros procuramos respetar su libertad. Pero la primera condición de la libertad es vivir en la verdad: por eso nosotros cumplimos con nuestra obligación de enseñarles lo que creemos que es la verdad y la felicidad, corrigiéndoles cuando se equivocan y respetando sus decisiones, aunque muchas veces no las compartamos.

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