`Para que nada, ni nadie sea olvidado`

Mundo · Compañía de las Obras (Chile)
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17 noviembre 2009
La palabra que mejor describe el contexto socio-cultural que vivimos los chilenos en la antesala de las elecciones presidenciales y parlamentarias es "confusión".

Por una parte, la exitosa política de protección social de la actual administración no ha impedido que la salud pública se erosione en la atención a las personas en tantos hospitales, ni que miles de profesores abandonen las aulas para anclarse en demandas salariales históricas. Por otro lado, la economía se recupera con alto desempleo y no logra dialogar con tasas bancarias adecuadas. Una Araucanía en llamas exige territorialidad a cambio de sus demandas, mientras en el Transantiago navega con sus conocidos déficit; la percepción de la inseguridad ciudadana crece en barrios y comunas y los índices de corrupción -otrora bajos- ya no se ostentan como valor país. "Nuestro propio proceso de ‘globalización' -podríamos decir- nos muestra cada vez ‘más cercanos, pero menos hermanos'" (Caritas in veritate).

Por otra parte, la campaña presidencial ha oscilado entre descalificaciones personales, mesianismos generacionales y de cambio, el interés de legislar sobre el aborto y el tamaño del Estado, sin priorizar las reales necesidades de un país.

Pero, ¿qué es lo que está en juego en estas elecciones que pueda despertar lo humano y que renueve la democracia chilena?

1.- La política es afirmar el valor del otro. Se requiere fuerza moral APRA reconocer el valor de la convivencia entre distintos. Es la pasión por el hombre y su realidad lo único que sostiene una democracia adulta. Septiembre culminó entre el dolor del 11-S y la anestesia de las fiestas patrias, mientras algunos murales reclamaban irónicamente: "para que nada, ni nadie, sea olvidad". Pero este desafío exige ante todo acoger el valor de la vida, también del que está por nacer, de la misma forma que a adversarios y necesitados.

2.- El desarrollo de la sociedad civil y el bien común. Camino al Bicentenario, el binomio Estado-mercado exige una apertura: salir de la lógica del "dar por deber" del primero y del "dar para tener" del segundo Caritas in veritate). La lucha por afirmar el bien común coincide con potenciar la sociedad civil como espacio de gratuidad y solidaridad, valorando lo que ya existe y la tensión ideal de la cual nacen experiencias e iniciativas, desde aquéllas de genuina excelencia hasta las más sencillas.

3.- El paso hacia una democracia real exige liderazgos que afronten las exigencias y necesidades de las personas y las comunidades, ante todo como generación de renovadas oportunidades:

El trabajo: el desarrollo integral de un pueblo es posible si cada hombre vive el trabajo como expresión de sí mismo, redescubriendo su valor incansablemente y enseñándolo a otros. Éste es el cambio. Una sociedad que reaprende el valor del trabajo.

La salud: que cada enfermo pueda vivir su enfermedad con dignidad. Una gran iniciativa como el AUGE tiene que ser perfeccionada: mejorar la espera, integrar más la iniciativa privada, eliminar el IVA de los medicamentos.

Empresa y medio ambiente: favorecer el emprendimiento es el camino para romper el status quo socio-económico. La riqueza del emprender está en la cultura de un país antes que en su PIB. El desarrollo sostenible concilia la riqueza con el aprecio por el hábitat.

La educación: una tensión ideal constructiva se sostiene dentro de una experiencia educativa en la que se enseña por amor a la persona y se aprende por amor a la verdad, y que hace que el ánimo del hombre perciba la realidad como una promesa de bien para sí y los demás. Por eso, la educación constituye la emergencia y la prioridad absoluta. Entonces, para superar el "desinterés institucionalizado" y la uniformidad, que siempre es discriminación, aunque lo ampare la ley, ¿por qué no legislar para favorecer una alianza entre corporaciones y fundaciones privadas con la educación municipal, como acontece hoy ante el llamado de la Iglesia a acoger a los alumnos de 4º medio?

Hoy no está en juego perder o ganar el poder, sino fortalecer e incrementar una convivencia política reconciliada con sus ideales y su tradición, que dialogue con cada minoría, sin perder la propia identidad. ¿Cómo no estar agradecidos de las personalidades y los conglomerados que han dado estabilidad al país? Pero sería una irresponsabilidad que, ante la adversidad de los resultados, se pase de la autocrítica a la autodestrucción.

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