Para que crezca la democracia hay que sembrar en la educación

Mundo · Marta Cartabia
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5 febrero 2020
“En las formas y en los límites de la constitución” es un fragmento del primer artículo de la Constitución italiana que, después de definir a Italia como república democrática, afirma que “la soberanía pertenece al pueblo, que la ejerce en las formas y en los límites de la constitución”. ¿Por qué hablar de democracia con motivo de la inauguración del año académico en uno de los grandes ateneos italianos, que ofrece cursos de estudio para todas las ramas del saber: humanística, técnico-científica, así como en el ámbito sociopolítico?

“En las formas y en los límites de la constitución” es un fragmento del primer artículo de la Constitución italiana que, después de definir a Italia como república democrática, afirma que “la soberanía pertenece al pueblo, que la ejerce en las formas y en los límites de la constitución”. ¿Por qué hablar de democracia con motivo de la inauguración del año académico en uno de los grandes ateneos italianos, que ofrece cursos de estudio para todas las ramas del saber: humanística, técnico-científica, así como en el ámbito sociopolítico?

Ante todo, es la memoria viva de la riqueza de la vida universitaria lo que me ha llevado a orientar mis reflexiones hacia los fundamentos constitucionales de la democracia, con la convicción de que la vitalidad de una democracia depende en gran medida de la cuestión educativa en sentido amplio, donde las universidades tienen un papel fundamental. No en vano el tema educativo –primero la alfabetización, luego el acceso a la escuela de cualquier orden o grado, llegando hasta la formación universitaria– ha estado siempre entre las cuestiones fundacionales de las democracias modernas aunque, como hemos observado recientemente, el tema de la educación “se ha convertido hoy en la cenicienta –económica e ideológica– de las grandes cuestiones sociales, como si el futuro de un país no dependiera sobre todo de cuánto –y cómo– se invierte en los propios recursos humanos”.

Sembrar en el campo educativo significa invertir en los ciudadanos de hoy y de mañana. Un nexo muy estrecho liga el destino de la democracia con el de la educación, y esa es la emergencia que apela a la atención de todos.

Se vuelve a discutir mucho sobre democracia y con tonos preocupantes. Las democracias constitucionales contemporáneas parecen atravesar una etapa de crisis, como sugieren los numerosísimos estudios sobre el tema, que muestran aspectos de fragilidad sobre todo por el impacto de los nuevos medios. Algunos lanzan incluso la hipótesis de que ya hemos entrado hace tiempo en una nueva fase, la de la posdemocracia, según la afortunada expresión de Colin Crouch.

A propósito de ello, conviene recordar que “crisis” no significa “declive” de por sí. Como en el paso de las edades de la vida, atravesar una fase de crisis puede introducirnos en una conciencia más sólida, con la condición de que volvamos a plantearnos las preguntas fundamentales e intentemos responderlas con respuestas frescas, libres de prejuicios. La época que atravesamos es una época de grandes transformaciones en todas las estructuras democráticas.

La aparición de los nuevos medios ha provocado un impacto de proporciones epocales en las dinámicas democráticas. El terremoto tiene su epicentro en las modalidades de formación de la opinión pública.

En este sentido, se contraponen dos líneas distintas de pensamiento, que con cierta simplificación podríamos definir como tecno-optimistas o tecno-pesimistas.

Los primeros observan que si bien es cierto que un componente decisivo de toda sociedad democrática viene dado por la libertad de información y de expresión del pensamiento, las nuevas tecnologías se presentan como “fuerzas democratizadoras” (Robert Post). Es verdad que la red ofrece espacios inéditos que por la difusión de noticias, informaciones, opiniones de interés público pueden presentarse como un instrumento capaz de reavivar el debate público.

Al optimismo de los defensores de la democratización de la sociedad, que vendría facilitada por la potencia de una tecnología capilar ya al alcance de muchos, se contrapone el pesimismo de los tecno-escépticos, de los que habla Yascha Mounk. Se evidencian tres peligros fundamentales para el ciudadano, que se encuentra “solo” en la red: la polarización de la opinión pública, su heterodirección y la desinformación.

En la red, el ciudadano no solo se encuentra con sus pares y semejantes. Las plataformas tecnológicas no son espacios vacíos o ámbitos neutrales y a través de ellas el ciudadano está expuesto a la desinformación y a las noticias falsas, donde cada vez es mayor la dificultad para distinguir entre hechos y opiniones.

De hecho, hoy la verdad se acoge con bastante más hostilidad que en el pasado. De hecho, las verdades conocidas públicamente suelen ser percibidas como meras opiniones. Estamos en un contexto marcado por la tendencia a transformar los hechos en opiniones. En palabras de Hannah Arendt, “Los hechos son infinitamente más frágiles que los axiomas, los descubrimientos y las teorías”.

Desde un cierto punto de vista, estos son los problemas de siempre en la democracia y en la política: propaganda, información unilateral, censura, extremismo, ideología, fanatismo, pura y simple falsedad siempre han estado en la vida política.

Desde un cierto punto de vista, no hay nada nuevo bajo el sol. Sin embargo, si tomamos en consideración el poder y la potencia de las nuevas tecnologías podemos comprender que hoy estos problemas se dan en una dimensión nueva y a una velocidad sin precedentes en la historia de la humanidad. Gracias al poder de las tecnologías contemporáneas, a los mass media, las redes sociales, internet, los motores de búsqueda, lo que se publicita y propaga –sea verdadero o falso– “está mucho más a la vista que la realidad que sustituye” (Arendt).

Hoy como siempre, la partida de la democracia se juega en virtud de la capacidad del ciudadano de un pensamiento libre y crítico, en todos los cambios del saber y del hacer en los que cada uno se implica. Esta afirmación, válida para todas las épocas, lo es aún más hoy en virtud del temblor telúrico que la difusión de los nuevos medios está provocando no solo en el sistema de la información sino también en la capacidad de conocimiento propia del género humano.

Es cierto que con el desarrollo de la tecnología crece la información disponible. Esta es una potencialidad indiscutible y extraordinaria de nuestra época. Noticias, enciclopedias, libros de libre acceso y bibliotecas enteras están a disposición de todos, con un valor inestimable. La información disponible crece, pero nadie ha dicho que con ella también esté creciendo el conocimiento de las personas concretas.

La misión de la universidad siempre ha sido más elevada y amplia. También está llamada, aunque no solo, a elaborar y proporcionar datos, nociones e informaciones; llamada, aunque no solo, a ofrecer una necesaria formación profesional. La universidad no es solo un laboratorio del “saber”. Todo ello –aun siendo muchísimo– es solo “el vestíbulo del conocimiento”, como diría John Henry Newman, que dedicó a la tarea de la universidad extensos e importantes escritos.

En la vida de la comunidad universitaria, en las relaciones con los maestros y semejantes, pero sobre todo en los encuentros con los “disímiles”, se ensancha el horizonte de la razón, en una auténtica confrontación con el “otro distinto de mí”, y se crean las premisas para un pensamiento crítico, libre e innovador.

De ahí la gran tarea democrática que la educación universitaria está llamada a desempeñar, que deseo expresar recurriendo de nuevo a las palabras de Newman, con las que me gustaría concluir. “La educación universitaria es el gran medio ordinario para alcanzar un fin grande pero ordinario. Se propone elevar el tono intelectual de la sociedad, cultivar la mente del público (…) La educación ofrece al hombre una visión clara y consciente de sus propias opiniones y juicios, una autenticidad al desarrollarlos, una elocuencia al expresarlos (…) Enseña a ver las cosas como son, a ir directos al núcleo, a despejar pensamientos confusos, a descubrir lo capcioso y eliminar lo que carece de relieve (…) Muestra cómo adaptarse a los otros en su condición mental, cómo presentarles la nuestra, cómo influir, cómo aguantar, cómo entenderse”.

Permaneciendo a la altura de esta gran tarea educativa, las universidades seguirán ofreciendo una contribución esencial a la democracia, basada en una auténtica soberanía popular que se ejercita en las formas y en los límites de la Constitución.

Del discurso de la presidenta del Tribunal Constitucional italiano en la apertura del año académico en la Universidad Estatal de Milán

Il Sole 24ore

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