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Para no lamentarse en esta edad

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15 febrero 2014
Es natural que produzca un escalofrío en la espalda. Hasta los menos dados a la sorpresa han acogido con un respingo la aprobación de la eutanasia infantil en Bélgica con el respaldo del 74 por ciento de la población. No es de extrañar. Como han puesto de manifiesto muchos pediatras, la ley es innecesaria: la medicina tiene medios para evitar el sufrimiento a través de los cuidados paliativos en los enfermos terminales.

Es natural que produzca un escalofrío en la espalda. Hasta los menos dados a la sorpresa han acogido con un respingo la aprobación de la eutanasia infantil en Bélgica con el respaldo del 74 por ciento de la población. No es de extrañar. Como han puesto de manifiesto muchos pediatras, la ley es innecesaria: la medicina tiene medios para evitar el sufrimiento a través de los cuidados paliativos en los enfermos terminales.

Sin duda la deshumanización avanza en los países que, en principio, debieran estar en la vanguardia de la tutela de los derechos fundamentales. Ahora los nuevos derechos (supermercado de la autodeterminación) se han vuelto contra la vida buena. En nombre de la compasión se autoriza la “muerte dulce” para las criaturas. Lo que no es ni mucho menos un caso aislado. No hace falta ser muy listo para darse cuenta de que el Informe del Comité de los Derechos del Niño de la ONU contra la pederastia en la Iglesia católica tiene un objetivo preciso: doblegar a la Santa Sede. El Vaticano siempre se ha opuesto a que el aborto sea reconocido como un derecho más dentro del capítulo de la salud sexual y reproductiva. El modo en el que se está produciendo el debate sobre la regulación del aborto en España refleja hasta qué punto los datos objetivos de la realidad (un embarazo) pueden ser entendidos como enemigos de la libertad. En Francia solo el momento de extrema debilidad de Hollande y el éxito de las concentraciones de Manif pour Tous han impedido que salga adelante una reforma legal sobre la familia de corte radical.

Eso por lo que respecta al capítulo tradicionalmente denominado “vida”. Pero también entra dentro del vuelco de época el rechazo al otro. La xenofobia creciente en Europa es también la expresión de un profundo “déficit antropológico”. Ya veremos qué resultados obtienen el Frente Nacional de Le Pen, el Partido de la Libertad del holandés Geert Wilders, o el británico Nigel Farage, líder del UKIP, por citar a algunos, en las próximas elecciones europeas. Parece que derecha e izquierda, cada una en una dirección, se disputan el liderazgo de la “abolición del hombre”. Porque de eso es de lo que se trata, del resultado de una concepción en la que “el hombre no es un ser cuyo obrar procede del ser, sino un ser cuyo ser procede del obrar” (Finkielkraut).

¿Y entonces qué haremos? ¿Romperemos definitivamente nuestro carné de “modernos” para refugiarnos en el lamento o el sueño de una reconstrucción imposible? Sería un modo de no hacer las cuentas con lo que está pasando. Porque junto a esos signos de la deshumanización del arte de vivir aparecen otros rasgos del momento que es necesario rescatar. Después de las sucesivas ideologías que desde los años 50 del siglo XX dominaron Europa, el arranque del siglo XXI está siendo mucho más concreto. En un contexto sincretista, la exigencia de sentido aparece de formas muy diferentes y con una fuerza desconocida hace 20 ó 30 años. La deshumanización no impide que haya una apertura, una búsqueda y una sinceridad nuevas. Hasta España, país en el que el franquismo por su carácter confesional dejó una herencia nefasta para lo religioso, respira ya de otro modo. Las producciones cinematográficas de los últimos años son una expresión de ello (el éxito que ha tenido la Nebraska de Alexander Payne, un film en principio minoritario, es sorprendente). Reaparece con frecuencia la figura del padre, la búsqueda de una ternura que sea definitiva se hace obsesiva, el fracaso se considera positivo…

Pero aún hay más. El padre que piensa que la muerte de su hijo es la mejor solución para evitar el sufrimiento; la chica que buscaba al amor de su vida y se ha quedado embarazada y ve en el aborto una respuesta; la madre que desde hace años cuida a un enfermo terminal y que ya no tiene fuerzas; el vecino que no puede soportar al musulmán o al cristiano que tiene debajo de casa porque no se soporta a sí mismo… todos y cada uno de ellos son hombres y mujeres concretos. Y en ellos el hombre no está abolido.

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