Para comprender

Editorial · Fernando de Haro
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20 marzo 2022
Anna consiguió salir hace una semana de Mariupol. Cuando puso un pie en la calle, le parecía estar en otro lugar. Casi todos los edificios habían recibido un impacto de la artillería de Putin.

Había escombros por todos lados. Todavía no había llegado lo peor para la ciudad costera pero la joven fotógrafa ha vivido semanas de angustia y miedo. Decidió huir cuando una bomba estalló a la entrada del sótano donde llevaba viviendo días. Anna tenía un coche con el que escapar y todavía le quedaba gasolina. Muchos otros lo han intentado a pie. Anna y varias familias han vivido durante días sin ver la luz del sol. Algunos de sus compañeros tenían fiebre porque las heridas de metralla se les habían infectado. No había modo de conseguir medicinas, apenas comida y agua. Mariupol sufre un asedio terrible, pero las ciudades ucranianas están llenas de “Annas” que no logran huir.

La guerra se prolonga. Putin no logra sus objetivos. Sus soldados mueren por miles. No puede conseguir la victoria que creía fácil y tampoco puede dar marcha atrás. Busca tropas de refresco en Rusia y fuera de Rusia. Y mientras tanto bombardea, bombardea y bombardea indiscriminadamente. El resultado es un aumento considerable de los muertos y de los heridos civiles ucranianos, la destrucción de las infraestructuras y la intensificación de la crisis humanitaria. El ejército ruso rodea ciudades y las ataca desde lejos, impide la entrada de víveres, deja escapar a pocos vecinos. No quiere entrar en esas ciudades porque Putin sabe que en el combate urbano pierde superioridad. Las agencias internacionales se sorprenden de que en pleno siglo XXI se haga de un modo tan cruel la guerra. Como si el siglo XXI tuviera que ser necesariamente menos cruel que el siglo XX o que el siglo II.

Durante un mes hemos oído historias como las de Anna. Otras mucho más trágicas. Y en muchos casos nos gustaría no sufrir el zarpazo que la guerra nos da. No ver, no tener que pensar, dejar de sentir tanto dolor. Es paradójico porque en esta época en la que todo se ha reducido a ética, a un moralismo asfixiante, cuando aparece lo malo buscamos respuestas que diluyan el misterio de la iniquidad. Necesitamos recurrir a alguna patología mental para explicar la insensibilidad ante la muerte y la devastación buscadas de forma sistemática. Putin “tiene que ser” un psicópata, un loco. Pero es difícil hacerse trampas ante la evidencia. Todo es demasiado claro y todo es demasiado oscuro. El presidente ruso está dispuesto a aceptar que Zelensky siga en el poder, incluso está dispuesto a aceptar la neutralidad que le ofrece Ucrania, después de haber renunciado a ingresar en la OTAN. Pero no puede acabar una guerra que empezó con mentiras sin importantes anexiones territoriales: sin quedarse con Crimea, con el Donbás y con una franja que una las dos zonas. Quiere forzar una paz por territorios y para eso está dispuesto a todo.

No se puede comprender lo que pasa en Ucrania sin aceptar que es imposible medir y pesar, detallar en una tabla de Excel, el origen de un plan y una acción tan perversas. Una vez detallados todos los análisis geoestratégicos, detrás de cada muerto, detrás de cada herido, detrás de cada refugiado hay algo terrible, un abismo que se resiste a ser explicado. Paradójicamente nuestra obsesión ética nos paraliza, nos deja sin capacidad de razonar. Nuestro modo de pensar está acostumbrado a bienes y males burgueses, pequeños, manejables.

Anna, la fotógrafa que ha escapado de Mariupol, y los miles de viudas y de huérfanos y de refugiados, en medio de su intenso dolor, sienten, saben que han sido víctimas de una incalificable injusticia. Hacerse cargo de esta guerra, vivirla como nuestra, no es, ante todo, un deber moral. Podemos intentar mirar para otro lado, intentar escapar de la realidad. Pero la injusticia que ha sufrido Anna, la amenaza sobre el resto de Europa, no va a desaparecer por mucho que soñemos en volver al mundo anterior al 24 de febrero. Ya sabemos que no hay retorno a la normalidad, tampoco esta vez.

La invasión nos exige, además de donar nuestro dinero, acoger a los refugiados y replantear nuestro sistema de defensa, intentar comprender. Hacerse cargo es intentar entender. Ya hemos visto que no podemos entender midiendo la cantidad de mal desatada. Solo podemos entender algo mirando cómo la necesidad de justicia, de acogida, apremia a Anna. Solo la necesidad de justicia de los muertos, de los heridos, la necesidad de reparación, que es infinita e inabarcable, nos permite comprender. En esa necesidad hay otro abismo, pero totalmente diferente al abismo del que nace la decisión de bombardear. Es un abismo positivo. Que Anna necesite una reparación significa que, aunque no sea consciente, aunque lo niegue, espera recuperar una vida buena, alcanzar una vida mejor que la que tenía. Y esa espera, en cierto modo, es ya una victoria. La espera de la vida buena anuncia que la vida buena está al llegar. No sabemos cuándo.

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