Palabras que amansan al ´monstruo Donald´

España · Riro Maniscalco
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1 marzo 2017
La primera vez de Trump. Técnicamente no era un “Debate sobre el estado de la Unión”, que requiere al menos un año en el cargo, pero sí lo era de facto. Por primera vez después del discurso inaugural, el presidente hablaba al país. Los medios, la mayoría definidos por la nueva administración como “el partido de la oposición”, bullían. Después de la información del tiempo y la publicidad, con ese estilo cinematográfico que tienen todas las formas de comunicación en América, la CNN se presentaba como “The most trusted news”, y hasta el New York Times compró espacios publicitarios para decirnos que “la verdad es difícil de encontrar” y por eso existe el New York Times.

La primera vez de Trump. Técnicamente no era un “Debate sobre el estado de la Unión”, que requiere al menos un año en el cargo, pero sí lo era de facto. Por primera vez después del discurso inaugural, el presidente hablaba al país. Los medios, la mayoría definidos por la nueva administración como “el partido de la oposición”, bullían. Después de la información del tiempo y la publicidad, con ese estilo cinematográfico que tienen todas las formas de comunicación en América, la CNN se presentaba como “The most trusted news”, y hasta el New York Times compró espacios publicitarios para decirnos que “la verdad es difícil de encontrar” y por eso existe el New York Times.

Trump hablaba en un congreso dividido, a partidos divididos, a un pueblo americano dividido, a millones de conciencias divididas al menos en parte entre el deseo de cambio y el miedo a algo nuevo que podría desnaturalizar lo que América siempre ha sido.

Donald Trump se presentó entre los aplausos atronadores de los republicanos y los circunstanciales de los demócratas. La habitual y beligerante corbata roja había dejado paso a otra más tranquilizadora en tonos azules y blancos. Eso también era una señal antes de tomar la palabra. El presidente pronunció el que en mi opinión ha sido su mejor discurso, aunque francamente siempre he dudado de que supiera hablar. Si queremos identificar la espina dorsal de todo su mensaje habría que empezar por el final: “Mi tarea no consiste en representar al mundo, mi tarea consiste en representar a los Estados Unidos de América”.

Con una lucidez inesperada pero sin perder esa mirada enérgica que siempre le ha caracterizado, Trump navegó por todo el panorama de sus promesas electorales. Envió un mensaje de “unidad y fuerza”, un himno al optimismo fundado en la vitalidad del “espíritu americano”. Esta vez –al menos esta vez– el nuevo presidente lanzó puentes a todo el país, incluso algún puentecillo al resto del mundo, Israel, la OTAN y países musulmanes incluidos. Porque el mundo, según Trump, necesita una América fuerte. Por eso, siempre y cada vez más, “America first!”. De la inmigración a las tasas, del “repeal and replace” del Obamacare a la fiscalidad, de la educación al gran programa de reconstrucción nacional (al estilo Eisenhower), llegando hasta el reforzamiento del sistema militar, todo para romper el ciclo de pobreza y violencia que aflige a América, relanzar la vida cotidiana de la “american people” y devolverle su papel de guía en el mundo.

Entre una infinidad de aplausos y manifestaciones de afecto y gratitud hacia los hombres y mujeres que visten uniforme, veteranos, héroes nacionales y el difunto Justice Scalia, Trump intentó dar un sentido práctico y operativo a las muchas promesas que hizo con una gran diferencia respecto a su pasado más reciente: un intento de presentar sus ideas de forma razonable. Como diciendo “quiero cambiarlo (casi) todo”, pero dando a entender (sin decirlo) que quiere salvaguardar la identidad del país y lo bueno que se pueda haber hecho ya.

Wall Street no parece muy molesta con los movimientos de la administración actual, pero habrá que esperar a que la economía retome realmente el vuelo si se pretende bajar impuestos, mantener o incluso ampliar los beneficios ofrecidos por el Obamacare, defender la libertad de educación, abrir la inmensa cantera de obras públicas e incrementar los gastos militares. ¿Lo conseguirá Donald?

Seguramente muchos durmieron un poco más tranquilos después de este discurso. Millones de inmigrantes ilegales que viven aquí una sufrida y laboriosa vida, muchos cuya asistencia sanitaria pende de un hilo, demasiados desheredados que languidecen en manos del país, paladines del liberalismo económico y fiscal, jefes militares, minorías, republicanos que temían haber fabricado un monstruo y demócratas que carecen de razones de peso para rasgarse las vestiduras, aunque nunca lleguen a admitirlo.

Pero sin duda el que habrá dormido mejor será Trump, que inesperadamente ha sido capaz en menos de una hora de dejar a un lado cualquier sensación de caos que pueda haber acompañado su primer mes de presidencia. Qué difícil es entender a este país, incluso para los americanos. Quizás por eso hasta Donald Trump, como todos los presidentes que le han precedido, se ha sentido en la obligación de concluir su intervención con la invocación habitual: “God Bless America”.

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