¿OVEJAS O PUEBLO?

España · PaginasDigital
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13 septiembre 2016
 

Dos elecciones celebradas: diciembre de 2015 y julio de 2016. Dos intentos para una  investidura que no llega a consumarse. El Partido Popular ha subido a 137 escaños y el PSOE sufre un retroceso espectacular a 85 escaños, Podemos toca techo electoral…Pedro Sánchez buscando echar a Rajoy de la vida pública, y Podemos echándose en brazos del nacionalismo. No hay autocrítica, ni en el Partido Popular ni en la izquierda. Ya sabemos las consecuencias políticas y económicas (inestabilidad, frenazo de la actividad económica, la sombra de Bruselas…) y todo eso…Nosotros, como sociedad, acusamos a nuestros políticos. Pero, ¿quién es realmente el responsable?

Que sí: que estamos cansados de mirar los periódicos y ver siempre los casos de corrupción a ambos márgenes del río: la trama Gürtel, la investigación de Rita Barbera por los escándalos en torno a su gestión en el Ayuntamiento de Valencia; los ERE´s de Andalucía; los enchufismos en el Ayuntamiento de Madrid; el “dinero negro” relacionado con Pablo Echenique; los escándalos que afectan a algunos alcaldes y concejales en los municipios en los que ha llegado Podemos… Es el grito de indignación quien se ha apoderado de quienes nos consideramos “la gente de la calle, el pueblo”: ¡Todos son iguales!. ¡Algunos más corruptos que otros!

Está claro que nos encaminamos a terceras elecciones, y resulta que a algunos políticos les enoja que tengamos que votar en Navidad. El hecho de que algunos de ellos –fundamentalmente, en la izquierda- se arroguen el derecho de hablar por el pueblo arroja un hecho preocupante: la ciudadanía española, hoy, por hoy, no es capaz de formar un sujeto político. En efecto, el sectarismo que inunda la vida política, la incapacidad para dialogar con el otro y descubrir que es un bien, la obsesión de la izquierda y de la derecha española por establecer políticas públicas invasivas y paternalistas, el silencio de gran parte del asociacionismo católico en temas que no sean de bioética o sexualidad (probablemente, relacionado con el fenómeno Yunque en los últimos 20 años, ahora en decadencia) y un largo rosario de enfermedades en el funcionamiento de las instituciones son el pretexto para que un número considerable de ciudadanos en estas últimas elecciones (sí, unos 10.400.000; léase bien) hayan decidido abstenerse. Da qué pensar, ¿no?

No nos engañemos: algunos dicen que el pueblo es sabio. Pero, la realidad es que no es así. Para empezar, porque no hay sujeto político concreto, no somos pueblo. Somos masa, un rebaño de ovejas que se ha alimentado de la cultura del ocio pasivo y de la desresponsabilización. Culpamos a los políticos, pero no nos damos cuenta de que hemos hecho dejación de nuestras funciones: y prueba de ello es lo infantiles que nos hemos vuelto. Es obvio que tenemos el síndrome de niños consentidos que el sistema de subvenciones y ayudas públicas ha contribuido a generar, formando pedigüeños, en lugar de personas creativas y responsables.

Por otra parte, deberíamos preguntarnos si no hemos sido nosotros quienes hemos consentido el capitalismo de amiguetes (que tanto el PSOE como el PP han fomentado). Tampoco se queda atrás esa indecente tendencia a hacer lobby por parte de ciertos ciudadanos que ingresan como funcionarios en la Administración y se dedican a crear necesidades donde no las hay –mientras descuidan su trabajo real-; o el premio silencioso hacia algunos altos cargos de la Administración ante casos de corrupción tan flagrantes como la prevaricación en la adjudicación de la concesión de cursos de recuperación de puntos o el dedazo de los contratos de investigación en la Dirección General de Tráfico  (buscándoles un refugio seguro); o la enorme atomización del mercado en sectores tan estratégicos como la energía o las telecomunicaciones, donde nuestro afán por consumir ha permitido que poderosos lobbies nos hayan impuesto cláusulas abusivas a los consumidores llegando a influir en las decisiones tomadas en los Ministerios a nivel de Secretario de Estado o, incluso, de Ministro; sin olvidar el premio social y el culto nacional a los famosos de la farándula, esos señoritos del siglo XXI que se pasean en los platós televisivos e inundan los quioscos.  Francamente, a uno le entra la congoja de los efectos en nuestras vidas cotidianas de un pensamiento keynesiano tan inyectado desde los think tank que pululan en la izquierda socialdemócrata como desde la universidad española profundamente ideologizada no sólo en lo político, sino en los contenidos docentes

No es cuestión de autoflagelarse de forma masoquista, ni mucho menos, sino de asumir nuestra responsabilidad como sociedad: responsabilidad que nace de la toma de conciencia de quiénes somos, dónde estamos y qué es lo que realmente buscamos y deseamos. Seamos maduros y reconozcamos que el Estado de bienestar –tal como está hoy día- ya no es que sea sostenible, es que se ha convertido en un cáncer para toda sociedad adulta que quiera emprender e incidir en la vida pública –¡ojo!, lo que implica también crear tejido de solidaridad hacia quienes no tienen recursos o afrontan situaciones dramáticas-. Siempre se ha dicho –por parte de muchos- que no hay dogmas incuestionables (y aprovechan el Pisuerga para criticar el contenido de la tradición cristiana y tildar de neoliberales a quienes reclaman más sociedad civil). ¿No será que hemos convertido el Welfare State en un dogma asentado en el concilio laico de la opinión pública, en símbolo del miedo y de las inseguridades que nos atenazan?.

Desde luego, a la fuerza ahorcan: el nuevo contexto global (Brexit, la cumbre de Bratislava, el drama de los refugiados, los populismos emergentes tanto en Europa como, de forma más preocupante, en Estados Unidos, el terrorismo internacional del Daesh, la falta de esperanza entre quienes habitamos el espacio común, el miedo…) nos urge a abandonar el rebaño y madurar como sociedad. Y es que ya no es tiempo de estar exigiendo a las administraciones públicas que mantengan nuestra zona de comfort sin asumir compromiso con nosotros mismos, con nuestros conciudadanos y con nuestro país: tenemos que abandonar nuestro síndrome de Peter Pan si queremos salir del atolladero. La sombra de unas terceras elecciones nos muestra este dilema: ser ovejas indignadas –que no salen de su casa-, muy sumisas, eso sí; o ser un pueblo que surge de la esperanza, que aprehende quién es y que vuelve para dar vida a la plaza pública y revitalizar las instituciones. Hoy por hoy, ya no hay más alternativas.

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