Editorial

Otra aparente guerra religiosa perdida

Editorial · Fernando de Haro
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16 septiembre 2019
La guerra está perdida. La primera guerra iniciada tras el 11 de septiembre se ha convertido en una guerra civil crónica. Fue y es una guerra aparentemente religiosa que nos deja avisos muy claros sobre los peligros de “teologizar” los conflictos.  

La guerra está perdida. La primera guerra iniciada tras el 11 de septiembre se ha convertido en una guerra civil crónica. Fue y es una guerra aparentemente religiosa que nos deja avisos muy claros sobre los peligros de “teologizar” los conflictos.  

Meses después de los atentados del 11 de septiembre, la periodista Elizabeth Spiers escribía algunas frases que sintetizaban parte del desconcierto del momento. “Miramos más allá de las ruinas de aquel día y vemos… ¿qué vemos? No vemos ningún enemigo. Solo humo y cascotes. Un rostro terrible de contemplar”, aseguraba en su artículo Beatiful Day. Cuando se tiene entre las manos las ruinas del futuro, el carácter enigmático e incomprensible del daño sufrido genera un dolor difícil de soportar. Se busca el nombre del violento, se intenta localizar los apellidos del terrorista. Y una vez que se encuentran, nunca se acaba de dar crédito porque el rostro del atacante, su historia y su ideología siempre parecen insuficientes para explicar el mal que ha causado. La sensación, habitual en estos casos, fue aún mayor tras el derrumbamiento de las Torres Gemelas porque detrás de tanto sufrimiento no había “enemigos al uso”.

Por eso tuvo tanto éxito político la “guerra contra el terror” inventada por Bush y el grupo de teocon que le asesoraba. La respuesta iniciada con los ataques contra Afganistán, que luego se extendió a Iraq, simplificaba las cosas. No era necesario entender la naturaleza de los pastunes, ni la relación entre islam e islamismo. Por fin había un rostro malvado al otro lado de las ruinas contra el que se podía luchar.

La “guerra contra el terror” cometió dos errores fundamentales. El primero fue la despolitización. Al considerar terroristas a los talibanes y a los combatientes sunníes, no les reconoció capacidad de ser interlocutores políticos. Eso redujo desde el primer momento la posibilidad de obtener buenos resultados. El segundo fue la “teologización”. La guerra contra el terror interpretó la ideología islamista como un fenómeno religioso al que había que oponer la religión cristiana o lo que quedaba de ella, sus valores. Tras la invasión soviética de Afganistán, Estados Unidos fomentó “la alianza de los creyentes” (fortaleciendo el islamismo) para combatir a los comunistas ateos. Esta vez se alimentó el imaginario de una guerra entre cristianos y musulmanes. No se supo ver que el islamismo es un factor de secularización.

A pesar de sus promesas, Obama no pudo acabar con la guerra “supuestamente” religiosa iniciada por Bush. Hubiera sido un error marcharse sin arreglar el desastre provocado. Como fue un error marcharse demasiado pronto (2011) de Iraq. Es el  que va a cometer un presidente aislacionista como Trump.  

Dieciocho años después de los ataques a las Torres Gemelas, ha faltado muy poco para que el aniversario no coincidiera con una reunión de Trump y los líderes talibanes en Camp David. A un asesor de la Casa Blanca se le ocurrió la desafortunada idea de que podría ser conveniente emular la reunión que tuvo Carter con los líderes de Egipto y de Israel. A última hora, ese asesor u otro se dio cuenta de que no era conviene cerrar un acuerdo en fechas cercanas al 11 de septiembre. El acuerdo tenía muchos elementos de rendición. Incluía la reducción de tropas hasta dejar solo 8.600 soldados y el abandono por completo del país a finales de 2020. También contemplaba la entrega de miles de prisioneros talibanes y dejar en manos de las negociaciones entre afganos el futuro. No se exigía, ni siquiera, un alto el fuego. Solo el compromiso de que no se entrenara en el futuro a terroristas que atentaran “contra los Estados Unidos”.

No habrá acuerdo de Camp David pero habrá algo similar. Trump ha dejado claro que el ejército estadounidense no va a “ser la policía de Afganistán”. No habrá un sistema democrático, al menos como lo concebimos en Occidente, no habrá un buen sistema de educación, no habrá, por supuesto, algo que se parezca a una remota igualdad entre hombres y mujeres. Los talibanes controlan en este momento el 46 por ciento del territorio donde vive un tercio de la población. Y tiene influencia sobre una zona más amplia. Es difícil pensar que un Gobierno afgano pueda manejar, sin apoyos, esta situación.

El precio pagado, desde que Bush ordenara iniciar los ataques, ha sido alto. 2.400 estadounidenses han muerto en estos años. Desde 2009 más de 30.000 civiles afganos han sido asesinados en ataques de la insurgencia. Hace cinco años, las operaciones de Estados Unidos y sus aliados parecían haber empezado a dar buenos resultados en su tarea de enseñar y ayudar al ejército afgano. Se había conseguido limpiar una parte importante del país de la influencia de los radicales. Pero ahora los talibanes están más fuertes, los aliados más débiles y la falta de claridad estratégica de los Estados Unidos ha terminado por hacer lo demás.

Se abandona una guerra que nunca debía haberse empezado, al menos en los términos simplistas y de occidentalismo naif en los que se formuló. Oriente Próximo y Asia, la lucha contra el terrorismo, requieren un compromiso que sepa entender la complejidad antropológica y cultural de cada situación, que vaya más allá de un globalismo y un universalismo superficial. El mal, en su última raíz, seguirá siendo indescifrable. No podemos pretender eliminar la ansiedad última que nos genera con fórmulas que politicen lo religioso.

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