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Once pasos

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9 febrero 2014
Fueron once pasos. Los once pasos de una infanta de España –hija de Don Juan Carlos, Rey y Jefe del Estado– que le pusieron ante la justicia como imputada por delito fiscal y blanqueo de capitales. Desde el coche hasta el quicio del juzgado. La infanta Cristina los dio con una media sonrisa en la boca, que parecía que no le esperaran 400 preguntas sino alguna celebración en la que se le reconociese su alto origen. El gesto seguro, de quien es retratada desde hace años.

Fueron once pasos. Los once pasos de una infanta de España –hija de Don Juan Carlos, Rey y Jefe del Estado– que le pusieron ante la justicia como imputada por delito fiscal y blanqueo de capitales. Desde el coche hasta el quicio del juzgado. La infanta Cristina los dio con una media sonrisa en la boca, que parecía que no le esperaran 400 preguntas sino alguna celebración en la que se le reconociese su alto origen. El gesto seguro, de quien es retratada desde hace años. La cara lavada, la ropa deliberadamente sobria. Sencilla chaqueta oscura y camisa blanca. Sin lujo alguno. Como les gusta a los españoles ver a los reyes y a los hijos de los reyes. Los once pasos y la media sonrisa se han repetido desde el sábado pasado cientos, miles de veces, en todas las televisiones del mundo.

Un miembro de la Casa Real, la monarquía española, rindiendo cuentas ante un juez. Poco importa el fondo del asunto. La sentencia mediática está dictada desde hace tiempo. El 90 por ciento piensa que no se ha respetado el principio de igualdad ante la ley y más del 80 por ciento que el Rey ha gestionado mal el asunto.

Los detalles son lo de menos. Pocos tienen curiosidad por el entramado que montó Iñaki Urdangarín, el marido de la infanta, para “recoger” dinero del Estado, de las empresas públicas y de todo el que se aflojaba el bolsillo porque se trataba de la Corona. Pocos han seguido los argumentos jurídicos de la defensa y de la acusación. Pocos saben que de lo que puede ser considerada culpable es de no haber vigilado lo que hacía su hombre. Lo que cuenta es que un “juez valiente” se ha puesto del lado del “pueblo”.

Ya decían los viajeros del siglo XIX que la monarquía en España era algo extraño porque todos sus súbditos tenían alma republicana. Y algo de eso hay. A Carlos V, más que rey, emperador de las Europas y las Américas, los paisanos le hacían bromas a su paso y le negaban las patatas y las truchas que tanto le gustaban. Respondía con limosnas. Con la llegada de los borbones, en el siglo XVIII, la cosa no cambió mucho. Y Don Juan Carlos, el padre de la infanta, que recordaba bien cómo habían largado a su abuelo (Alfonso XIII) para instaurar la II República (1931) y que vivió en el exilio, supo desde el principio que solo tendría futuro si se alejaba de la herencia de Franco, traía la democracia y se hacía querer.

En los últimos tiempos parecía que se le había olvidado. Y él mismo, tras sufrir el accidente de 2012 cazando elefantes en Botsuana, pidió perdón. Ese olvido seguramente tiene mucho que ver con la falta de control de lo que hacían sus hijos, también los políticos. Se olvidó también de desarrollar la regulación constitucional sobre la Casa del Rey que durante más de 30 años ha vivido en un limbo jurídico sin límites claros. La crisis de la monarquía sobreviene, además, cuando hay dos proyectos independentistas en marcha.

Pero para comprender lo sucedido quizás haya que tener en cuenta algo más que los errores evidentes de la Casa Real y el secular sentido hispánico de la igualdad.

La monarquía española representó desde 1978 la voluntad de concordia y de superar las experiencias nefastas de la república y de la dictadura. De un modo más afectivo que racional se buscaba en Don Juan Carlos un punto en el que reconocer la unidad posible. De hecho, durante décadas, tanto la izquierda como la derecha responsable, especialmente la izquierda, contribuyeron a mantenerlo como un referente indispensable.

Posiblemente en la desafección hacia la monarquía, también de modo irreflexivo, tiene mucho que ver un incremento del desapego hacia el proyecto común. Es fruto de una especie de ira sorda, un reproche alimentado por algunos medios de comunicación, no solo hacia el Rey y su entorno sino también hacia las instituciones, hacia los partidos y hacia todos los elementos que vertebran la democracia real. Como un enfado juvenil cebado de un moralismo fácil que, en nombre de la regeneración y de la pureza (todos son unos corruptos), alimenta el cinismo y no se compromete en la obra común. Una pulsión algo autodestructiva.

No han sido años fáciles. Es duro saber que hubo quien hizo dinero de modo irregular cuando no se llega a final de mes. Por eso es más que nunca el tiempo de la responsabilidad, para cambiar pacientemente todo lo que haya que cambiar (y son muchas cosas: educación, fiscalidad, regulación de los partidos políticos…). Para reencontrarse, para trabajar pacientemente por una vida juntos en la verdad. El mayor enemigo para retomar ese camino es la descalificación genérica que sirve para justificarse y para levantar la mano del arado.

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