Odiosos ocho

Cultura · Víctor Alvarado
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25 enero 2016
Aunque las películas violentas no son santo de mi devoción, a Quentin Tarantino se le perdona casi todo, ya que saca no sólo lo mejor de los actores, sino que sus historias son muy buenas, acuérdense de Pulp Fiction, Malditos bastardos o Django Desencadenado, que sirvió para lucimiento personal de Christoph Waltz.

Aunque las películas violentas no son santo de mi devoción, a Quentin Tarantino se le perdona casi todo, ya que saca no sólo lo mejor de los actores, sino que sus historias son muy buenas, acuérdense de Pulp Fiction, Malditos bastardos o Django Desencadenado, que sirvió para lucimiento personal de Christoph Waltz.

Este reconocido guionista y excelente director estrena su segundo western y ha conseguido revitalizar el género con tan sólo dos películas, la primera bastante mejor que esta segunda. Para la banda sonora ha contado con un compositor de campanillas como Ennio Morricone que, como curiosidad, se trata de un comprometido católico, razón por la cual le han negado algún que otro premio de prestigio. Por otra parte, de todos es conocido el amor que profesa el citado realizador por el cine, negándose a filmar en digital, al considerar que se pierde la esencia del séptimo arte y como buen cinéfilo explicó a Fotogramas que el cine refleja el sentir de una época del siguiente modo: “En el de los años 30, todo es blanco y negro. Los de la época de Eisenhower vendían la América ideal de los 50. Luego vienen los spaghetti-western de los 60 y los hippie western de los 70, cargados de cinismo”.

El hecho es que no es el mejor trabajo de Tarantino, a pesar de que guarda ciertos paralelismos en su desenlace con Malditos bastardos, porque la reivindicación que se hace o porque el modo de hacer justicia de este cineasta es particularmente sangriento. Estamos ante una historia brutal con moraleja que pretende hacernos reflexionar sobre el significado de rechazar a alguien por motivo de su raza.

El problema de esta producción, con aroma a película del oeste italiana de estética católica, que recuerda la novela de Agatha Christie Los ocho negritos, es su duración. Estamos ante la nada despreciable cifra de 187 minutos de reloj con diálogos interminables no siempre bien resueltos, ni demasiado brillantes. Sin embargo, existen varias escenas de humor bastante simpáticas. De todas formas, en este caso, a pesar de que hay muchos detalles que nos gustan, tenemos la impresión de que el talento se le ha subido a la cabeza o, en caso contrario, es que necesita un buen montador que hubiera hecho unos cuantos recortes; de haberlo logrado, hubiese llegado a su habitual nivel.

Las caracterizaciones de los actores nos parecen inmejorables y, como el propio título indica, la forma de ser de los personajes provoca un rechazo inmediato por parte del espectador. No obstante, a pesar de que Samuel L. Jackson, su actor fetiche, no está nominado a los Óscar, el repertorio de gestos y miradas lo convierte en el simbólico ganador de la estatuilla. En el reparto destacan intérpretes de la talla de Kurt Russell, Tim Roth y Jennifer Jason Leigh, nominada a los Óscar 2016.

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