Occidente obtuso y metáforas inconvenientes

Mundo · Wael Farouq
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10 septiembre 2014
Mientras en los últimos tres años nos dedicábamos a manifestarnos, creyendo vivir en una revolución continua, las estaciones iban pasando sin que nos diéramos cuenta: la primavera árabe, el otoño militar, el invierno islamista...

Mientras en los últimos tres años nos dedicábamos a manifestarnos, creyendo vivir en una revolución continua, las estaciones iban pasando sin que nos diéramos cuenta: la primavera árabe, el otoño militar, el invierno islamista…

Durante los primeros 18 días de la revolución en Egipto, tuve varias conversaciones telefónicas desde Plaza Tahrir con varios periódicos italianos. Luego, tras la caída de Mubarak, me sorprendió ver que mis palabras terminaban siempre bajo el título ´la primavera árabe´. Estábamos en invierno, era enero y aquella era la ´revolución de enero´. Tal vez alguien piense que mi sorpresa era injustificada, porque la primavera es la estación donde brotan las flores y los árboles dan fruto, y la revolución era una flor o un fruto. La metáfora estaba bien clara, pero para una persona como yo, nacido y criado en Egipto, la experiencia de la vida, a veces, precede al pensamiento metafórico. La primavera, para los que conocen los países árabes, es la época en que se eleva la temperatura y soplan vientos cálidos cargados de arena, como el khamasin, el haboub y el simun, que no tienen nada que ver con esa metáfora.

Si algo que hay que entender en esta metáfora, es que privó a la revolución de tiempo y de espacio, de historia y geografía, justo en el momento en que cientos de mártires caían en defensa del lugar que la revolución había reservado para sí -la plaza de Tahrir- y del tiempo que, por primera vez, llevaba nombres elegidos por nosotros – el ´martes de los mártires´, el ´viernes de la partida´, etc.

Con la posesión del lugar y del tiempo, nos apropiamos del espacio etéreo, mediante el cual no difundimos nuestra rabia sino nuestro humor. Sí, fue nuestro humor lo que hizo caer a Mubarak y luego a Morsi, porque el mínimo efecto obtenido por el humor pasaba por derrocar el dictador fuera del tiempo y del espacio, transformándolo en la simple caricatura de algo que era verdad pero no real, algo que causaba risa en vez de miedo.

En 1978, cuando estalló la revolución iraní, el famoso filósofo Michel Foucault estaba en las calles de Teherán como enviado del Corriere della Sera. Describió el conflicto en curso con varias metáforas: “La situación en Irán se puede entender como un gran duelo entre dos personajes ataviados con el tradicional blasón, el rey y el“santo”, el soberano armado y el pobre exiliado, el tirano que lucha contra un hombre inerme aclamado por el pueblo”. Foucault invitaba a estar tranquilos y hacía propaganda de Jomeini y de un “gobierno islamista”. Decía, de hecho: “No existe una cadena jerárquica entre los hombres de religión, los líderes religiosos se benefician de una cierta independencia entre ellos, pero dependen (algunos financieramente) de sus seguidores”. Y los hombres de religión no eran solo demócratas, sino también portadores de una visión política innovadora.

Foucault trataba de tranquilizar a los lectores sobre los derechos de la mujer y las minorías religiosas. De hecho, sus fuentes cercanas a los islamistas le aseguraban que “las libertades se seguirán respetando, mientras su ejército no haga daño a los demás. Las minorías gozarán de tutela y libertad, y podrán vivir como deseen, a condición de que no dañen a la mayoría. Habrá igualdad entre hombres y mujeres, pero también diferencias, en consideración de las diferencias que existen entre ellos”. Foucault terminaba su artículo señalando la extrema importancia de la“espiritualidad política” en Irán y la pérdida de esa espiritualidad en la Europa contemporánea.

A propósito de esto escribía Foucault: “Nos hemos olvidado de la posibilidad de hacerla realidad, del Renacimiento y de la gran crisis del cristianismo en adelante”. Foucault criticaba el temor europeo hacia el islam. Desdeñó la carta de una mujer iraní en el exilio que le acusaba de haber quedado cegado por la metáfora de la“espiritualidad política”, contribuyendo así a defender la opresión realizada por Jomeini contra millones de mujeres iraníes, violando así sus derechos fundamentales. Foucault no cambió su postura, anclado como estaba en su metáfora. Luego se mantuvo en silencio, cuando las prácticas criminales de la espiritualidad política iraní no dejaban lugar a justificaciones.

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