¿Obama es muy diferente a Bush?

Mundo · John Waters (Dublín)
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7 noviembre 2008
La pugna en el Partido Demócrata entre Barack Obama y Hillary Clinton fue, si se puede decir así, la definitiva. Se enfrentaron las dos formas más poderosas que existen de idealismo político. Las elecciones han confirmado el resultado de las primarias, en contra de la América conservadora. El llamado idealismo ha triunfado. En los últimos días he seguido recibiendo mensajes de personas de más edad y más jóvenes  que yo, me invitan a unirme a ellos para celebrar la elección de Barack Obama. Me dicen: ¡qué momento más increíble!

Sí, respondo, pero no más increíble que el momento del pasado lunes. No es que vea la elección de Obama como algo negativo, pero no encuentro ninguna utilidad en el entusiasmo. En realidad no me interesa quién ha ganado, no he apoyado a ninguno de los dos candidatos. Considero que las dos son personas respetables, con diferentes cualidades. Los dos son seres humanos propensos a los errores como yo. Tras la exclusión de Hillary Clinton de la carrera, no he escrito mucho acerca de la campaña electoral, excepto para señalar, de vez en cuando, la disminución gradual de una clara diferencia entre la visión de Barack Obama y George W. Bush. Me parece importante y quizás profético.

Aunque se haya olvidado con la euforia de la victoria, hubo un breve momento durante la campaña que los partidarios progresistas de Obama comenzaron a mirar de forma atravesada a su héroe, con la sospecha de que en la guerra contra el terror había comenzado a cambiar de posición sobre Iraq. Por un momento, las mentes progresistas tuvieron la duda de que este hombre, después de todo, no fuera  la reencarnación de Martin Luther King o Bobby Kennedy. En lugar de hablar de la paz y el amor, habla de realismo en política exterior. En lugar de hablar de la gloriosa libertad, habla de la responsabilidad y, peor aún, parece crítico con la utopía de los 60. 

Ha dejado de lado numerosas ocasiones para atacar la política de Bush, e incluso ha sugerido que está de acuerdo con el presidente saliente, si bien en un sentido amplio y con algunas diferencias. Durante la campaña para la nominación del Partido Demócrata, Obama se mostró satisfecho con repetir un estereotipo de retórica idealista, agradable a la cultura de los medios de comunicación, que son insensibles a los matices. Era esencial para su batalla contra el frío idealismo de Clinton. Cuando Clinton quedó fuera de juego,  comenzó a hablar cada vez más de los hechos: de terrorismo, de geopolítica, de la justicia social. Redefinió su posición sobre la retirada de las tropas de Iraq y adquirió el tono pragmático del que espera convertirse en comandante. Su principal crítica sobre Iraq no era la habitual condena del presunto "aventurismo" militar de George Bush. Dijo, por el contrario, que esta guerra había distraído de la cuestión, ahora mucho más urgente, de Afganistán.

Desde un punto de vista filosófico, lo que distingue su política exterior de la de Bush no es la negativa a promover la democracia en el mundo subdesarrollado, sino el hecho de que Obama prefiere una fórmula con más zanahoria y menos palo. Está convencido de que si los pueblos y las naciones participan en la prosperidad, tienden a ser más amigables. Obama quiere persuadir a la gente de la bondad de la democracia americana llenado sus estómagos y sus bolsillos, los considera un medio para llegar a sus corazones y sus mentes. Obama cree que la democracia es exportable y dice que la historia está del lado de Estados Unidos. Inmediatamente después de la derrota en las primarias presidenciales de Hillary Clinton, empezaron a aparecer comentarios que destacaban el conservadurismo de Obama. Un perfil publicado por el New Yorker observó: "Valora más la continuidad y la estabilidad que el cambio para el bien". 

No se pensaba que fuera así. Obama ha sido y sigue siendo aclamado como el campeón del idealismo de los 60 que resurge, que nació en la estela de Vietnam y del que se esperaba una segunda venida tras la invasión contra Iraq a principios de 2003. Salió de la nada como icono negro de una generación que continuamente revive las fantasías de su juventud: la sustitución de Kennedy para hacer real el sueño de los años 60. Lo que olvidan los que tienen ahora las mismas expectativas que en los años 60 es que el momento soñado ya pasó. Pasó en noviembre de 1992, cuando Bill Clinton entró en la Casa Blanca. De aquello salió poco.

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