O el populismo o Ulises

España · Giorgio Vittadini
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3 julio 2017
Mucho se ha hablado del freno que ha sufrido el populismo en Europa con las elecciones en Francia, Gran Bretaña, Austria y Holanda. Sabemos que este fenómeno sigue bien presente en los países occidentales, según algunos como respuesta a una legítima necesidad de protección, según otros como coartada para fomentar el miedo. ¿Pero qué destino le espera?

Mucho se ha hablado del freno que ha sufrido el populismo en Europa con las elecciones en Francia, Gran Bretaña, Austria y Holanda. Sabemos que este fenómeno sigue bien presente en los países occidentales, según algunos como respuesta a una legítima necesidad de protección, según otros como coartada para fomentar el miedo. ¿Pero qué destino le espera?

Nació con una acepción positiva, pues indicaba un movimiento político comprometido a mejorar las condiciones de vida de los campesinos en Rusia a caballo entre los siglos XIX y XX (y con una versión americana), ahora el populismo es visto por la mayoría como un intento demagógico de obtener apoyos mediante el descrédito de la clase dirigente.

Un ensayo de Francesco Occhetta en Civiltà Cattolica, dibujando una panorámica sobre las diversas experiencias populistas en la historia del mundo, delinea seis características comunes: el pluralismo como des-valor, con la ´libertad exaltada en los discursos pero comprimida en los hechos´; la búsqueda de una relación directa entre el líder carismático y el pueblo, con el abandono de los cuerpos intermedios; las categorías de izquierda y derecha se difuminan para enfatizar la contraposición entre ´alto´ y ´bajo´; una comunicación a través de las redes sociales y blogs que ´ridiculiza las instituciones, toca las emociones y hace sospechar de los hechos´, con ´frases retóricas y breves, soluciones simples a problemas complejos, ataques directos a los adversarios´; la participación de la gente en la vida política preferiblemente en forma de referéndum, con decisiones tajantes entre sí o no; visión ´mesiánica y moralista de la política´, donde el ´pueblo puro´ se contrapone a las élites corruptas.

El cuadro resultante es el de un pueblo como conjunto de ´yo´ aislados que, justo en momentos de mayor dificultad social y económica -caldo de cultivo donde se afirman los populismos-, ven cómo se desacreditan precisamente esos contextos relacionales directos -asociaciones, cuerpos intermedios, sindicatos, partidos…- donde podrían encontrar apoyo y representación. En una palabra, se niegan justos esos valores y necesidades presentes en la experiencia popular que el populismo dice querer defender. No está de más recordar cómo a lo largo de la historia las derivas totalitarias han nacido de las mejores intenciones de salvaguardar el bienestar del pueblo. ¿Pero por dónde empezar para salvaguardarlo realmente?

Mirando más a fondo la realidad, que nunca es solo blanco o negro, aceptando los problemas humanos por lo que son, complejos y nunca banalizándolos, dándose cuenta de que el miedo es mal consejero y no permite captar las oportunidades. En una palabra, volviendo a creer que conocer la realidad puede cambiar los destinos de la vida. Profundizar, entender cómo están las cosas, ir más allá de lo aparente para aprender cuáles son las pistas que ofrece la vida. En el fondo es un acto de humildad lo que hace falta: saber que nunca sabemos lo suficiente. La figura de Ulises es el verdadero antídoto contra cualquier forma de disgregación del pueblo, un antídoto contenido en el ADN de la civilización occidental.

El hombre-símbolo inmortalizado por Homero vive empujado por su deseo de conocer, por la curiosidad por aquello que aún no conoce. Es un hombre que ama (a su familia, su patria, su anciano padre, hasta su perro Argos), pero nada consigue distraerlo de ese deseo de conocer, incluso lo que parece amenazante. En el espléndido y asolado Mediterráneo, el hombre occidental tiene en Ulises el bautismo de su alma sapiente. Ahí empieza un camino de conocimiento, la creación de instrumentos para comunicarlo, el nacimiento de escuelas, universidades, ciencia, nuevos modos de producción, de alimentación, de cuidados.

Hace poco recordábamos la figura de Lorenzo Milani. ¿Qué otra cosa hizo este sacerdote de Barbiana que ofrecer a los pobres campesinos y pastores una reflexión, una capacidad crítica y de profundización? Justo lo más necesario para progresar en el difícil camino de la vida.

No es casual que en Europa el atractivo de los partidos populistas caiga a medida que crece el nivel educativo y la pertenencia a asociaciones de la sociedad civil. Es verdad que las nuevas generaciones, obligadas a adaptarse a un mundo que cambia rápidamente, nacidas y criadas en el “líquido amniótico” de las redes y las nuevas tecnologías, por un lado tienen un gran acceso libre a una enorme cantidad de contenidos, por otro están inundados de información en forma de flashes, con poco espacio para madurar criterios para ordenarlas. Lo saben muy bien los educadores de una escuela que se está adaptando, cada vez más preocupada por engranar la marcha y conseguir adhesiones, sin resbalar en la realidad, personal y colectiva, en el mundo, en la vida que hay que afrontar.

También en tiempos de posverdad, basta con mirar alrededor para descubrir lo necesario que es saber, entender lo que hay más allá de lo que se ve y se toca, para que los jóvenes, sobre todo los que tienen menos posibilidades, puedan entender que nunca es solo un problema de mera supervivencia sino de crecimiento personal y colectivo.

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