Nuevo Gobierno, mismo Sánchez

Editorial · Fernando de Haro
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11 julio 2021
La esperada crisis de Gobierno, materializa por Sánchez, ha sido más que una reestructuración. Cambiar a ocho ministros (de un total de 22) ya supone un drástico cambio cuantitativo (el 36,3 por ciento).

Pero la remodelación es más que eso, es uno de esos giros de guion tan acostumbrados en el presidente del Gobierno que deja atrás la que considera una personalidad política superada para adquirir una nueva identidad. Lo hizo tras perder la secretaría general del PSOE en 2016 (el hombre contra el aparato), lo hizo al presentar la moción de censura (aliado de nacionalistas e independentistas), como candidato en las elecciones generales de 2019 (convencido constitucionalista), presidente del Gobierno en 2020 (coaligado con Podemos y socio, de nuevo, del independentismo).

Desde octubre del año pasado la tendencia de la intención de voto del PSOE venía cayendo. Entonces estaba en un 29 por ciento, que en estos tiempos es mucho. Había descendido por debajo del 26 por ciento. Una tras otra, todas las encuestas sitúan al PP con tres puntos de ventaja y con opciones de gobernar con el apoyo de Vox. Eso para Sánchez de momento no es preocupante porque no tiene ninguna intención de convocar elecciones. Pero necesita cambiar la tendencia de forma drástica de aquí a que concluya la legislatura. La remodelación del Ejecutivo que ha hecho nos explica cómo quiere hacerlo.

No toca a los ministros de Podemos, con lo cual sus planes de momento pasan por la estabilidad en la coalición. De hecho a los morados le ha dado dos victorias sonadas aprobando los anteproyectos de la ley trans y de la ley de libertad sexual. Por si fuera poco, saca del Ejecutivo a Carmen Calvo que había sido la que más resistencia había opuesto a Podemos.

La salida de Carmen Calvo, de Iván Redondo y de José Luis Ábalos certifica la voluntad del presidente de mutar, de nuevo, de identidad. Ya no le sirve Redondo, el hombre que le ayudó a convertir la política en un acto de propaganda. No le perdona sus errores con la moción de censura de Murcia y la derrota estrepitosa del PSOE en Madrid, donde en realidad él mismo era el candidato frente Ayuso. Redondo además de equivocarse quizás tuvo demasiada ambición y se olvidó de que el poder era solo del presidente.

En cualquier caso al prescindir de ese núcleo duro (Calvo, Redondo, Ábalos), Sánchez busca más apoyo en la estructura del PSOE al que tenía abandonado por considerarlo una finca particular. Por eso a Redondo le sustituye Óscar López, un valor seguro entre los socialistas que no han perdonado a Redondo sus últimos fracasos. Por eso nombra nuevas ministras que vienen del municipalismo. Le permiten apoyarse en los barones fieles y castigar a los infieles.

No cambia el equipo económico porque lo esencial para ganar las próximas elecciones es consolidar la recuperación. No cambia, a pesar de esta nueva identidad, el Pedro Sánchez de siempre. Un presidente del Gobierno que, para permanecer en el poder, ha acelerado lo que Sergio del Molino llama en su nuevo libro la disolución simbólica de España. El autor que denunciara en su momento los problemas de “una España vacía”, señala con acierto que un país está hecho de un relato, de unas historias compartidas. Esa historia compartida es cada vez menos compartida, al menos en el relato oficial, por la alianza de la izquierda con algunos nacionalismos que se han convertido en independentistas. No ha contribuido a frenar ese discurso oficial el hecho de que la derecha se presente como defensora de la nación, en una posición dialéctica opuesta a los que serían “malos españoles”.

Con el viejo y el nuevo Sánchez la tarea sigue siendo la misma. Hay un divorcio entre la España enfrentada, que a menudo nos presenta Sánchez, y la España real que vive de forma sencilla una pertenencia compartida. El reto es no caer, como a menudo le sucede a la derecha, en esta dialéctica sino hacer aflorar de modo claro y crítico lo que de modo inconsciente está presente en las relaciones sociales. Es el modo de responder al discurso interesado de una contraposición sin fin que fabrican los que están en Moncloa y los que quieren llegar a la Moncloa.

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