Nuestra verdadera locura

Mundo · Giovanna Parravicini
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21 enero 2016
Cuando llegué a Rusia, enseguida entendí que si quería hablar de unidad entre los cristianos debía evitar cuidadosamente la palabra “ecumenismo”, que resultaba irremediablemente comprometida para los paraguas oficiales donde las iglesias, con el pretexto de gestos y diálogos “ecuménicos”, desarrollaban en realidad mandatos políticos muy precisos, o cuando menos consentían juegos totalmente ajenos a la fe cristiana.

Cuando llegué a Rusia, enseguida entendí que si quería hablar de unidad entre los cristianos debía evitar cuidadosamente la palabra “ecumenismo”, que resultaba irremediablemente comprometida para los paraguas oficiales donde las iglesias, con el pretexto de gestos y diálogos “ecuménicos”, desarrollaban en realidad mandatos políticos muy precisos, o cuando menos consentían juegos totalmente ajenos a la fe cristiana.

Me sorprende que, con tantos años de distancia, sea precisamente un ortodoxo ruso, el biblista Andrei Desnicki, quien propone volver a introducir esta palabra, ecumenismo, después del abrazo entre el Papa Francisco y el Patriarca Bartolomé. Ese testimonio, tan inmediato y misterioso, de una comunión humana que transfigura las relaciones y hace transparente a “Cristo, todo en todos” ha devuelto la credibilidad a un término que parecía desgastado y vaciado de sentido.

La Iglesia propone cada año, del 18 al 25 de enero, una semana de oración por la unidad de los creyentes. Ante la caótica situación en que nos encontramos, en Rusia como en todo el mundo, existe el riesgo de reducir este gesto a una entre tantas “buenas intenciones”, tal vez la menos urgente. Pero hay quien tiene el coraje, hoy igual que en otras épocas dramáticas, de encontrar en el ecumenismo la raíz de la salvación y de la esperanza. El Papa ha recordado que todos nosotros, “pecadores y necesitados de ser salvados, redimidos, liberados del mal”, pues bien, “todos nosotros, católicos, ortodoxos y protestantes, formamos un sacerdocio real y una nación santa. Esto significa que tenemos una misión común, que es la de transmitir la misericordia recibida a los demás, empezando por los más pobres y abandonados”. Es la única posibilidad de volver a empezar. Volver a empezar, por tanto, por compartir esta gracia, que es lo único capaz de crear un vínculo indisoluble entre los cristianos, y también entre los hombres.

Rusia sale de las vacaciones invernales asediada por el problema de una crisis que está asumiendo unos contornos cada vez más oscuros. Muy agudamente, Olga Sedakova ha escrito recientemente que lo que falta hoy es precisamente una “esperanza a largo plazo, que dé respiro social”. En otros términos, la gente ya no espera nada bueno del futuro, busca ante todo ponerse a refugio, crear vías de salida. Ya no se sabe qué es la esperanza, por ejemplo, que sostuvo a la población durante la grave crisis de los primeros años 90, cuando el derrumbe de la ideología empezaba a dejar entrever nuevas posibilidades, en virtud de las cuales parecía que valía la pena apretarse el cinturón y hacer sacrificios. Hoy no se vislumbra más perspectiva que la cerrazón y una conflictividad generalizada, fomentada durante meses por las autoridades, a veces también religiosas, lamentablemente. El otro no es un bien para mí. No son pocos los creyentes que, en este contexto, se preguntan desorientados qué se puede hacer, cómo se puede responder, cómo vivir la propia responsabilidad en una situación que parece ignorar, aplastar a la persona.

Es evidente que volver a empezar por uno mismo, por los propios proyectos, sería poco realista, ideológico o sentimental, según los casos. El pecado, la traición, la locura se da cuando “nos sustraemos de la sencillez de Cristo, del primado de Cristo… Por eso ha podido tener lugar esta división, por eso no somos capaces de ninguna manera de recuperar la unidad. Por la unidad, todos nosotros –tanto ellos como nosotros– debemos volver nuevamente al primado de Cristo”. Son palabras escritas en los años 50 por Sergei Fudel, un padre de familia ortodoxo, que pasó su vida dentro y fuera de los lager, pero que no perdió el deseo apasionado de entregar a las generaciones jóvenes, empezando por sus hijos, el secreto de la esperanza. Una esperanza que abraza el mundo entero, y que hacía escribir al padre Anatoli Zurakovski, un joven sacerdote ortodoxo deportado en los años 20 (le fusilaron a los 40 años, en 1937), dirigiéndose a sus parroquianos: “Nuestra comunidad (estoy con vosotros en la oración y en el amor) es para mí un gran y singular intento de construir no un rincón dentro de la vida sino la vida misma, en toda su multiplicidad… porque vivir y servirle son la misma cosa. Alejarse de Él, separarse de Él, significa morir. Esta, queridos hermanos, es nuestra comunidad”. Una comunidad que es dimensión de la persona, y que por eso puede dilatarse hasta los confines del universo.

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