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Nuestra aportación

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4 septiembre 2011
El pasado viernes se aprobaba en España la reforma constitucional de más calado desde el inicio de la Transición. Se modificaba el artículo 135 para hacer mención explícita al compromiso del control del déficit y de la deuda pública. Un intento de frenar la presión de los mercados, que durante el mes de agosto han despertado el fantasma de una intervención. El peso en el euro de la economía española haría muy complicado el rescate. El diario El País ha presentado el acuerdo como una ruptura del consenso constitucional del 78. Es el argumento que han utilizado los nacionalistas.  

A algunos no les gusta que los dos partidos mayoritarios se pongan de acuerdo. La reforma, aunque limitada, ha despertado la imaginación de lo que podría haber sido un país en el que se prolongara el clima de concordia política básica que se dio en los primeros años de la democracia. Momento retratado con agudeza por Óscar Alzaga en su último libro Del consenso constituyente al conflicto permanente (Editorial Trotta).

La etimología de la palabra concordia (cum corde), con corazón, nos recuerda que hay algo más allá de la ideología y de la bronca partidista a la que nos hemos acostumbrados en los últimos años. La construcción de la ciudad común ha sido posible en nuestra reciente historia por la mencionada concordia política: las razones del corazón (órgano que no almacena los sentimientos sino las certezas que nos unen a todos) estuvieron muy presentes en el paso del franquismo a la democracia. Y ahora esas razones son más necesarias que nunca porque tenemos por delante, tras las próximas elecciones, la difícil tarea de lo que podemos denominar, sin exagerar, la tarea de reconstruir España. La crisis económica, la traición al espíritu constitucional y la mala política lo han debilitado mucho. El protagonista de esa reconstrucción será sin duda el pueblo español. Un pueblo que existe, que construye, que emprende, que crea obras. Pero un pueblo también en el que los motivos que hacen posible el sacrificio, el trabajo sistemático y gratuito y el encontrarse con el otro se han debilitado. Parecen faltar las razones y también la energía, el afecto para la reconstrucción.

Y es en este nivel en el que el cristianismo, los cristianos pueden hacer su gran aportación. Lo hemos visto durante la JMJ que ha tenido lugar en las calles de Madrid durante el mes de agosto. Lo que sorprendía de los jóvenes que seguían al Papa era su energía, su disposición sencilla a "estar en las cosas". Demasiado a menudo la única aportación que se hace desde el catolicismo es repetir que la crisis es de origen moral. Es una afirmación justa pero hay un modo de hacerla que reduce el valor de la fe a una cuestión ética. Como si sólo se tratara de mejorar las referencias normativas. Ya advertía San Agustín "del oculto y horrendo error" que supone "querer que la gracia de Cristo consista en su ejemplo y no en el don de su persona". Si el cristianismo puede ser todavía algo interesante es porque el acontecimiento de Cristo, el don de su persona, presente en su Iglesia, hace posible una experiencia en la que la razón y el afecto recuperan su capacidad para "estar en las cosas": las razones del corazón dejan de ser inalcanzables. La fe merece la pena precisamente porque aclara, y ensancha la razón y potencia el afecto, lo que más necesitamos.

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