Nostalgia en el 11-S catalán

España · Jorge Martínez
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13 septiembre 2016
Hay quien disfruta y se pone nostálgico hablando de las dos Españas. Invocar las díadas siempre ha sido una vieja estrategia maniquea para dividir el mundo y procurarnos con ello unos ejes axiales y con ello un orden y una justicia que uno tiende a echar en falta.

Hay quien disfruta y se pone nostálgico hablando de las dos Españas. Invocar las díadas siempre ha sido una vieja estrategia maniquea para dividir el mundo y procurarnos con ello unos ejes axiales y con ello un orden y una justicia que uno tiende a echar en falta.

Tras meses de improperios, pactos e investiduras fallidas, da la sensación de que nuestros políticos y las burbujas mediáticas que los promueven, no es que configuren dos Españas en el viejo sentido guerracivilista, sino que, viviendo todos físicamente en el mismo país, sus mundos virtuales o ideológicos, desde los que codifican la realidad, son recíprocamente estancos, no se tocan, no interactúan más que reactivamente, al son de un toma y daca prácticamente mecánico hecho espectáculo, en el que no hay ningún atisbo de admiración ante el adversario, sino meras interpretaciones o reinterpretaciones que simple y llanamente le dan la razón al que escucha.

En tiempos más hegelianos que los nuestros, las divergencias abocaban a la sociedad a determinados vértigos y cambios. Sin embargo, actualmente, sumidos en un pensamiento dominante que nadie discute, cada grupo vive dentro de su burbuja tecnológica y social y se mantiene a salvo del otro. Así, la realidad política española ha caído en una suerte de inmovilismo endémico confiado a la magia de las urnas, que no se sabe bien por qué hablarán ahora como el mismísimo oráculo de Delfos, cuando en las dos ocasiones anteriores, parece, erraron.

La manifestación del 11-S es una nueva ocasión para constatar esto. El president Puigdemont sigue con la hoja de ruta secesionista y acusa al Estado español de haberse desconectado de Cataluña. Y, mientras cientos de miles de catalanes y españoles (hasta que no se demuestre lo contrario) salen a la calle bajo el lema “Nos sentimos a punto para conseguir nuestro sueño, la República catalana”, el presidente en funciones Mariano Rajoy se limita a administrar y a calcular cuántos votos va a sacar del aburrimiento y de la desidia política en la que andamos sumidos en este país.

Por esos derroteros, quizás el PP pase de los 150 escaños en la nueva partida electoral. Incluso probablemente pueda confiar en que, en un país con la pirámide demográfica invertida, las cartas le seguirán sonriendo de la mano del pragmatismo y del miedo al cambio (si consigue mantener las pensiones, claro). Sin embargo, decía Antoine de Saint-Exupéry: “si quieres construir una barca no reúnas hombres para cortar leña, preparar las herramientas, dividir las tareas e impartir órdenes, más bien despierta en ellos la nostalgia por el mar vasto e infinito”. Sumidos en esa nostalgia, y no en la de las dos Españas, es donde los políticos se descubrirían hermanos y dialogarían y se ayudarían a reparar ese maltrecho buque fantasma llamado España que, pese a crecer al 3% sin gobierno, sigue navegando sin rumbo en la niebla.

La pregunta que se impone es: ¿tenemos la inmensa mayoría de los españoles algún ideal compartido capaz de generar nostalgia, que pueda jugar el papel de mar infinito?

P.D. Cuando intentemos contestar a esto tengamos, por favor, en cuenta el adjetivo “compartido” y recordemos las horquillas: izquierda/derecha, pueblo/casta, incluidos/excluidos, secesionistas/constitucionalistas, etc. NO ES FÁCIL.

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