Nosotros somos el punto de partida

Mundo · Costantino Esposito
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14 abril 2020
Si me preguntaran dónde nos llevará esta emergencia universal del coronavirus, qué nos enseñará, cómo cambiará nuestras vidas y hábitos sociales, francamente no sabría responder. No porque falten análisis, previsiones y las más diversas interpretaciones de los datos. De hecho proliferan por todas partes, aunque rara vez logran aclarar algo o ensanchar nuestro campo de visión, la mayoría de las veces lo restringen.

Si me preguntaran dónde nos llevará esta emergencia universal del coronavirus, qué nos enseñará, cómo cambiará nuestras vidas y hábitos sociales, francamente no sabría responder. No porque falten análisis, previsiones y las más diversas interpretaciones de los datos. De hecho proliferan por todas partes, aunque rara vez logran aclarar algo o ensanchar nuestro campo de visión, la mayoría de las veces lo restringen.

Esto no quiere decir para nada que estén equivocados o no sean útiles. Es inevitable, y también necesario, que los diversos aspectos de esta crisis –sanitaria, económica, social, cultural, educativa, psicológica…– de vez en cuando se sopesen y evidencien. Todo enfoque nos dará elementos nuevos para entender lo que ya está pasando en todo el mundo. Pero esos enfoques, por muy necesarios que sean, tal vez aún no sean suficientes para darnos la clave para afrontar la situación.

A través de todos estos análisis, lo que necesitamos es un punto sintético. Sin duda, no para reducir la complejidad y enormidad del problema que nos asalta, sino para mirarlo a la cara de verdad. No podemos limitarnos tan solo a buscar “culpables”, que seguro que los hay. Pensemos por ejemplo en las políticas liberales de reducción del gasto público en sanidad o el riesgo de que Estados Unidos se sirva de la emergencia viral como ocasión para una política autoritaria. No podemos limitarnos a estigmatizar las responsabilidades debidas al dominio incontrolado del hombre sobre la naturaleza o a la ideología del beneficio como único objetivo de la vida. ¿Quién podría negar que todos nos vemos tentados de encerrarnos en este infernal mecanismo del éxito a toda costa?

Pero tampoco podemos responder al desafío limitándonos a hacer un llamamiento a una nueva ética, ya no centrada en el poder sino en la fragilidad, no en la violencia sino en la responsabilidad. Aunque naturalmente nadie podrá ignorar que esta circunstancia impone un cambio urgente en nuestros comportamientos públicos y privados.

La cuestión es que estos intentos de “elaborar el luto” de la pandemia no pueden resolver el impacto que está provocando en nuestras existencias, ni vencer la desorientación que nos invade al ver el número de víctimas o nuestras ciudades forzosamente desiertas, ni derrotar al  miedo, hijo de una incertidumbre que no logramos exorcizar. Claro que esperamos la vacuna como el punto a partir del cual podamos decir que por fin estamos fuera de la crisis. Pero la cuestión es qué está pasando ahora, mientras esperamos.

Casi duele la ingenuidad con que seguimos repitiendo que todo irá bien y que juntos lo conseguiremos permaneciendo encerrados en casa. Cada uno de nosotros así lo desea, naturalmente, pero lo que necesitamos es descubrir si hay algo que ahora nos permita experimentar un bien, para nosotros y para todos. O la vida es ahora, o no es. Claro que debemos preparar el futuro, pero solo si hay un motivo en el presente que nos permita caminar, y si eso presente está lleno de la conciencia de nuestro pasado, de la memoria de nuestra procedencia.

Tal vez entonces el punto sintético no debamos pensarlo como una suma final de todos los factores analizados, sino como un punto de partida. Y ese punto está en nosotros; más aún, nosotros mismos somos ese punto. No porque debamos declararnos culpables (aunque en ciertos aspectos así será), tampoco porque debamos replegarnos de manera narcisista sobre nosotros mismos. Este punto es el único que puede dar una perspectiva a nuestra mirada. Hace falta alguien que  mire la crisis para poder desvelar todo su alcance. Hace falta alguien que la juzgue de manera “crítica” para poderla afrontar.

Creo que en eso consiste el punto de inflexión cultural decisivo –aunque aún subyacente– de este tiempo de “coronavirus”: la posibilidad es la ocasión, dramática y al mismo tiempo fascinante, de descubrir en nosotros el criterio para juzgar el desafío imprevisto de la realidad, para darnos cuenta de nuestra capacidad, no solo para mirar sino para ver, mirando lo que nos jugamos en el mundo y en la vida. Esta capacidad, este criterio de medida está en la competencia más sencilla pero también más colosal de nuestra razón: preguntar el porqué último de uno mismo y del mundo.

Pero no solo eso. Si somos capaces de buscar el significado de las cosas, a mismo tiempo también tenemos la capacidad y competencia para reconocer –si existe– lo que de verdad responde a nuestra pregunta, lo que corresponde realmente a nuestra necesidad de sentido. Esta naturaleza inquieta de nuestro yo (inquieta porque nada nos basta, solo el “todo”, es decir, un sentido infinito por el que estar en el mundo) no es un efecto de la emergencia de estos días, aunque sin duda lo que está pasando lo ha hecho emerger de nuestros esquemas, prejuicios, seguridades más o menos falsas en las que se auto-blinda nuestro yo.

Descubrir todo esto ahora es para nosotros la posibilidad más razonable de afrontar el mañana. Nos parece poco, como parecería demasiado poco el yo de cada uno de nosotros ante los inmensos y a menudo incontrolables mecanismos de la naturaleza y de la historia. Pero sin eso, no comprenderíamos toda la criticidad de lo que sucede, nos limitaríamos a ser parte anónima de la crisis. Eso significaría que las pobres víctimas de esta emergencia, cuyos cuerpos hemos visto desfilar en camiones militares, son la desgraciada consecuencia del caos, y nada más. Solo cifras en la curva del virus. Pero podemos decir que no es así, y no por un consuelo ilusorio sino por la experiencia que tenemos ahora de la necesidad de nuestro yo. Este yo es el signo, y también la señal, de que estamos hechos para el bien y la verdad, no para la destrucción ni la mentira.

Justamente, muchos se lamentan de no haber podido celebrar la Pascua con sus seres queridos sino solos en casa. Pero en el fondo, ¿por qué nos disgusta? Porque, para todos, la memoria ha sido y sigue siendo un punto en el tiempo en el que nos hemos topado con una respuesta realmente adecuada a nuestra necesidad de sentido. La respuesta solo es posible ante alguien que vence a la muerte. En el fondo, esto también lo sabemos –culturalmente– hace mucho tiempo. Pero lo hemos dado tanto por descontado que se ha vuelto desconocido. Hoy podemos recordarlo –y volver a encontrarlo– como si sucediera ahora. Más aún, porque sucede ahora.

Como decía Thomas S. Eliot, al final de sus Cuatro Cuartetos, un poema dedicado al sentido del tiempo:

“No dejaremos de explorar

y el fin de nuestra exploración

será encontrar el punto de partida

y conocer el lugar por primera vez.

A través de la puerta desconocida, no recordada

cuando lo último en la tierra que queda por descubrir

es lo mismo que fue el principio”.

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