¿Nos representan los partidos?

España · Álvaro Delgado Gal
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15 mayo 2013
La pregunta se ha hecho popular, popularísima. Y la respuesta atronadora -apenas contrariada por algunos bisbiseos periféricos- es «no», o mejor, «NO», o subrayando aún más el tono de repulsa y condena, «NO». Los partidos no nos representan. Sociológicamente, esta casi unanimidad aloja un significado muy claro: la gente, en mayor proporción cuanto más joven, empieza a querer que se vayan los que están. Los que están no son sólo los que están en el Gobierno, sino los que están en la política. 

Este deseo, en sí mismo, es absurdo. No se pueden ir todos los políticos al mismo tiempo sin que venga lo que los fascistas denominaban un «antipolítico». En el caso de la Italia de la inmediata posguerra -me refiero a la Gran Guerra-, el antipolítico resultó ser un político puro: Mussolini. Este es el peligro, un peligro que el movimiento internacional de los indignados -sí, puede hablarse ya de una indignación transnacional- enturbia con visiones y esperanzas escatológicas.

«¿Es verdad que los partidos no nos representan?». Mejor todavía: «¿qué diablos queremos decir cuando afirmamos que los partidos no nos representan?».

Beppe Grillo es dialécticamente simple. Es un populista. Los populistas comunican muy bien, pero lo que comunican no es bueno, precisamente porque es simple. El fuerte de los populistas, aparte de la facundia comunicativa, es sentir como casi todo el mundo siente -todos los historiadores reconocen ese mérito a Mussolini-. Y lo que casi todo el mundo siente suele contener una almendra de verdad -al revés de lo que casi todo el mundo argumenta: argumentar es un poco como tocar el violín: una destreza que exige un grado grande de especialización-. Bien, Beppe Grillo, populista, dice muchas tonterías populistas, pero como populista también siente algo que no podemos negar: que esto está a dos dedos del naufragio. No es sólo que no ceje una crisis que es una lata, sino que empezamos a estar por debajo de la línea de flotación, en términos morales o políticos o político-morales. Tres son las grandes cuestiones:

1) Es grave la transformación de la política en un instrumento cuyo objetivo principal es facilitar la carrera profesional de los políticos. A esto Grillo lo llama «endogamia política». A Grillo le ofende grandemente que los políticos coman con los políticos, que se vayan juntos de vacaciones, que empleen un idioma que no pueden entender los que no son políticos. Y concluye, precipitadamente, que la política ha dejado de ser representativa. No, no ha dejado de ser representativa. El problema está, más bien, en que se ha pervertido. Se trata de un problema serio, pero recurrente dentro del sistema parlamentario (y de los demás). Después de un largo período de estabilidad relativa, la maquinaria se oxida, o el ordenador se satura de virus, o lo que fuere, y es necesario que se produzca una gran sacudida para que la democracia recupere sus reflejos y su elasticidad. El caso, considerado aisladamente, es, lo repito, serio, pero no letal. Si fuera letal, ha tiempo que habrían desaparecido las democracias.

2) Se han atascado los mecanismos que engranan a lasociedad con la política. Me refiero, sobre todo, a los medios de comunicación,en particular, la prensa, que sigue siendo insustituible, por maltrecha queesté, para la organización de la opinión pública. Las causas son varias. Porejemplo, defectos de fábrica, muy evidentes en el caso de España. Políticosdemocráticos y periodistas se hicieron a la par, y no demasiado bien.Recuerden, los que tienen edad para ello, las columnas políticas de la etapaucedea. Estaban plagadas de recados, remitidos y nombres propios en negrita.Los nombres propios eran de políticos, autores de los remitidos o de losremitidos de los remitidos. En España apenas si ha habido análisis políticodigno de tal nombre: un tramo de texto escrito por alguien que pensara por sucuenta y hablase independientemente. Si viene una sana sacudida democrática,también tendrá que cambiar la prensa política. En lo que hace a España, esecambio sería, más bien, una inauguración. El segundo gran problema de la prensaes económico. Por motivos complejos, de los que la falta de calidad yfiabilidad de la prensa es sólo uno, se venden cada día menos periódicos, y deresultas, la prensa se deteriora aún más y se hace mucho más vulnerable aformas de financiación que reducen su independencia. Con frecuencia(abrumadoramente entre los periódicos no nacionales) la fuente de financiaciónes la propia Administración. Pero también empresas que ponen publicidad con elpropósito de protegerse o de divulgar puntos de vista que consideran favorablesa la buena marcha de sus negocios. Desconocemos todavía qué pueden dar de sílos soportes digitales. En España, la televisión, pública o privada, esdesastrosa, y la radio acusa de modo mucho más directo todavía que los diariosla presión e intermediación de los partidos. De nuevo, un problema grave, perono letal. La averiguación, que no dejará de intentarse, de nuevos modelos denegocio, tal vez genere algo útil a tiempo; y la mejora de la política, sillega a tiempo, también mejorará a los medios, y con estos, a la democracia ensu conjunto.

Unos prometen más de lo que pueden dar, y otros pideno aceptan más de lo que pueden recibir.

3) El tercer punto es el más importante (siéndolo, ymucho, los dos anteriores). La coyuntura delicadísima en que ahora se encuentraEuropa es indisociable de la crisis del Estado de Bienestar. Primero, éste debeser reconvertido a la baja, porque no se puede pagar. La penuria económica haacelerado la insolvencia del Estado, desde luego. Pero cualquier economista,desde hace veinte años o más, habría podido anticipar que nuestras democraciascaminaban hacia una gran crisis fiscal. Una de las dimensiones másdecepcionantes de la política al uso es que nadie se ha ocupado seriamente denada que quedara un poco más allá de la fecha correspondiente a las siguienteselecciones. Zapatero es una caricatura de este cortoplacismo suicida: mientrassobró el dinero aceleró proporcionalmente el gasto público, incurriendo ademásen la ilusión boba de que las tasas de crecimiento se prolongaríanmecánicamente en el futuro y nos permitirían atrapar primero a Francia y luegoa Alemania. Se quedó a medio camino en un recuesto y se marchó a casa, dejandoEspaña manga por hombro. Sea como fuere, hay que recortar el Estado deBienestar, y ello exige valentía, rigor, inteligencia y una conducta personalabnegada e intachable. Empeorar es siempre ingrato, pero se hace insoportablecuando el señor que mete la tijera no disfruta de nuestra confianza o pareceque está por encima de las estrecheces que afligen a sus gobernados. Esto noslleva al segundo punto. No sólo el Estado Benefactor ha crecido por encima delo financiable; ocurre, de añadidura, que ha contribuido poderosamente acorromper los mecanismos de la política. Asegurar una instrucción públicagratuita en primera y segunda enseñanza, y facilitar mediante un sistema debecas generoso el acceso a la universidad para quien esté dispuesto a hacer elesfuerzo de seguir estudiando; facilitar asistencia sanitaria pública al queesté enfermo; impedir que alguien se muera por dormir al raso; estas cosas yotras por el estilo hay que hacerlas y esto lo hizo muy bien el EstadoBenefactor en su etapa funcional.Pero el Estado Benefactor también se hapervertido. Con el aumento de los recursos, la oferta pública dejó de servir apropósitos razonables y derivó en un instrumento de promoción para lospolíticos. Puede compendiarse el proceso diciendo que los políticos empezaron aindagar fines con el objeto de dotarse de medios. Medios para ganar laselecciones; medios para aumentar los efectivos humanos que permiten ganar laselecciones; medios para vivir bien ganando las elecciones. Creciócancerosamente, no el número de militantes, sino las clientelas y los cargosque ingresaban en la Administración por la puerta de atrás. El resultado hasido una colonización de la sociedad por la política profesional. Un fenómenosustancialmente democrático, no antidemocrático. Debo absolutamente contarlesun episodio que ilustra esto a la perfección. A finales o mediados de febrero,en el programa de Carlos Herrera, estaba discutiéndose, casi de refilón, elproyecto de reforma de la Ley de Régimen Local que atarea de un tiempo a estaparte al Gobierno. Una de las consecuencias sería la supresión del sueldo paramuchos concejales. Herrera recibió en ese momento un e-mail de un notorio jefepopular de provincias -no dio el nombre- en el que se argumentaba por qué elproyecto constituía un error gigantesco. El razonamiento era éste: si lospartidos se quedan sin concejales a sueldo, se quedan sin tropa, y no se puedenganar las elecciones sólo con los generales y la alta oficialidad. He aquí unresumen perfecto de lo que está ocurriendo. He aquí, también, lo que tiene quedejar de ocurrir. No sólo no se puede continuar asegurando la soldada de tantatropa, sino que la actitud, el temple moral, las prioridades de los que han decambiar lo que no puede seguir en pie, son incompatibles con la actitud, el templey las prioridades de los políticos estándar que tienen vara alta en el paísdesde hace años.

Termino ya. La consigna de que los partidos no nosrepresentan sugiere que la democracia se ha estropeado porque los partidos sehan rebelado contra la sociedad. Se trata de una verdad a medias o, mejor, másde una mentira incompleta que de una verdad incompleta. Es verdad que la clasepolítica ha decaído y se ha hecho endogámica. Pero también es verdad que lacorrupción deriva de un trato implícito entre gobernantes y gobernados. Unosprometen más de lo que pueden dar, y otros piden o aceptan más de lo que puedenrecibir. Si quieren, la sociedad se ha rebelado contra sí misma, de arribaabajo, y de abajo arriba. El dinero negro que circula por el interior de lospartidos, que provoca el enriquecimiento de algunos, a veces un enriquecimientoinsultante, es poca cosa en comparación del dinero que se malgasta; el dineroque suman los coches oficiales, los hoteles de cinco estrellas para políticosde campanillas, el dinero de las embajadas autonómicas y otros dislates, estambién, agregadamente, peanuts, calderilla. El dinero gordo es elque se lleva la política normal: obras públicas desatentadas, cobro decomisiones para el mantenimiento de la velocidad de crucero de un partido,hospitales redundantes, servicios redundantes. El dinero claramente delictivo,o estúpidamente suntuario, es el spillover, las sobras, del gastonormal. Es indignante, por supuesto, que se robe; pero aún tiene consecuenciasmás insostenibles que se derroche. En realidad, las dos cosas se producen a lavez, porque se robaría mucho menos si no se pudiera derrochar tanto. Y sederrocha mucho, con el aplauso, ¡ay!, del votante. Decir esto, ahora, es muyduro. Es duro decirlo cuando, en regiones como Cataluña, y las que le sigan,empieza a fallar el Estado Benefactor en lo que tiene de admirable einsustituible. Pero a esta situación intolerable hemos llegado todos juntos. Yno saldremos de ella satanizando sin más a la clase política. Hay que rehacerun montón de cosas, pero con cabeza. Necesitamos políticos mejores, peronecesitamos política. La satanización de los políticos es complementaria ysimétrica del angelismo populista. Ellos son los malos y nosotros los buenos.Perdónenme, es un poco más complicado. Lo digo a sabiendas de que la democraciano las ha visto tan gordas en mucho tiempo. O, mejor, no lo digo a pesar deeso; lo digo precisamente por eso.

El artículo completose puede encontrar en ///http://revistadelibros.com/blogs/lluvia-horizontal/nos-representan-los-partidos///revistadelibros.com///. Esta es una versión reducida que publicamospor su interés

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