Nos han expoliado como a Jesús en el Calvario

Mundo · José Luis Restán
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8 mayo 2013
Hace un año me hablaba casirisueño sobre su pueblo, que tiene una fe como columnas de bronce; ponderaba sudignidad nunca abatida, su capacidad de supervivencia, más aún, de alegría y deconstrucción a pesar de la extrema pobreza y del flagelo del SIDA. Ayer lenotaba un punto de enojo en la voz, un dolor contenido que no le frena sino queda un peso singular a cada palabra. El golpe de estado de cuño islamista lesorprendió en Bangui, la capital de República Centroafricana, el pasado domingode Ramos. Han sido semanas interminables con la zozobra de no conocer la suertede los que le han sido encomendados. Por fin ha podido regresar a Bangassou, sudiócesis, para ver la devastación y sobre todo para reunir a su rebaño ysostenerlo en la certeza de que Cristo resucitado vence. Se llama Juan JoséAguirre, es obispo, y una vez más, al coger ese avión, ha decidido quemar susnaves.          

"Nos han expoliado en el sentidodel despojo de las vestiduras de Jesús en el Calvario", me explica lleno deindignación, relatando en El Espejo de COPE una retahíla de vejaciones, robos,abusos y violencias de todo signo que su gente ha padecido y sigue padeciendo."La gente está atemorizada y vapuleada por la presencia de estos bandidos y sucontinua extorsión". Y explica que en cualquier momento entran metralleta enmano en cualquier casa, con toda impunidad, con el pretexto de requisar armas.Luego vienen los robos, el maltrato, incluso el abuso sexual contra lasmujeres. "Han arramblado con todos los recursos materiales para nuestro trabajoapostólico, y ahí te quedas con cara de tonto, viendo cómo pasan delante de ticon tu coche porque ya se lo han quedado ellos". De hecho han robado ropa, dinero,fotocopiadoras, ordenadores, instrumental sanitario… pero el tema de los cochesha sido especialmente sangrante porque en una diócesis como Bangassou, cuyotamaño es similar al de Andalucía, son imprescindibles para el trabajopastoral. Y no ha quedado uno solo.

Los bandidos de los que nos hablaMons. Aguirre se integran en el grupo guerrillero SELEKA, un movimientoislamista de corte yihadista (similar al que ha intervenido en Malí) que ha entradodesde el exterior en la República Centroafricana ensañándose con lascomunidades cristianas, profanando las iglesias e incluso los tabernáculos. Sinembargo la minoría musulmana no ha sido molestada. Aguirre sabe que si estapesadilla termina, la curación de las heridas abiertas ahora entre cristianos ymusulmanes será muy difícil en un país donde antes regían el respeto y la buenavecindad. De hecho los musulmanes no superan el 10% de la población deCentroáfrica y los SELEKA nutren sus filas de sudaneses y chadianos, que talcomo vinieron pueden marcharse si la presión militar les empuja.   

Juan José Aguirre es un hombre deoración y sabe que Cristo crucificado es la clave para interpretar todo lo queestá pasando. Eso no le impide, más aún, le ayuda a entender los contornospolítico-sociales de este evento doloroso, y recuerda que Isaías apostó por elrey Ciro y sus ejércitos cuando Jerusalén fue saqueada. El rey persa fueentonces el instrumento de Dios para librar a su pueblo. En las semanasprecedentes Aguirre se ha desgañitado en la prensa y ante las institucionesreclamando una intervención militar internacional que ponga freno a laviolencia y los abusos en Centroáfrica. Tiene esperanza en que se cumpla elcompromiso de los países circundantes de enviar, a finales de mayo, una fuerzade 2.000 soldados, la FOMAC, que ponga fin a lo que denomina una situaciónabominable.     

Pero la vida no se detiene bajoel estruendo de las metralletas. Nada más llegar el obispo ha asumidopersonalmente la catequesis de confirmación de los jóvenes, para llevarloshasta Pentecostés. Tiene presentes las situaciones de sus sacerdotes yreligiosas, los que permanecen en su puesto y los que se han visto forzados apasar la frontera del Congo. De algunos aún no ha conseguido noticias. Celebrala misa en todas las capillas a las que puede llegar a pie, y no deja depronunciar el juicio de la fe sobre lo que está sucediendo. "Los bandidos estánhaciendo todo para desanimarnos, pues vamos a echar más carne en el asador,vamos a poner más fuerza, más esperanza, vamos a trabajar más, vamos a reavivarnuestra fe con la fuerza del Espíritu Santo y de la gracia de Dios, y asíseremos más fuertes".   

Termina la entrevista y no ledesvelo mis temores por su seguridad, a la vista del modo en que se enfrenta apecho descubierto con la arbitrariedad de estos violentos. Per sí le preguntopor su salud, ya que padeció un infarto antes de la pasada navidad. Me dice queestá bien, aunque a veces se fatiga. "Caminar catorce kilómetros diarios leviene bien al corazón", me comenta con una medio sonrisa que intuyo al otrolado del teléfono. Le recomiendo que se cuide e ingenuamente le planteo si allí dispondría de atención médica… "Sialgo pasara tampoco puedo salir, las carreteras están cortadas y el aeropuertolo han cerrado… estoy en las manos de Dios". Veo lágrimas entre mis compañerosque asisten a la entrevista. "Lo que me sorprende siempre es la fe", recuerdoque dijo una vez un teólogo llamado Joseph Ratzinger. Es el asombro que sigueprovocando, dos mil años después, el hecho de que Cristo está presente y generahombres como éste.      

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