Editorial

Nos falta estima

Editorial · Fernando de Haro
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5 marzo 2017
Hipótesis arriesgada. Pero en estos momentos de perplejidad, perdido ya mucho, quizás convenga asumir riesgos más allá de lo acostumbrado. Los informes hechos públicos en las dos últimas semanas en Bruselas detallan el laberinto en el que estamos. El Informe España 2017 y el Libro Blanco sobre el futuro de la Unión describen la impotencia de un crecimiento que no garantiza el bienestar. Acaso el problema económico no solo sea resultado de políticas monetarias tomadas a destiempo, o de las dificultades para aunar intereses del sur y del norte, para incrementar la productividad, o para mejorar la educación. Quizás falta algo previo, una estima elemental por lo que nos hacer ser europeos o españoles. ¿Será que los primeros que tienen necesidad de ser acogidos somos nosotros mismos -nuestra propia experiencia-?

Hipótesis arriesgada. Pero en estos momentos de perplejidad, perdido ya mucho, quizás convenga asumir riesgos más allá de lo acostumbrado. Los informes hechos públicos en las dos últimas semanas en Bruselas detallan el laberinto en el que estamos. El Informe España 2017 y el Libro Blanco sobre el futuro de la Unión describen la impotencia de un crecimiento que no garantiza el bienestar. Acaso el problema económico no solo sea resultado de políticas monetarias tomadas a destiempo, o de las dificultades para aunar intereses del sur y del norte, para incrementar la productividad, o para mejorar la educación. Quizás falta algo previo, una estima elemental por lo que nos hacer ser europeos o españoles. ¿Será que los primeros que tienen necesidad de ser acogidos somos nosotros mismos -nuestra propia experiencia-?

El Libro Blanco presentado por Juncker la semana pasada apuesta sin decirlo claramente por aquello en lo que creen los franceses y los alemanes más europeístas: una Europa a dos velocidades que aparque el federalismo para todos. Ahora que el Reino Unido se marcha, reconoce que “la Unión ha estado por debajo de las expectativas en la peor crisis financiera, económica y social de la posguerra”. El problema no es solo que se recetara austeridad cuando era necesario gasto. Ahora que se ha iniciado la recuperación, la desigualdad permanece o se acrecienta y no se ha vuelto ni al nivel de renta ni al nivel de empleo de hace 10 años. Y, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, los jóvenes pueden vivir peor que sus padres. Por eso dudan de la eficacia de la economía social de mercado.

El Informe España 2017 va en la misma dirección: la economía crece con fuerza y la moderación salarial contribuye a la creación de empleo. Pero Bruselas señala que el amplio uso de los contratos temporales no es bueno para la productividad y que el riesgo de pobreza para los que están contratados persiste. Los servicios públicos de empleo no funcionan bien y la ayuda a las familias es baja. La desigualdad amenaza la cohesión de la vida social.

Parece difícil deshacer el enredo: para crear empleo se desregula el mercado laboral y el trabajo de no pocos no les saca de la pobreza. La reactivación genera ingresos para corregir las desviaciones de déficit, pero no para más gasto social (la política tributaria deja mucho que desear). Las políticas expansivas son cosa del BCE. No hay ni capacidad ni voluntad reformadora para darle la vuelta a las políticas públicas. Es es el caso de la política de empleo que está paralizada por un estatalismo absolutamente ineficaz propio de los años 80 del pasado siglo (el dinero de la formación acaba siendo una subvención a sindicatos y organizaciones empresariales a los que se les exige poco a cambio).

Dice la Comisión que crece la desconfianza ante la economía social de mercado. No es de extrañar. Los europeos, en general, y los españoles en particular, quizás sin ser muy conscientes, se encuentran atrapados en unas categorías que van del viejo liberalismo al viejo estatalismo sin conflicto alguno. La crisis ha desmontado muchas cosas, pero curiosamente no parece haber descabalgado esa interpretación de la vida social y económica que va en contra de la experiencia de mucha gente, de la experiencia elemental que te impulsa a trabajar, a crear empresa, a emprender.

Aunque la crisis ha hecho saltar por los aires el “optimismo del fin de la historia”, aquel que nos hizo creer que más mercado y menos Estado nos llevaría al paraíso, los postulados de una economía que estaría impulsada por los intereses egoístas siguen intactos. El factor relacional o social se remite al deber ser. Y reclamamos de nuevo al Estado (o a la UE) que reinstaure no solo los controles y las políticas de contrapeso (necesarias) sino un orden imposible en la época de la globalización. Los viejos soberanos han muerto.

Quizás esta impotencia, en buena media, es consecuencia de una falta de capacidad crítica para reconocer lo que ya hay. España se ha mantenido en pie, durante los años más duros, por una disposición a la cooperación mutua en el mundo de la empresa y por una red de solidaridad social que no puede considerarse un factor marginal sino más bien el corazón de la energía necesaria con la que se ha recomenzado, en el sector lucrativo y en el no lucrativo. Las drásticas reducciones de salarios –más allá de los límites estrechos de la negociación colectiva- para salvar empresas, las redes de ayuda primaria (familiar y de entidades no lucrativas), el modo en el que se han puesto en marcha proyectos para la internacionalización, la búsqueda de nuevas formas de confianza mutua, la pervivencia de ciertas redes sociales y la creación de otras nuevas, la existencia de un capital social que resiste a la fuerte erosión quizás sean la mejor documentación de que no somos necesariamente lobos los unos para los otros. La última crisis ha puesto de manifiesto que en la lucha por el bienestar hay deseos de cooperación y de socialización que matizan y corrigen la inclinación hacia un egoísmo que cierta construcción considera la última regla.

Necesitamos, como europeos y como españoles, estima por nuestra experiencia de cooperación y de socialización. Esa experiencia no puede quedar como un recurso de emergencia. Estimarla significa convertirla en criterio para enfocar la lista larga de reformas pendientes: educación, políticas demográficas, sistema de pensiones, productividad, desarrollo de nuevos sectores, fomento de la investigación…

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