No tengáis miedo

Mundo · José Luis Restán
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11 marzo 2013
En estos días en que la sede de Roma está vacante, ha tomado la palabra otra antiquísima sede patriarcal, la de Babilonia de los Caldeos. En la martirizada ciudad de Bagdad era entronizado el nuevo Patriarca, Su Beatitud Louis Sako, quien al dirigirse a su menguado y sufrido pueblo ha retomado aquellas inolvidables palabras del beato Juan Pablo II: "No tengáis miedo". Hace falta valor para decir eso a la gente que sufre presión, violencia y chantaje cada día a causa de su fe. Hace falta una certeza inconmovible, la certeza de que la vida es de Otro, y ese Otro tiene la última palabra.

Quizás sea esa la palabra que estos días debe resonar en todo el campo de la Iglesia, pero no como eslogan combativo o como propósito moral. No tengáis miedo: porque el Señor está en la barca y aunque según nuestras pobres entendederas parezca dormido, Él nunca permite que se hunda. Y la verdad es que motivos no faltan para proclamar esta certeza. No faltan cuando se contempla el arco temporal del último siglo y vemos cómo a través de fatigas y dolores ha conducido a su Iglesia. Aunque es verdad que no lo ha hecho según las previsiones particulares de cada uno, según nuestros gustos y medidas. Como decía Benedicto XVI a los participantes en la procesión de antorchas conmemorativa de los 50 años del Concilio Vaticano II, "el fuego del Espíritu Santo, el fuego de Cristo no es un fuego devorador, destructivo; es un fuego silencioso, es una pequeña llama de bondad, de bondad y de verdad, que transforma, da luz y calor. Hemos visto que el Señor no nos olvida. También hoy con su modo humilde, el Señor está presente y da calor a los corazones, da vida, crea carismas de bondad y de caridad que iluminan el mundo y son para nosotros garantía de la bondad de Dios. Sí, Cristo vive, también hoy está con nosotros, y podemos ser felices también hoy, porque su bondad no se apaga; es fuerte también hoy". Realmente no nos faltan recursos ni organización, lo que nos falta, una vez más, es la fe.   

En la histórica homilía de beatificación de Juan Pablo II, Benedicto XVI ofreció la clave para interpretar la historia de los últimos cien años: "Aquella carga de esperanza que en cierta manera se le dio al marxismo y a la ideología del progreso, él la reivindicó legítimamente para el cristianismo, restituyéndole la fisonomía auténtica de la esperanza, de vivir en la historia con un espíritu de «adviento», con una existencia personal y comunitaria orientada a Cristo, plenitud del hombre y cumplimiento de su anhelo de justicia y de paz". En ese punto estamos. El Papa Ratzinger ha sostenido con singular inteligencia y pasión la reivindicación del cristianismo como respuesta a la espera de los hombres y mujeres de esta época. Quien quiera que sea el nuevo sucesor de Pedro, habrá de arar en ese surco.      

Esta tarde los cardenales entran en el Cónclave. Atrás queda una intensa semana de intercambios a campo abierto en las Congregaciones Generales. La palabra ha sonado fuerte en el aula y era la palabra del dolor y la esperanza del pueblo cristiano, porque los cardenales no tienen asuntos propios, tienen  sólo el gran asunto de cómo se vive y se propone la fe hoy, en las ciudades secularizadas, en las megapolis de Extremo Oriente, en la sabana africana o en los países dominados por el islam. Pensar que se han enzarzado más de la cuenta en la fontanería de la casa es hacer poco honor a este Colegio marcado por el color de la sangre. Como ha reconocido en su blog el cardenal Dolan, se han mencionado muchos nombres, pero el que se ha pronunciado más veces es el nombre de Jesús. Y dirigiéndose a sus fieles de Nueva York les ha pedido algo tan sencillo como esto: "¿Podréis pronunciar también vosotros Su nombre y pedirle que nos conceda su gracia y su misericordia? Gracias".       

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