No se puede depender de la política

España · Francisco Medina
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8 junio 2018
En un suspiro, prácticamente. El Gobierno de Rajoy cayó a ritmo de agenda digital. La sentencia del caso Gürtel, que había salpicado al Partido Popular, al mermar críticamente su escasa fuerza, activó el instinto del PSOE de robar el cielo vía moción de censura en claro acuerdo oculto con los partidos nacionalistas y Podemos. Y, finalmente, consummatum est. Nuevo Gobierno socialista, con mayoría de ministras. El PSOE ha logrado lo que parecía imposible sin unas elecciones. Rajoy ha dimitido y Aznar sigue removiendo las aguas.

En un suspiro, prácticamente. El Gobierno de Rajoy cayó a ritmo de agenda digital. La sentencia del caso Gürtel, que había salpicado al Partido Popular, al mermar críticamente su escasa fuerza, activó el instinto del PSOE de robar el cielo vía moción de censura en claro acuerdo oculto con los partidos nacionalistas y Podemos. Y, finalmente, consummatum est. Nuevo Gobierno socialista, con mayoría de ministras. El PSOE ha logrado lo que parecía imposible sin unas elecciones. Rajoy ha dimitido y Aznar sigue removiendo las aguas.

Jueves, 7 de marzo. Se publica en el Boletín Oficial del Estado el Real Decreto 355/2018, por el que se reestructuran los departamentos ministeriales, creando, nada más y nada menos, que 17 ministerios, a saber: Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación, con Josep Borrell; Justicia, con Dolores Delgado; Grande-Marlaska, en Interior; Margarita Robles, en Defensa; Reyes Maroto, en Industria; Màxim Huerta, en Cultura; Nadia Calviño, en Economía y Empresa; Pedro Duque, en Ciencia, Innovación y Universidad; Magdalena Valerio, en Trabajo, Migraciones y Seguridad Social; Meritxell Batet, en Política Territorial y Función Pública; Carmen Montón, en Sanidad, Consumo y Bienestar Social; Luis Planas, en Agricultura, Pesca y Alimentación; Teresa Ribera, en Transición Ecológica; José Luis Ábalos, en Fomento; María Jesús Montero, en Hacienda; Isabel Celaá, en Educación y Formación Profesional, siendo la portavoz del Gobierno; y Carmen Calvo como vicepresidenta del Gobierno y ministra de Igualdad y Relaciones con las Cortes. Muchos de ellos activamente significados en el apoyo a Sánchez tras el intento de coup d´estat contra Sánchez en 2016, que desbloqueó el intento de investidura de Mariano Rajoy en una segunda legislatura bastante tocada.

Desde luego, parecería toda una declaración de principios del perfil político-ideológico que Sánchez quiere dar a una legislatura que tiene todos los visos de ser provisional, aunque podría salir bien su jugada si consigue vender su producto: una España moderna, que hace posible la incorporación plena de la mujer a puestos de responsabilidad y reivindica al colectivo LGTBI –que no homosexual–, que vendría a revertir las “políticas nefastas neoliberales” del PP; y que abandera el diálogo con los nacionalismos –aunque el nombramiento de Borrell es todo un guiño dirigido a calmar a una UE desconcertada–. En este sentido, la mayoría de los ministrados –si se permite este pequeño golpe al diccionario– se ha significado claramente en este programa. Por ejemplo, en el ámbito de la Energía y el Medio Ambiente, Teresa Ribera abanderará, previsiblemente, la bandera de las renewables (energías renovables y el cierre de las nucleares), la abolición del impuesto al sol –cuya conformidad a Derecho fue declarada por el Tribunal Supremo recientemente– o el impulso a la sostenibilidad ambiental.

Toda una acrobacia de propósitos, claramente. El nuevo Gobierno sabe que no va a ser posible sacar ni la mitad de las medidas que propuso el PSOE en su programa electoral; sabe que no cuenta con el apoyo del PP tras los idus de junio; y que los nacionalistas van a tensar la cuerda hasta límites insospechados. Y aun así, se han embarcado en esta legislatura a lo grande… han creado ministerios políticos y, lo que es peor, van a reubicar y desubicar Secretarías de Estado enteras, con sus Direcciones Generales; Subsecretarías y Secretarías Generales Técnicas (los llamados servicios comunes en los Ministerios); van a remover del orden de unos 437 altos cargos para recompensar a quienes han sido defenestrados o han colaborado a nivel funcionarial.

He aquí el primer y garrafal error que cometen todos los partidos políticos que llegan al poder –hayan ganado elecciones generales o surjan de una moción de censura, como el PSOE de Pedro Sánchez–: pensar que por cambiar los órganos y unidades administrativas de sitio (en los próximos meses veremos, de entre quienes trabajamos en los ministerios, quién se va a tal o cual ministerio, y quién se queda) España irá a mejor. Que por hacer políticas desde arriba sin contar con la “gente-gente” todo cambiará; o que volver al reparto subvencional para captar votos, la sociedad será más justa.

Habrá que ver qué recorrido tiene este nuevo Gobierno; en todo caso, no hay mucho margen de maniobra para una reversión de las políticas del PP en su anterior legislatura, aprobadas por Bruselas, por mucho que cuente con el apoyo de Podemos. Además, el tema independentista catalán y la cuestión territorial siguen siendo un avispero que corre el riesgo de agravarse de nuevo y que urgen una respuesta cultural y el acuerdo con los populares y la formación naranja. En este sentido, cabe exigir al PSOE que, si va a abanderar el diálogo, no puede practicar políticas de cordón sanitario del PP o Ciudadanos; que, en la medida de lo posible, acuerde unas líneas de consenso que garanticen la convivencia y frene el expansionismo nacionalista: el Estado ha de estar presente de nuevo en País Vasco y Cataluña.

Quizá sea pedir demasiado. Esta operación de marketing político-ideológico, que incluye una ley de eutanasia, la ilegalización de la Fundación Francisco Franco, la denuncia de los Acuerdos Iglesia-Estado, la supresión de los conciertos educativos y sanitarios, no es obstáculo alguno para que cada uno de los que vamos a la oficina a trabajar, al ministerio, a la escuela o a la universidad (a enseñar o a estudiar) podamos tomar conciencia de nuestro papel en la construcción y articulación de una sociedad civil española que no existe aún, quizá porque esté ausente.

En este sentido, no podemos permitirnos el lujo de aquello que reprochamos a Rajoy y Sánchez: caer en lo fácil de la reacción y la defensa a ultranza de los valores. Hay que construir en nuestro trabajo. La reestructuración ministerial no nos ahorra esta tarea. No podemos depender de la política; tenemos que vivir.

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