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Mundo · José Andrés-Gallego
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12 diciembre 2014
El pasado miércoles, Francisco –el obispo de Roma– habló públicamente de las discusiones habidas en el reciente sínodo de obispos reunido en Roma. Se hablaba en él, ya saben, de la familia. Y el punto de partida fue un artículo del cardenal Kasper donde planteaba el asunto de si pueden comulgar los divorciados y vueltos a casar, sin anulación del primer matrimonio canónico. Luego resulta que ese era solo el aperitivo y que se habló de todo lo divino y lo humano.

El pasado miércoles, Francisco –el obispo de Roma– habló públicamente de las discusiones habidas en el reciente sínodo de obispos reunido en Roma. Se hablaba en él, ya saben, de la familia. Y el punto de partida fue un artículo del cardenal Kasper donde planteaba el asunto de si pueden comulgar los divorciados y vueltos a casar, sin anulación del primer matrimonio canónico. Luego resulta que ese era solo el aperitivo y que se habló de todo lo divino y lo humano. Tanto, que ha provocado un notabilísimo debate en varios países (entre los que no figura España). Esto último es sano (a mi juicio). Lo que a uno le importa es el resultado final, o sea lo que puede aplicar a su propia vida. Y eso lo dirá el obispo de Roma, que es quien manda. El propio Francisco lo dejó claro y todo el mundo puede leerlo en Internet: ´Los únicos documentos oficiales del Sínodo –dijo– son tres: la Relación final, el Mensaje a las familias y el discurso conclusivo del Papa´.

Lo dijo pero las discusiones continúan como si no lo hubiese dicho. Soy testigo de ello (y en relación precisamente con el sínodo de la familia). Y es que el problema de leer es el mismo que el de oír: una cosa es oír y otra escuchar. Y una cosa es leer de modo que uno entiende lo que desea entender y no lo que le intentan decir, y otra es leer para averiguar esto último. Eso ocurre con todo. Pero se ve en particular con los pareados que nos ofrecen personas como Francisco. El obispo de Roma puede insistir en que se trata de conjugar verdad y caridad al tratar de las cosas de familia. Pero sacar las consecuencias depende del lector. Uno asiste a lugares donde se defiende la caridad para decir seguidamente que la mejor manera de vivir la caridad es vivir la verdad y, a partir de ahí, todo es apelación a la verdad y a la doctrina como seguro de vida (además, eterna). Y uno echa de menos que alguien diga que, si la mejor manera de vivir la caridad es decir –caritativamente– la verdad, la manera mejor de ser veraces es vivir –verazmente– la caridad. Yo lo he recordado en alguna ocasión y me han acusado de sentimentalismo (venga Dios y lo vea).

Si uno va a otros lugares, oye que lo fundamental es la caridad y, seguidamente, se ciscan en los intolerantes que invocan la verdad como panacea. Las dos posturas no son exactamente simétricas, ya lo sé. Pero lo cierto es que, en ambas, habrá que dar un paso más (a mi entender) y concluir que caridad y verdad son lo mismo (´convertibles´ diría un filósofo rancio) y que el orden de los factores no altera el producto. Son lo mismo en quien nos crea (Dios) y lo son en nosotros en el momento en que somos creados. Les aseguro que es doctrina de la mejor (y, además, un dechado de caridad). Así que lo que procede es vivir de tal forma que uno esté permanentemente en el momento en que es creado.

Ya nos llamaba san Juan ´paidía´, que en griego quería decir ´niños de teta´. Cómo atar esa mosca por el rabo (digo lo de vivir continuamente en el momento en que uno nace) es asunto que tiene que averiguar personalmente cada uno. Sólo daré una pista, y es que se trata de algo previo al discernimiento entre el bien y el mal. Ahora apliquen esto último al sacrificio de Isaac (véase Wikipedia si es preciso) y a lo mejor se ponen en camino. No dejen de avisarme; me gustaría acompañarles, a ver si así lo logro. Porque una cosa es predicar y otra dar trigo.

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