No hay dos sin uno

Editorial · Fernando de Haro
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13 diciembre 2021
La semana pasada se celebró la gala de los Game Awards en Los Ángeles. Es desde hace años la gran noche mundial del video-juego que tiene ya más audiencia que la noche de los oscars.

Casi 100 millones de personas siguen la entrega de unos premios que distinguen a las mejores creaciones de entretenimiento digital. En esta ocasión el video-juego ganador ha sido It takes two (Se necesita a dos). En los video-juegos, como en las series de televisión, encontramos los relatos que moldean el presente. Por eso es llamativo que un juego con un argumento como el de It takes two haya sido el ganador. El reto consiste en superar una serie de pruebas para conseguir que una pareja que está a punto de divorciarse se vuelva a enamorar.

Sorprende que en la época en la que ningún vínculo es estable, se proponga como objetivo rescatar un matrimonio. Los jugadores deben salvar una familia y lo deben hacer junto a otros, el juego es cooperativo. En medio de la larga pandemia parece que se reclama el valor de vivir en comunidad, la fuerza de una antropología positiva que supera la negatividad sobre la condición humana que comparten liberalismo y estatalismo. Si exageramos hasta el ridículo lo sucedido la semana pasada en Los Ángeles, podríamos decir que en el mundo del video-juego triunfa “el comunitarismo”.

El comunitarismo, el movimiento que tomó fuerza en los Estados Unidos de los 80, siempre ha subrayado, a diferencia del liberalismo clásico, el valor de los vínculos recibidos por encima de los vínculos contractuales. Nunca ha sido un movimiento homogéneo pero los autores que suelen considerarse miembros de esta tendencia coinciden en subrayar la importancia de las relaciones comunitarias y de las entidades sociales que de ellas nacen. Sostienen que se ha sobrestimado el Estado y el mercado. Las comunidades sociales se han debilitado, pero siguen existiendo y dan fuerza a la convivencia común que no puede fundamentarse solo en reglas formales. Junto al valor de la comunidad, y de los “deseos socializantes”, estos autores insisten en la necesidad de un “refuerzo moral” para que no se debilite la democracia.

El sociólogo Amitai Etzioni es uno de los miembros más populares de esta corriente. Hace unos meses él mismo se ha vuelto a reivindicar como un “comunitarista” en un artículo sobre el Covid. Etzioni sostiene que los países menos comunitarios –como los Estados Unidos y el Reino Unido– son los que peor respuesta han dado a la pandemia. Muchos de sus ciudadanos, dominados por los sentimientos libertarios, no han sabido hacerse cargo de los demás y del bien común. Etzioni subraya como buen ejemplo Japón, un país donde el Gobierno ha jugado un papel muy secundario y ha habido una gran responsabilidad social. El sociólogo reconoce que Japón es uno de los países más individualistas de su entorno, pero el arraigo de valores como la cortesía o el sentido del deber han sido determinantes. Sería absolutamente injusto juzgar por un solo artículo, pero si al final parte del comunitarismo se limita a realizar un reclamo ético difícilmente puede ser de gran ayuda. Estamos en un mundo en el que hace tiempo que no solo se han diluido los fundamentos de casi todos los sistemas morales, es el propio sujeto que debe hacer el bien y evitar el mal el que se desdibuja.

Tampoco parece que una invocación genérica a la comunidad, al comienzo de esta década, sea suficiente. Sobre todo porque hemos visto cómo en los últimos años prolifera el desarrollo de comunidades con el propósito de alcanzar lo que el sociólogo español Manuel Castell llamaba “identidades de resistencia”. Son comunidades que, frente a la globalización y a la sensación de indefensión, buscan sentido en una actitud defensiva y de refugio. Son comunidades que creen encontrar un significado en el hecho de que sus miembros estén juntos, oponiéndose a un ambiente que se les ha vuelto hostil.

Hemos visto cómo han crecido en los últimos tiempos comunidades de todo tipo que, por inseguridad, pretenden alcanzar el paraíso mediante la “self-segregation” (la autosegregación). Autosegregación es un término habitual en Estados Unidos para explicar cómo se comportan algunas comunidades raciales. Pero puede extenderse a todo tipo de comunidades basadas, entre otras cosas, en un “filtro burbuja” (la expresión filter bubble la utilizó Eli Pariser para describir el aislamiento y la preselección de información con cierta tendencia).

La palabra comunidad, por desgracia, cada vez se utiliza más para definir identidades de resistencia. Identidades marcadas por la ilusión de confort en un mundo demasiado agresivo y por el olvido del protagonismo personal. Como decía recientemente González Sainz: “cuando nuestra sociedad pierde el culo por la palabra ‘identidad’, que se relaciona con ideología y con idolatría, se equivoca de medio a medio. La palabra fuerte es ‘relación’. Incluso relación con uno mismo”. Un buen comunitarista le daría la razón al escritor español. La comunidad es una quimera y una cárcel si no es fuente de relación con el mundo, si no se fundamenta en un yo en relación consigo mismo. Ciertamente se necesitan dos (It takes two), pero para que haya dos tiene que haber uno.

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