No hay atajos: es el tiempo del testimonio libre y personal

España · José Luis Restán
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5 abril 2011
De las muchas claves, aperturas y pistas que nos ha dejado el reciente Encuentromadrid 2011, me resulta especialmente significativa la que apuntó el filósofo Massimo Borghesi: hoy una posición auténticamente religiosa representa la verdadera crítica social y cultural, la palanca para romper el conformismo y abrir espacio a una novedad. Borghesi había retomado una afirmación de Don Luigi Giussani en un histórico coloquio con el dramaturgo Giovanni Testori, según la cual éste es el tiempo de la persona, del testimonio libre y personal.

En un tiempo marcado por la indiferencia, por el escepticismo y la caída de las grandes certezas, sólo un encuentro entre personas puede despertar lo humano, en medio del desierto. Sólo un hecho totalmente gratuito puede volver a despertar las grandes preguntas del hombre. Por eso Borghesi sostiene que el espejo en que la Iglesia tiene que mirarse ahora no es el de la época medieval sino el de la antigüedad, cuando la Iglesia vivía entre los paganos.

Según Borghesi, que ha buceado profundamente en el trasfondo cultural y educativo de este momento, no estamos ante un mundo ateo. El problema es que hace falta saber hablar al corazón de esta generación confusa, algo que con frecuencia no sabemos hacer los hombres de Iglesia. Hace falta un encuentro que suscite de nuevo la pregunta religiosa, la pregunta por el significado de la propia vida y del mundo. Pero evidentemente, no sirve cualquier tipo de encuentro. Se requiere un tipo de humanidad que acoja la condición de nuestros contemporáneos, que vibre con sus preguntas, que no se frene en sus ofuscaciones y rebeliones. Una presencia amigable que sea expresión de la Gracia. Porque como sostuvo provocadoramente el filósofo italiano, "la naturaleza sólo puede ser reconstruida por la Gracia".

Con frecuencia pensamos que será la inquietud irrefrenable de los hombres la que de un modo u otro les llevará hasta el puerto de la Iglesia. Pero ahora descubrimos que muchas veces tiene que ser al revés: sólo una presencia significativa de la fe (o sea de la inteligencia y el afecto suscitados por la fe) puede romper el cerco, puede romper el conformismo desesperado que caracteriza a tantos en esta época. Por eso Borghesi sostiene que el momento crítico para esta estación cultural es el momento religioso, el único capaz de hacer palanca y abrir brecha, mientras que la cerrazón frente al Misterio bloquea las energías del cambio cultural y social. ¡Quién lo iba a decir!, pueden musitar algunos posmodernos.     

Todo esto tiene consecuencias enormes para el modo en que los cristianos se hacen presentes en este momento histórico. No olvidemos que Benedicto XVI ha subrayado que esto es algo que debemos aprender continuamente de nuevo. Pero el juicio de Borghesi, al que cordialmente me adhiero, echa por tierra muchas estrategias pastorales y no pocos movimientos de choque contra el laicismo. Porque dejando aparte las buenas intenciones, no hacen cuentas con la cuestión de fondo: que el cambio no puede venir de la lucha político-social, de la dialéctica. Que no se trata simplemente de reavivar las brasas, sino de suscitar una novedad humana. Y que eso sólo acontecerá a través de un encuentro, a pecho descubierto, con una humanidad cambiada por la fe. Cualquier formación, plan o evento, que no conduzca a generar personalidades cristianas libres y llenas de razones, dispuestas a arriesgarse en medio del mundo, sólo servirá para aumentar nuestra melancolía.   

Era imposible no pensar, en el contexto de esta edición de Encuentromadrid, en la iniciativa del Atrio de los gentiles querida por el Papa y recientemente lanzada en París. Precisamente este fin de semana en la Casa de Campo madrileña, muchos no creyentes, indiferentes o simplemente alejados, han experimentado un abrazo inesperado. Un encuentro que no les juzga ni les impone fardos, sino que despierta su deseo de la verdadera vida y les pone delante no una perfecta torre de marfil, sino una aventura en la que sus deseos más profundos pueden encontrar una correspondencia presente. Han encontrado un lugar en el que la fe no ha sido para ellos trinchera sino abrazo. Y se han alegrado.

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