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No estamos condenados a los manuales de autoayuda (pelagianos)

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31 marzo 2013
Pascua. Junto a los judíos, los cristianos, son los "otros" ciudadanos del planeta que incluyen en su calendario esta celebración. ¿De qué se trata? No es fácil responder a esa pregunta, sobre todo en un contexto en el que el significado de la Pascua y la Resurrección se suele dar por supuesto. El nuevo Papa ha asegurado que lo que ha dicho y escrito su predecesor debe tomarse como una referencia continua. Podemos utilizarla en este caso.

"Una nueva dimensión de la realidad", la "última y suprema mutación", un "salto cualitativo radical", "un salto ontológico que afecta al ser como tal". Son cuatro expresiones que Benedicto XVI utiliza en su libro Jesús de Nazaret para responder a la pregunta. De esto es de lo que se trata cuando los cristianos hablan de la Pascua. Pero en seguida surge la siguiente pregunta: ¿en qué consiste esa mutación? La respuesta exhaustiva tiene muchas implicaciones. Pero el propio Benedicto XVI en ese volumen apunta a una de ellas: el hombre ya no está condenado a perseguir solo, con sus escasas energías, aquello a lo que aspira. El cristianismo afirma que Jesús ha resucitado de los muertos y que con su nuevo Cuerpo, la Iglesia, continúa presente en la historia. Los que se ha adhieren a Él no siguen "una moral de máximos" de un judío de hace 2.000 años, que habría sido un gran maestro de ética. Pueden ser contemporáneos de ese Misterio al que todo hombre aspira y que se ha convertido en un yo más íntimo que el propio yo gracias al bautismo.

Pero ojo porque la Pascua no es una cuestión "interna". La globalización ha difundido uno de los principios en los que se ha basado la cultura occidental de los últimos siglos: el destino del hombre está al alcance de su mano. Puede conquistarlo con disciplina y si sabe marcar bien los objetivos. Los manuales de autoayuda para conseguir la felicidad en la pareja y la plenitud existencial son la expresión más difundida de esta mentalidad. Pero los más avisados saben que ese noble esfuerzo está condenado al fracaso. La Resurrección se presenta como la respuesta a lo que, de un modo intuitivo, buscan los lectores de esos manuales. El destino no depende de una buena organización o de la fuerza de voluntad.

Así que la cuestión es sencilla y al mismo tiempo fascinante. O lo era hasta que una parte importante del cristianismo dejó de ser cristiana. También en el catolicismo. Lo ha recordado con claridad meridiana el Papa Francisco esta Semana Santa y, para ello, ha recurrido a una vieja herejía del siglo V con la que se las tuvo que ver San Agustín. "Los cursos de autoayuda en la vida pueden ser útiles, pero vivir nuestra vida sacerdotal pasando de un curso a otro, de método en método, lleva a hacernos pelagianos, a minimizar el poder de la gracia", ha dicho el Papa Francisco. Un aviso especialmente relevante para un catolicismo como el español, especialmente tentado por el moralismo.

¿Por qué el Papa Francisco se ha referido al pelagianismo? Las grandes controversias dogmáticas de los primeros siglos de la Iglesia no son arqueología. En esos tiempos se debatieron cuestiones esenciales sobre la vida del hombre y sobre el valor de la libertad que explican todavía nuestra vida cotidiana. No hace mucho, ///http://www.nytimes.com/2013/03/15/opinion/brooks-how-movements-recover.html?hp&_r=3&///David Brooks utilizaba en su columna de New York Times/// la herejía del donatismo para dar claves sobre la actualidad.

¿Qué fue (es) el pelagianismo? "Este es el oculto veneno de vuestro error, que pretendéis que la gracia de Cristo consista en su ejemplo y no en el don de su persona", explica San Agustín. Un cristianismo sin Cristo, sin Resurrección. El hombre con su esfuerzo estaría condenado a seguir a un Jesús que no está presente. En lugar de esa fascinante novedad que supone en la verdadera experiencia cristiana el entretejerse misterioso de gracia y libertad, sólo la voluntad. Como si no se hubiera producido mutación alguna.

En una entrevista de aquel gran semanario italiano que fue Il Sabato, en el año 90, Ratzinger aseguraba que el debate de Agustín con Pelagio se producía en un contexto "en un cierto modo parangonable" al actual. "Vivimos -decía- en un mundo paganizante, racionalista, en el que el Misterio es difícilmente accesible. Es un mundo, el nuestro, que puede aceptar la necesidad de normas morales, pero que no comprende que hay Uno que puede perdonar y reconstruir la plenitud de nuestra vida. Abrir el horizonte del Misterio significa también reconstruir las evidencias humanas perdidas. Esta es la gran misión de la Iglesia hoy, que no se puede llevar a cabo sin un testimonio vivido. Gracias a la vida realizada puede ser visible la dimensión del Misterio, del perdón, de la cristología. Si nos mantenemos en un nivel puramente intelectual, como es la gran tentación en un mundo intelectualizado en el que falta la experiencia de la fe, entonces es normal convertirse en un pelagiano". Pero no, gracias al cielo, no estamos condenados a los manuales de autoyuda. No estamos solos con nuestras solas fuerzas.

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