`No es lo que parece`

España · Francisco Pou
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29 septiembre 2015
Están calcinados. Políticamente poco pueden aportar ya Artur Mas y Mariano Rajoy a la “cuestión catalana”. Aquí van dos “perlas” de declaración: “si para modificar una ley exigimos dos tercios de los votos del Parlament, ¿cómo no vamos a pedirlos en un referéndum de este tipo?”. Era ni más ni menos que Artur Mas en 2007. 

Están calcinados. Políticamente poco pueden aportar ya Artur Mas y Mariano Rajoy a la “cuestión catalana”. Aquí van dos “perlas” de declaración: “si para modificar una ley exigimos dos tercios de los votos del Parlament, ¿cómo no vamos a pedirlos en un referéndum de este tipo?”. Era ni más ni menos que Artur Mas en 2007. Hoy, imputado por su fraude de referéndum de noviembre pasado, que la mayoría de los votantes prefirió ignorar, pide “responsabilidad y sentido del deber” para ser investido de nuevo President… con menos de la mitad de votantes por partidos independentistas y sin tener capacidad de lograr mayoría parlamentaria simple en unas elecciones al Parlament.

La otra “perla” es muda: Mariano Rajoy no se mueve. Tras eliminar prácticamente al PPC del mapa político catalán, por no convencer, no ha convencido ni a los suyos que han visto gestos tan torpes como el de enviar como interlocutor a un ministro de Asuntos Exteriores a debatir en TV con un número 3 de lista sobre un tema que se suponía “intocable”, el supuesto plebiscito y la supuesta consecuencia en la independencia de Cataluña. No vio capaz de hacerlo a nadie de los suyos en Cataluña.

El 28-S

Ha llegado “el día después” y todo va a ser como el día antes; una pesadilla en bucle, un “día de la marmota”. La independencia es una demanda infinita donde nadie, absolutamente nadie, sabe qué se pediría al día siguiente de conseguirla. Hablando con un entusiasta independentista sobre qué pasaría si la consiguen, su expresión de decepción lo decía todo: no se puede acabar.

No se puede acabar un juego tan apasionante, en el que se citan para eventos todos “históricos” llenos de colorido, ilusión y, sobre todo, promesas de un mundo libre, feliz, más repleto de bienestar que un anuncio de yogur. La peor noticia sería despertar a la realidad en este autogobierno que es ya el más autónomo en Europa y donde temas como la sanidad o la educación constituyen ya una emergencia de la que nadie quiere responder siendo suyos ya, ahora.

30 años de cultivo

Mariano Rajoy cosecha la siembra de 30 años de un PP que ha ignorado el problema catalán, y lo ha utilizado para negociar y ceder a cambio de más poder en Madrid, mientras los nacionalistas escribían una Historia que se ha narrado ya a dos generaciones crecidas en Cataluña con un prejuicio hacia el mundo exterior. Ahora se descubre en Madrid, ya fuera de juego, que “nacionalismo excluyente” era un pleonasmo. Y sólo quedan, para narrar, simplistas historias de terror de la abuelita sobre la letal vida fuera de España. Nadie ha seducido con ilusión por la convivencia, probablemente porque en la cultura tecnócrata del PP, un país o una nación son conceptos contables que tienen que “ver bien en Alemania”.

Queda un partido que es ya protagonista, Ciutadans de Albert Rivera, joven y apenas sin estrenar, que emergen triplicados casi, con ideología laicista de enciclopedistas ilustrados. Ha provocado siempre, señalado siempre la desnudez del Rey del cuento. Ahora protagonizan el centro constitucionalista que votaba antes PSC y PP que busca todavía “rebelarse”. Y se esfuma la democracia cristiana de Unió, que no ha conseguido ningún diputado. Igual que el PP, han convivido con 30 años de corrupción y salen con prisas ahora de la habitación diciendo que “no es lo que parece”. Pocos lo han comprado.

La decisión estará en la bisagra de la CUP, marxista-nacionalista, primos hermanos de Bildu.

En España tenemos un problema que todavía algunos quieren confiar a la Guardia Civil. “Es la Historia, estúpido”, que se tiene que reescribir. Llegamos dos generaciones tarde. Pero nos espera un milenio entero, un desafío a la creatividad, al realismo y a la humanidad. A quien lo tenga para proponer.

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