Néstor Kirchner, o el poder que mata

Mundo · Horacio Morel, Buenos Aires
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28 octubre 2010
Hace apenas unas pocas horas murió Néstor Kirchner. La noticia tomó por sorpresa a los argentinos, en un día iniciado con la pereza típica de un festivo, en este caso, por de la celebración del censo nacional de población. Sus problemas de salud recientes y no tan recientes daban cuenta de una patología coronaria de importancia.

Desde que abandonó la presidencia de la nación, pasándole el mando en 2007 a su esposa -quien así se convirtió en la primera mujer en acceder a la Casa Rosada elegida por el pueblo- no se retiró de la escena política sino que por el contrario continuó siendo el gran dominador de la misma, ejerciendo un claro e incuestionable liderazgo de su espacio y volviéndose en el principal sostén del poder formal en manos de su mujer. Asumió como diputado nacional, relanzó su carrera en ámbitos internacionales al conseguir ser elegido como secretario general de UNASUR y era el arquitecto de cada operación política ejecutada desde el Gobierno, en un nivel de capilaridad extremo que lo ponía en línea directa tanto con la mayoría de los presidentes latinoamericanos como con empresarios, sindicalistas, gobernadores, intendentes, políticos y líderes sociales de cada rincón argentino.

Desoyendo -o al menos "negociando"- los consejos médicos que le imponían un mayor cuidado de su salud y una cotidianeidad más reposada, tras cada episodio vascular volvió al ruedo con mayor energía, alimentando con gula ese estilo tan confrontativo que tan mal le ha hecho al país en los últimos años, expresión del credo maniqueo que en materia política profesaba. Tras su última intervención quirúrgica, hace apenas un mes, no tardó siquiera tres días en aparecer en público liderando un acto político, y cuentan que hasta jugó al fútbol en la quinta presidencial con el teléfono celular en la mano, obligando a detener el juego cada vez que decidía atender una llamada. Si tomáramos la muerte de Kirchner como una suerte de test cívico, es lamentable verificar que el solo hecho de la muerte de un hombre pueda poner al borde del abismo de la impredecibilidad a una nación entera. La Argentina sufre de una precariedad crónica por la que las instituciones y la economía siempre gozan de una salud provisoria.

Evidentemente, la ausencia de Kirchner provoca una alteración inesperada del escenario político argentino, no sólo en lo inmediato, sino también de cara a las elecciones presidenciales del año próximo. Néstor Kirchner hubiera sido naturalmente el candidato del oficialismo, o en su defecto su esposa Cristina, la actual presidenta. Pero no se trata únicamente de candidaturas. La cuestión es si muerto Kirchner, aún siendo Cristina la primera mandataria en ejercicio, el kirchnerismo perdurará. Nadie puede discutir que Cristina no es Isabel Perón: tiene carrera, carácter, experiencia y peso específico político propio. Pero tampoco es Evita, así como Kirchner no era Perón. Como proyecto y espacio político, el kirchnerismo muere con Néstor Kirchner. Lo que vendrá ahora, de una manera más precipitada que lo esperado, es un reacomodamiento de fuerzas internas peronistas.

La contienda electoral del año próximo, nuevamente, proponía una especie de interna justicialista abierta a toda la sociedad, como ocurrió en las últimas dos elecciones presidenciales (en 2003, el hoy fallecido Kirchner se enfrentó a Menem y en 2007, Cristina al resto del peronismo dividido entre Lavagna y Rodríguez Saa). Desaparecido Néstor Kirchner, la reedición de una interna abierta dependerá de si Cristina se sostiene o es sostenida por quien puede asegurarle base suficiente: el sindicalismo peronista, o sea, Hugo Moyano, personaje electoralmente impresentable, definitivamente no potable para la sociedad argentina, pero que en alianza con Néstor Kirchner ha acumulado un poder impresionante que transciende el mero ámbito sindical para proyectarse a la política partidaria, los intereses empresarios de todo tipo y el negocio del fútbol. Poder que por ahora no se resquebraja ni siquiera con las sospechas judiciales que sobre él sobrevuelan en relación al tráfico de medicamentos ilegales o sus vínculos con el submundo de los violentos que emparentan sindicatos con hinchadas de clubes, que la semana pasada asesinó a un militante de izquierda de apenas 23 años. En este punto, existe un elemento de tipo cultural que jugará un papel no menor, y es el machismo. ¿Darán su apoyo los popes sindicales a una mujer? Y si no es a Cristina, ¿a quién?

En política, los espacios vacíos se ocupan, no importa la causa de la vacante. Lo ha demostrado el propio Moyano, que no perdió tiempo en hacerse de la conducción del peronismo de la provincia de Buenos Aires, principal distrito electoral del país, cuando su titular -Balestrini- sufrió un accidente cerebrovascular que lo mantiene en estado vegetativo hace ya meses. Pero, insisto, todo parece indicar que sin Kirchner no hay kirchnerismo, y el peronismo tendrá la ocasión de barajar y dar de nuevo: para eso, experiencia le sobra, como si existiera un antiguo mandato por el cual cada uno, con mayor o menor paciencia, espera su turno. Y en este contexto es que aparece la figura del actual gobernador de Buenos Aires, Daniel Scioli, resistida hasta ayer tanto por kirchneristas como por antikirchneristas, pero que goza de buena imagen en la sociedad, especialmente en aquellos sectores más reacios al peronismo. Un hombre que supo estar con Menem, con Duhalde y con Kirchner, un "todo servicio" siempre disponible aunque también inteligente y de modales sobrios. A la vista, el único capaz de encolumnar detrás suyo, aunque necesariamente con un poder hipotecado, a las dos facciones en que hoy se divide el justicialismo. En estas horas, los dirigentes peronistas con mayor sentido de supervivencia deben estar urdiendo desde sus celulares el proyecto "Scioli presidente". Aunque ello suponga postergar, una vez más, el debate y la revisión que el peronismo se debe a sí mismo y a la sociedad argentina.

Hace pocos días, entrevistado tras recibir el Premio Nobel de Literatura, el liberal Vargas Llosa opinó que la Argentina es un "país indescifrable" y el peronismo "su gran error". Ningún peronista recogió el guante para responderle, excepto De Narváez, quien dijo que era el momento de hacer una profunda autocrítica del peronismo. Si el propio justicialismo no lo hace, se perjudica la sociedad argentina en su conjunto, porque -en todo caso, y aun sin darle la razón al peruano- la Argentina no se entiende si no se entiende el peronismo, fenómeno político bisagra de la historia nacional, con independencia de que de ello nazca un juicio negativo o positivo. Quienes renuncian a comprender el peronismo, prefiriendo permanecer en la reacción epidérmica que pueda provocar, jamás entenderán el poder transformador que tuvo integrando a la vida social y política a una interminable clase silenciosa y sin derechos. Tampoco tendrán la necesaria aproximación para descifrar adecuadamente el origen de sus contradicciones, sus defectos y pecados.

Quien ayer murió ha sido un líder político que ha despertado adhesiones y rechazos por igual. Hay presidentes que pasan a la historia, para bien y para mal. Otros quedan intrascendentes. Néstor Kirchner no integrará este último lote, porque su irrupción en el gran escenario nacional marcará seguramente una época, una de las más difíciles que ha tenido que afrontar la Argentina, cuando la disolución y el abismo institucional era todo el horizonte a la vista.

Es probable que la miopía humana lleve a un incomprensible festejo a quienes lo odiaban y a una acrítica exaltación a quienes lo admiraban: será una manifestación más del antagonismo que Kirchner supo sembrar entre los argentinos y otra prueba de hasta qué punto puede llegar la torpeza de la gente.

Del mismo modo, la mera especulación política es siempre insuficiente para juzgar la historia de un hombre público, juicio que -por respeto- deberá aguardar un cierto y prudencial tiempo. En todo caso, sano sería que un hecho inesperado y trascendente como éste llevara a los argentinos a pensar en el sentido de la vida, de la muerte y del poder, el poder que mata.

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