Navidad en México

Mundo · Laura Juárez
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3 enero 2011
Ha terminado un año sangriento. La imagen de México en el extranjero continuó deteriorándose, así como el ánimo general. Sólo en 2010, las cifras hablan de 12.000 asesinatos atribuidos al crimen organizado. Se ha destapado como nunca una violencia que se hallaba latente y en la que participan, de una u otra manera, amplios sectores de la sociedad. Por otro lado, la recuperación económica ha sido lenta y no se ha avanzado significativamente en reformas sustantivas.

A nivel de discurso, hay voces pesimistas que ponen el acento exclusivamente en estos problemas, algunas de ellas para abonar desde ahora el terreno para la contienda presidencial de 2012. De cualquier modo, reflejan en parte la baja de ánimo general. En una reciente encuesta de El Universal, el porcentaje de entrevistados que creen que el país va por va por un mal o muy mal camino pasó del 36% en febrero al 48% en noviembre pasado.

Hay también otros que, desde diferentes tribunas, nos recuerdan que no somos el mismo país de hace 15 años, que hemos tenido algunos logros, que vamos caminando, poco a poco, aún con pesados lastres económicos, sociales y culturales, y que queda todavía mucho por hacer. Personalmente, coincido con esta segunda posición. De hecho, además de la evidencia que la sustenta, en la misma encuesta hay briznas de mejora, al menos en lo económico: el porcentaje que piensa que la situación económica del próximo año será mejor o mucho mejor pasó de 24 a 33 por ciento entre febrero y noviembre de este año, y aquellos que piensan que su situación económica mejoró con respecto al año pasado pasaron de 14 a 25 por ciento.

Nuestra circunstancia actual necesita sin duda de análisis, propuestas, planes y proyectos. Sin embargo, es todavía más urgente reconocer que lo que hemos construido y lo que podemos construir todavía no es ante todo fruto de procesos necesarios, de la ingeniería social de los expertos o de tendencias ajenas a lo que sucede en cada uno de nosotros, en nuestras familias y en nuestras comunidades. De hecho, es en estos lugares en donde se cuida, se educa a cada persona; donde se forja una identidad diferente, una cultura: un modo de comer, de celebrar, de perdonar, de trabajar y de implicarse en los problemas comunes. Entonces, ¿qué nos permite a cada uno permanecer en nuestro puesto y construir con esperanza, con la certeza de que nada es inútil?

La Navidad que celebramos es el acontecimiento de Dios que ha entrado en la historia, en la pobreza de nuestros esfuerzos, en la mezquindad que nos domina, para salvarlo todo mediante el amor, mediante una Presencia que permanece y que es más grande que la violencia y la corrupción, que nuestra propia desilusión y cansancio. El anuncio de este Hecho nos ha alcanzado, es parte ineludible de nuestra historia, donde podemos ver su riqueza cultural y sus obras. Y continúa presente hoy, por muy sombría que sea nuestra circunstancia, mostrando su potencia en medio de nuestra fragilidad.

Celebremos y dejemos que nos toque en lo más íntimo de nuestras preguntas y del dolor por la violencia, miedo e incertidumbre que vivimos para verificar su capacidad de alegrarnos y cambiarnos, de hacernos florecer. Y entonces nos daremos cuenta de que es indispensable, para cada uno de nosotros y para el bien de nuestro país, que podamos vivir este Hecho libremente, expresarlo, educar y educarnos continuamente en él, compartirlo con otros en la familia, en la escuela, en la empresa, en la universidad, en la prensa y en la política. Y también dejaremos de esperar todo de nuestros políticos e intelectuales, que desdeñan este Hecho en aras de un pragmatismo que está a punto de agotarse, que luchan ferozmente para extirparlo o que lo utilizan como discurso ético y político en esta temporada navideña, y empezaremos a sorprenderlos, a moverles el tapete y a exigirles que hagan bien su trabajo ¡Feliz Navidad!

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