Navidad, el pesebre de paja

Cultura · Ángel Satué
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28 diciembre 2021
La última parte de cualquier libro es como una perita en dulce. Me gusta saborear en el silencio, cuando se puede, las palabras, la escena, el diálogo. Es una actitud reverencial.

El silencio es un exvoto hecho a la divinidad de la lectura. Marco y ofrenda. Pura devotio del discípulo, que busca comprender el final de la historia, llegar al culmen y a la verificación de las hipótesis originales que se han ido conformando a medida que avanzaba la lectura, en un tránsito iniciático y transformador, en función de la historia, la moraleja y tantas cosas.

Los personajes se han ido sucediendo página tras página, sea ésta digital o de papel. Es, la lectura, una experiencia que perteneció a unos pocos ilustrados, y que la imprenta logró extender, Biblia mediante, al resto de la humanidad. Desde las tablillas de barro, allá por la antigua Sumeria, de donde todo viene, con la narración de sus listas de reyes y la epopeya de su rey Gilgamesh, hasta las últimas novelas de nuestros tiempos, que esperan a su lector, como esperan en el barrio rojo de Ámsterdam las pobres mujeres (hombres, o…), a los aún más pobres hombres (mujeres, o…).

Llevamos 5.500 poniendo por escrito las mismas historias que responden a la misma antropología humana. Del deseo de felicidad al de poder. Del anhelo de riquezas a las pasiones de la carne. De la guerra de la amistad al amor a la guerra. De imperios y conquistas, derrotas y hecatombes. Sin embargo, surge siempre, como en algún momento de la lectura, una necesidad, la de que la historia se cierre, y que finalice con un sentido. Al menos, con cierto sentido. Una exigencia que se corresponde con la de nuestra propia vida.

El 25 de diciembre celebramos los cristianos el final de una historia en la concreción de una nueva alianza con los hombres, pero también es el inicio de una historia de la humanidad.

Sentimos, por los acontecimientos que vivimos, como, por ejemplo, esta pandemia de una sociedad global, interconectada, altanera y de Babel, dependiente del like y el me gusta de las redes sociales, que la historia se acelera hacia un final que, sin duda, escapa a nuestras certezas.

Vemos incierto el futuro, hostil a nuestro deseo de felicidad, libertad y prosperidad. Surge entonces esa pregunta de quién es el hombre para que se acuerde Dios de él, de mí, de ti. ¿Quiénes son los pastores para que el ángel se le aparezca? ¿Quién es el Niño que nace en Belén, en un pesebre, envuelto en la paja, que es lo que comen los animales, como el buey y la mula? ¿Acaso son el buey y la mula la humanidad alimentándose de ese pan de trigo que es ese Niño, en espera de una transformación (BXVI)? Un niño que, envuelto en pañales, es simplemente la imagen de un hombre colgado en la cruz 33 años más tarde.

Es el momento de saborear, como el final del libro, cualquier libro, esa escena que nos deja cada 24 de diciembre por la noche. Es el momento de conectar en el aquí, y el ahora, en el presente, con la certeza de que nuestra mirada en la Belleza, el futuro se acaba por construir de una manera inimaginada. Somos trasformados. ¿Quién construye el futuro? ¿Quién construye mi futuro? Por increíble que parezca, ese Niño. Proyectarnos a la historia venidera nunca será fácil. No entenderemos la razón por la cual el Misterio se hace carne. Nunca entenderemos del todo la razón por la cual asume la humanidad. Nunca entenderemos la razón por la cual el Misterio muere en la cruz, pero el Misterio nos llama a saborear esa imagen, y a saborear cada segundo nuestra vida porque si hay una novedad que entra en el mundo en esa región, que existe, que es Belén, es la novedad del aire fresco en nuestras vidas, que nos transforma. Me transforma.

Entonces, los acontecimientos de la propia vida se pueden mirar en una clave distinta, buscando el calor de la mirada de ese Niño, pues el Niño da ese calor a las bestias (no al revés). Cada novela que termina y cada historia que comienza. ¡Qué alegría cuando el Misterio nos abraza, cuando uno acoge ese destino! Alegría cuando uno asume que es coautor de la historia, no solo personaje.

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