Meeting 2016

«Nadie huye del amor»

España · Isabella Alberto
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22 julio 2016
Apasionado del fútbol, cuando jugaba su equipo, el Atlético Mineiro, siempre se ponía al cuello una bufanda del club. «Da suerte», decía. José de Jesús estaba acostumbrado a ver los partidos con los tres hijos de Marlene en su casa de Itaúna (Minhas Gerais, Brasil). En 2011, poco antes de morir, a los 57 años de edad, la vida de José era una fiesta continua: era una manera de mostrar su gratitud por todo el bien recibido, y por poder al fin ser un hombre libre, después de muchos años en prisión.

Apasionado del fútbol, cuando jugaba su equipo, el Atlético Mineiro, siempre se ponía al cuello una bufanda del club. «Da suerte», decía. José de Jesús estaba acostumbrado a ver los partidos con los tres hijos de Marlene en su casa de Itaúna (Minhas Gerais, Brasil). En 2011, poco antes de morir, a los 57 años de edad, la vida de José era una fiesta continua: era una manera de mostrar su gratitud por todo el bien recibido, y por poder al fin ser un hombre libre, después de muchos años en prisión.

Nació en Nova Lima, una ciudad cercana a Belo Horizonte. José de Jesús se crio en una familia de nueve hermanos. Doña Mercês, su madre, sacó adelante a sus hijos ella sola después de quedar viuda. Su casa era muy humilde, pero José no quiso acostumbrarse a esa vida. Siendo adolescente empezó a robar y a cometer delitos. La policía se presentó en su casa muchas veces para arrestarlo, lo que suponía para su madre un dolor enorme. Un día José se escapó de casa y todos terminaron pensando que habría muerto. Vivió en la calle, cometiendo delitos en varias ciudades del estado. Su vida era una búsqueda, pero vivía en el vacío.

Frecuentaba malas compañías y le detuvieron muchas veces. Aun así, se escapó muchas veces, gracias a su corpulencia, pues era muy alto y robusto. La policía de la región le conocía bien. Después del enésimo delito, le condenaron a 27 años de cárcel. Parecía que ya no había esperanza para él. En las cárceles comunes vivía como un animal, apiñado con decenas de hombres en la misma celda, comiendo mal, y sin ninguna perspectiva de cambio.

Por aquel entonces, llegó a Itaúna, la ciudad donde José estaba preso, Valdeci Ferreira, un abogado y teólogo que por vocación había decidido dedicarse a los presos, uniendo su profesión a su condición de «siervo de Dios». Valdeci visitó la cárcel. Las condiciones en que vivían los presos eran inhumanas y las celdas estaban ocupadas en exceso. Decidió buscar soluciones alternativas, realizó estudios e investigaciones sobre reinserción de presos, y descubrió el método Apac gracias al libro “Meu Cristo Chorou no Cárcere” (´Cristo lloró en la cárcel´). Consiguió el teléfono de su autor, Mário Ottoboni, y se dirigió a la ciudad de São José dos Campos (São Paulo) para conocerlo en persona. Volvió con la certeza de que siempre era posible recuperar a una persona. Así que con quince amigos fundó Apac Itaúna en 1997, rompiendo las barreras del prejuicio y ganándose la confianza de las autoridades locales.

Valdeci presentó a los presos su nueva propuesta, con sus férreas reglas, y durante una de estas visitas conoció a José. Su lista de antecedentes era larga, pero Valdeci estaba seguro de que para él el método Apac sería decisivo. Y José aceptó. En el año 2000 consiguió el permiso. A partir de ese año las cosas empezaron a cambiar.

Nada más llegar, a José le empezaron a llamar por su nombre, le quitaron las esposas y le dieron ropa nueva. En Apac no hay uniformes ni números identificativos, no se trata a la gente como presos sino como personas que pueden recuperarse. La disciplina es rígida: se levantan a las seis de la mañana, se hacen la cama y ordenan la celda. A las siete se reza y a las 7.30 se toma el café. De 8 a 17 horas se trabaja. Durante sus primeros años en Apac, José se dedicó a trabajos manuales como todos los recién llegados. La artesanía ayuda reflexionar sobre los errores, con la asistencia de voluntarios que realizan un trabajo psicológico y espiritual ayudando a los presos a comprender su dignidad y su valor. Valdeci le apoyó tanto que José se refería a él como «el padre que nunca tuve».

Era analfabeto, así que le mandaron a la escuela nocturna, donde recibió una atención que nunca había imaginado, con profesores que le repetían las cosas todas las veces que era necesario, y que se alegraban por cada una de sus conquistas. Le tomó gusto al estudio y se diplomó en mecánica. Se convirtió en un ejemplo en Apac. En solo dos años se ganó la confianza del equipo, hasta el punto de que llegaron a encargarle las llaves de la prisión. A un periodista que le preguntó por qué nunca había intentado huir, José le respondió: «Nadie huye del amor». Ahora esta frase está pintada en las paredes de Apac Itaúna y de otras sedes.

José vio aquel amor en la paternidad de Valdeci y en la acogida de los voluntarios, que nunca le preguntaron por los crímenes que había cometido para estar allí. En aquellos pequeños gestos cotidianos, del trabajo en la cocina a la limpieza de la celda, José recuperó la alegría de vivir. En 2003 le eligieron para representar a la asociación en Brasilia, durante una entrega de premios a instituciones benéficas en el programa Solidário. Recogió el premio de manos del ex presidente Lula.

El chófer de la unidad, Euler Moraes, se hizo muy amigo de José. Vivieron juntos muchos años. Él fue quien le ayudó a buscar a su familia después de 17 años sin saber nada de ellos. Encontraron a doña Mercês en Cachoeira do Campo, y ella se puso muy contenta al reencontrarse con su hijo en buenas condiciones. José soñaba con poder llevársela a vivir con él. En aquellos años, de una expresión dura y sufriente nació una sonrisa. Trabajando y estudiando, estaba descubriendo su lugar en la sociedad. Cuando consiguió el régimen de semi-libertad, José conoció a Marlene, una voluntaria que llegó a Apac pidiendo ayuda para uno de sus tres hijos, que tenía problemas con las drogas. José se enamoró de ella casi instantáneamente. «Empezamos a vernos y después de unos meses me preguntó si podría aceptarle a pesar de su pasado», cuenta Marlene: «Me dijo que para él lo más importante era el presente y el futuro. Entonces le dije que sí, y cuando salió de la cárcel vino a vivir a mi casa. Fue un padre excelente para mis hijos. Decía que en Apac había recibido tanto afecto que quería dárselo a los demás, sobre todo a aquellos jóvenes. Con la ayuda de Dios, José les guio con su ejemplo y su amor, y les ayudó a cambiar de vida».

Durante sus últimos años en Apac, José podía pasar la jornada laboral fuera de la cárcel y volver solo para dormir. Terminó de cumplir su pena después de once años, reduciendo su duración gracias a una ley por la que tres días de trabajo equivalen a un día menos de prisión. Pero solo pudo gozar de unos meses de libertad antes del accidente que le llevó a la muerte.

Al salir en libertad, decidió seguir trabajando para la asociación. No tenía grandes ambiciones y se dedicó a sus amigos y a la familia que estaba construyendo con Marlene. Siguió yendo a la iglesia: «Dios está antes que todo lo demás», decía. A veces incluso tarareaba los cantos que se le habían grabado en la mente después de las celebraciones. Nunca se cansó de representar a Apac ni de testimoniar la riqueza de un método que para él fue un punto de inflexión en su vida. Seguro que ahora diría que la experiencia vivida en Apac es la concreción de la propuesta del Papa Francisco con el Año de la Misericordia: «Dios es presentado siempre lleno de alegría, sobre todo cuando perdona (…) porque la misericordia se muestra como la fuerza que todo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón».

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