Nadie está obligado a quedarse fuera

Mundo · José Luis Restán
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17 julio 2008
En la media tarde imponente, bellísima, de la bahía de Sydney, ante medio millón de jóvenes llegados de todos los confines de la tierra, Benedicto XVI ha continuado el diálogo iniciado hace más de dos mil años por Jesús con el corazón de los hombres. Les ha mostrado la dimensión infinita de su espera, de su deseo de felicidad, de justicia y de belleza... su verdadera vocación. Y a continuación les ha invitado a contemplar sus heridas, las personales y las sociales, ese cúmulo de frustraciones que tantas veces desemboca en el escepticismo: sí, deseábamos otra cosa, pero ha sido imposible, quizás era sólo un sueño.

Así, en el umbral de la Iglesia, esa casa encendida en cuya mesa humea el pan caliente, Pedro se ha dirigido al gentío, o mejor, a todos y cada uno, para decirles que hay un sitio preparado para ellos, que ninguno, sea cual sea su historia personal, su daño escondido y sus traiciones, tiene por qué quedarse fuera. Ante una multitud de toda lengua, raza y nación, Benedicto XVI ha desplegado la historia que continúa: esa historia que comenzó con la encarnación de Jesús, que dio forma a la primera comunidad cristiana y que se ha prolongado en el tiempo a través de gentes como aquellos navegantes que abandonaron sus países para llegar a las costas de Australia. Una historia de fe que construye, que teje convivencia y diálogo, que levanta escuelas y hospitales, que siembra esperanza aun en medio de penalidades y fracasos.

No es la historia de los perfectos, de los que están moralmente en orden, sino la historia de los que han sido cautivados por Jesús, de los que han sido curados por su abrazo y así han aprendido a caminar juntos en medio de un mundo tantas veces dividido. Es la historia de gente que ha sido fiel a su propio deseo, a su corazón sediento, que no ha cedido a la mentira de quienes predican que la vida es un puro azar, una carrera para exprimir el máximo de placer mientras el cuerpo aguante, sino la búsqueda de la verdad, del bien y de la belleza. De esa búsqueda ha querido hablar el Papa a sus jóvenes interlocutores, y a través de ellos al mundo: una búsqueda para la que el Misterio ha dotado a cada hombre de razón y de libertad, las dos compañeras inseparables de la fe cristiana.

Todo el discurso del Papa ha sido una gran provocación a la razón y a la libertad de los hombres y mujeres de este siglo XXI. Cansados de los falsos ídolos de las ideologías, de las promesas vacías de un bienestar que nos deja solos, de la corrosión malvada de tantas imágenes placenteras, tenemos nostalgia de la unidad que no se rompe, del amor que no se degrada en dominio, de la paz que no se basa en la componenda y el olvido. En el drama de quien espera el Infinito pero se topa con su límite, con el mal propio y el ajeno, se ha introducido Cristo: Él no quita nada de cuanto el hombre anhela, más aún, ofrece todo. Sólo Él, que es la verdad, puede ser al mismo tiempo el camino y la vida. No es una ilusión, sino un hecho palpable en esta cadena ininterrumpida de testigos que llega desde Galilea hasta Sydney. La puerta siempre está abierta.

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