Nada podrá destruir esto

Mundo · José Luis Restán
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17 mayo 2010
Estaba emocionado y agradecido, pero sobre todo quiso aprovechar la ocasión para un nuevo gesto fuerte de gobierno. En la Plaza de San Pedro se había dado cita el arco iris de la Iglesia, convocado por el Consejo Nacional de las Asociaciones laicales. Una multitud que desbordaba los brazos de Bernini y ocupaba la Vía de la Conciliación, para decir a Pedro que el pueblo está con él, que agradece su guía de estas tremendas semanas. De nuevo Benedicto se centra en lo que le importa: la renovación espiritual y moral de la Iglesia y su disponibilidad para el testimonio en una sociedad confusa pero sedienta de Dios.

Ni una palabra sobre los ataques injustos, más aún, la invitación a que las pruebas que el Señor permite nos lleven a una mayor radicalidad y coherencia. Máxima austeridad en los gestos y palabras, si bien el consuelo del Papa era evidente en el brillo de sus ojos y en sus brazos abiertos. "Continuamos juntos en este camino", como quien no se quiere detener mucho en la gloria de ese instante, como quien sabe que la fuerza no radica en el número y en la imagen sino en el don del Espíritu que garantiza el camino de la Iglesia. Después se da la vuelta y la ventana se cierra. Casi doscientos mil se derraman por las calles de la Roma eterna, vuelven a casa, al trabajo, a construir la ciudad. Sigue la vida, continúa el desafío: vivir de la fe y ofrecerla a todos.

Flota en el aire el eco de lo que dijo días atrás a los obispos portugueses hablando de los movimientos y nuevas comunidades eclesiales: "he tenido la alegría y la gracia de ver cómo, en un momento de fatiga de la Iglesia, en un momento en que se hablaba de «invierno de la Iglesia», el Espíritu Santo creaba una nueva primavera, despertando en jóvenes y adultos la alegría de ser cristianos, de vivir en la Iglesia, que es el Cuerpo vivo de Cristo. Gracias a los carismas, la radicalidad del Evangelio, el contenido objetivo de la fe, la corriente viva de su tradición se comunican de manera persuasiva y son acogidos como experiencia personal, como adhesión libre a todo lo que encierra el misterio de Cristo". La alegría de recibir la fe y de vivirla libremente, la tensión familiar por comunicarla de manera persuasiva al mundo. De eso se trata.

Lo había dicho en Oporto con toda claridad: no podemos limitarnos a lo que ya tenemos o creemos tener, porque eso sería una muerte anunciada. Por eso, como Pedro, en la confusión de nuestros tiempos debemos estar prestos a dar razón de nuestra esperanza a cuantos nos la pidan. Y como dice Benedicto, "todos al final nos la piden, incluso los que parece que no lo hacen… sabemos bien que es a Jesús a quien todos esperan. De hecho, los anhelos más profundos del mundo y las grandes certezas del Evangelio se unen en la inexcusable misión que nos compete, puesto que sin Dios el hombre no sabe adónde ir ni tampoco logra entender quién es".

Es curioso cómo los que tildaban a Ratzinger de "Prefecto del pesimismo" se ven ahora descolocados. ¿De dónde saca este hombre esta mirada cierta y mansa, tan inteligente para diseccionar los tiempos como tranquila para conocer la única victoria que al final sirve y permanece? En una carta dirigida al Kirchentag ecuménico reunido en Munich (la reunión anual de católicos, luteranos y ortodoxos alemanes) el Papa explica por qué, pese a la cizaña crecida en su campo, la Iglesia sigue siendo el lugar de la esperanza. "La luz de Dios no se ha puesto, el grano bueno no ha sido sofocado por la semilla del mal", dice el Papa.

Y habla de tantos (los santos que no están en el Libro) que dejándose plasmar por la fe han alcanzado una bondad y una humanidad espléndida, y que son motivo de esperanza para cuantos los rodean. Son los justos de los que Abraham discutió con Dios para salvar la ciudad, y dice el Papa que ahora disponemos de muchos más de diez. La Iglesia, con todo el peso del pecado de sus hijos, incluso de sus ministros, sigue siendo lugar de esperanza sencillamente porque la hace el Señor. "Porque en ella continúa dándose a Sí mismo en la gracia de los sacramentos, en la Palabra de la reconciliación, en los múltiples dones de su consolación". Y nada, dice Benedicto, podrá nunca oscurecer o destruir todo esto.

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