Muerte por hastío

Mundo · Jesús de Alba
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9 marzo 2020
En uno de estos fines de semana de invierno, me dispuse a buscar una misa por el centro de Madrid y me topé, por pura casualidad, con la misa donde participaba una orden monacal religiosa llamada de las hermanas del cordero. Mi asombro fue absoluto (con obispo y todo celebrando). El modo como estaban aquellas monjas y el canto (cantan toda posible intervención del pueblo durante la misa) era increíble. Por momentos parecía estar en el Paraíso.

En uno de estos fines de semana de invierno, me dispuse a buscar una misa por el centro de Madrid y me topé, por pura casualidad, con la misa donde participaba una orden monacal religiosa llamada de las hermanas del cordero. Mi asombro fue absoluto (con obispo y todo celebrando). El modo como estaban aquellas monjas y el canto (cantan toda posible intervención del pueblo durante la misa) era increíble. Por momentos parecía estar en el Paraíso.

El atractivo que vi se podría describir como de una potencia humana sobrenatural, excepcional y, a la vez, directa, no había que pertenecer a grupo alguno ni haber formado parte de una historia para percibirlo. Bastaba simplemente con estar allí.

Esto me hizo preguntarme de dónde podría venir el potente atractivo de una comunidad cristiana.

Lo primero que a uno le viene a la cabeza es el número de personas. Pero aquí era más que evidente, no más de 8 monjas (ni siquiera el número 12 de los apóstoles), no era el caso.

Dándole vueltas me encontré que, posiblemente, para que una comunidad cristiana esté viva y mantenga todo su potente y divino atractivo, debe ser justamente eso: la presencia de Dios en medio del mundo.

Y entonces, ¿por qué no todas las comunidades cristianas tienen ese brillo, esa potencia? ¿Cuántas misas (sin minusvalorar un milímetro su eterno valor infinito) y otros actos religiosos pasan sin más por la vida de la Iglesia? ¿Cuándo viene a menos la vida de una comunidad? No sabría decirlo teológicamente, pero me da la impresión de que el ocaso se produce cuando deja de ser signo de lo divino, normalmente porque los propios cristianos de la comunidad se meriendan el espacio que es propiamente de Dios, sustituyendo dicha presencia por el ´approach´ que cada uno tiene hacia Dios.

¡De nuevo una medida humana! Ya incapaz de nuevo, como cualquier otra ideología, de hacer rebosar las eternas aspiraciones de bien, justicia y verdad que albergan en el corazón de todo hombre.

Dice Houellebecq al terminar uno de sus capítulos del libro Serotonina: ´en principio la cuestión es solucionable pero en la práctica ya no lo es, y es así como muere una civilización, sin trastornos, sin peligros y sin dramas y con muy escasa carnicería, una civilización muere simplemente por hastío, por asco de sí misma, qué podía proponerme la socialdemocracia, es evidente que nada, solo una perpetuación de la carencia, una invitación al olvido´.

También El Brujo en su último monólogo de teatro hablando de la tragedia griega sugiere que el fin de una civilización se produce cuando pierde su conexión con el significado, lo que significan las cosas que es donde está la verdadera lucha de la humanidad.

Cuán fácilmente nos convertimos en un ´vertedero de pensamientos viejos´, decía Mona interpretando la dulce y dramática obra ‘Oscar o la felicidad de existir’.

Aquí el principio organizativo se torna en esencial. No sólo puede quedar esta tensión como sana lucha ascética del alma, sino que debe tomar forma.

Dice un libro sobre el gran Gregoire, que acoge a todos los locos de su país natal y alrededores de África: ´Otro en su puesto habría buscado siempre hacer las cosas mejor. Él no, y el motivo está en un personal acento de su fe: la fe de uno que cree que es siempre Dios el que toma la iniciativa, y por tanto hay que estar siempre con los ojos abiertos y los oídos bien abiertos para ver lo que Dios quiere hacer ver y oír su palabra. Sin una apertura similar no se puede reconocer la inspiración que viene del Espíritu´.

Muchas reglas y constituciones que regulan la actuación de grupos cristianos contienen, normalmente al principio de las mismas, una misma idea: la regla no tendría razón de ser si no existiera para recordar en la vida que Cristo está presente. Cualquier expresión de su vida que no brote de una llamada a Cristo presente no tiene valor, pudiendo incluso empeorar la vida de la persona favoreciendo el formalismo.

Resumiendo: no tendría que pasar COMO pasó en un pasado, sino LO que pasó.

De la supervivencia de estas frases y su eficacia concreta en el día a día dependerá en gran medida la vida viva de la comunidad.

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