Mueren, mueren y siguen muriendo

Editorial · Fernando de Haro
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4 mayo 2021
Siempre nos olvidamos. Siempre nos olvidamos de que lo que pasa en la India es lo que pasa en buena parte del mundo. 18 de cada 100 personas que viven en nuestro planeta han nacido en el subcontinente. Y lo que está ocurriendo es una tragedia

Siempre nos olvidamos. Siempre nos olvidamos de que lo que pasa en la India es lo que pasa en buena parte del mundo. 18 de cada 100 personas que viven en nuestro planeta han nacido en el subcontinente. Y lo que está ocurriendo es una tragedia: muere, mueren y siguen muriendo por coronavirus en una segunda ola angustiosa en la que falta oxígeno, en la que gente muere por la calle, en la que la diferencia entre ricos y pobres se hace más hiriente que nunca y en la que el virus se ceba, sobre todo, con los adultos jóvenes. El futuro de la pandemia depende, en gran medida, de lo que suceda en ese país con 1.300 millones de habitantes. El país de los infinitos colores, el país más religioso donde en no pocas ocasiones la religión se convierte en una fuente de discriminación.

Con ese extraño crédito que le damos en Occidente a Modi, nos creímos su versión. Nos creímos la versión del presidente de la mayor democracia del mundo, el máximo exponente de un hinduismo identitario muy peligroso, cuando aseguró durante el mes de enero en Davos que la India había dominado el Covid. Ahora sabemos que los muertos oficiales superan de largo los 200.000 y que los muertos reales pueden ser hasta un millón. Sabemos que no hay suficiente madera en muchos sitios para incinerar a los fallecidos. Sabemos poco más porque el Gobierno de Modi y los Estados donde gobierna su partido (el BJP) persiguen la libertad de expresión. Ha tenido que intervenir el Tribunal Supremo para tutelar a los que hacen críticas. La principal asociación de médicos ha reclamado datos fiables para poder hacer predicciones y tomar medidas.

Se ha apuntado la posibilidad de que la fuerza de la segunda ola tenga que ver la variante B.1.617, ya conocida como la variante India de la doble mutación. Es probable que esta variante sea significativa, pero no está nada claro en qué grado. Tampoco está claro, como señalan algunas fuentes, que la vacuna de AstraZeneca, la más utilizada en el país, no inmunice frente a esta mutación. Estamos en uno de esos momentos, frecuentes desde hace más de un año, en el que el conocimiento no es suficiente para sacar conclusiones.

Lo que sí está claro es que en la lucha contra el Covid también la política de Modi, como en tantas otras cosas, ha sido nefasta. El presidente nacionalista, que ha disparado la instrumentalización del hinduismo con la teología política del hindutva, ha hecho justo lo contrario de lo que había que hacer. En la primera ola determinó un confinamiento muy riguroso que hacía imposible la supervivencia de los más pobres. Después dio un bandazo. Las elecciones en cinco Estados le han llevado a impulsar una movilización masiva, con numerosas concentraciones, para mantener su poder. Se han celebrado partidos de criquet sin seguridad alguna y festivales religiosos en los que tres millones de fieles se han bañado juntos en algunos ríos.

Los más optimistas sostienen que Modi tenía el tiempo, los medios y la experiencia para salvar al país del infierno. Lleva demasiados años haciendo una política sectaria. Sus prioridades siempre han sido el culto a la personalidad y perseguir a minorías como la musulmana y la cristiana.

Con el Covid, la India vuelve a ser lo que siempre fue: un país despiadado para los pobres, para los sin casta, para los dalit. En principio la India tiene una significativa capacidad de producción de vacunas. Pero en realidad esa producción está monopolizada por dos institutos. Conseguir la inmunización va a ser más fácil para quien pueda permitirse pagar altos precios en la sanidad privada, que representa más del 70 por ciento del servicio de salud.

El Estado de Uttar Pradesh es uno de los más golpeados por la pandemia. Y allí se ha producido una interesante iniciativa de las congregaciones de religiosos católicos que se han unido a musulmanes e hindúes para promover la donación de sangre. Es un pequeño gesto en un mundo inmenso. Pero tiene el valor de introducir algo diferente en medio de una crisis sin precedentes. No han querido estos religiosos desaprovechar la crisis y se ha convertido para ellos en una ocasión de afirmar el valor de la persona, de mostrar que la verdadera religión es caridad, no nacionalismo identitario.

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