Muere ¿de dolor? un musulmán que perdió mujer e hijo en Niza

Mundo · Federico Pichetto
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20 junio 2019
El 14 de julio de 2016 la vida di Tahar Mejri cambió para siempre. El atentado terrorista de Niza le arrancó a su mujer y a su hijo de cuatro años. Desde entonces para él, musulmán en Occidente, la vida dejó de ser vida. De hecho, atormentado por su dolor, empezó a dejarse apagar. Hasta que murió, el pasado 15 de junio.

El 14 de julio de 2016 la vida di Tahar Mejri cambió para siempre. El atentado terrorista de Niza le arrancó a su mujer y a su hijo de cuatro años. Desde entonces para él, musulmán en Occidente, la vida dejó de ser vida. De hecho, atormentado por su dolor, empezó a dejarse apagar. Hasta que murió, el pasado 15 de junio.

En la muerte de Tahar está en cierto modo la muerte del islam, de la promesa que dio vida al islam, cuando un grupo de pobres campesinos quedó fascinado por primera vez ante la promesa de justicia que el anuncio del profeta introducía en su mundo. Esa justicia que devuelve la dignidad porque devuelve el honor y el respeto a Dios. Esa justicia que el terrorismo en nombre de Alá arrancó en cambio a uno de sus hijos, dejándolo en su océano de dolor sin promesa alguna de rescate.

Pero en la muerte de Tahar también está la muerte de Occidente, que no sabe pronunciar una palabra de bien y de verdad delante del dolor. Tres años en la nada, sin perspectivas, sin una propuesta, sin un nuevo inicio. ¿Quién podría resistir en la nada con un dolor tan pesado en el corazón? ¿Qué podemos ofrecer los occidentales a un corazón traspasado por semejante sufrimiento? ¿Quizás el problema no sea tanto quién llega a nuestras tierras sino la nada que se encuentra, la desesperación y el silencio que respira?

En definitiva, la muerte de Tahar es un poco la muerte de cada uno de nosotros, que morimos decenas de veces antes de morir de verdad. El dolor tiene la capacidad de matar nuestra esperanza, nuestros sueños, nuestros deseos. El dolor parece ser nuestro verdadero enemigo y amenaza con devorar amistades, pasiones, matrimonios, amores, responsabilidades. En el dolor lo perdemos todo. Y nos da tanto miedo. Porque en el fondo sentimos que el dolor nos quita dignidad.

Qué fuerza adquiere el anuncio de la Cruz de Cristo que anuncia a los hombres que vale la pena permanecer en el dolor, porque todo dolor es antesala de la Resurrección, promesa de novedad.

Tahar ha muerto destruido por una promesa de felicidad que sentía traicionada. Y nosotros, occidentales del nuevo milenio, corremos el riesgo de vivir con tanto miedo a sufrir que perdamos las ganas de comprometernos en una promesa de vida, y nos sentimos condenados a una soledad que, en realidad, no es ausencia sino espera del Misterio.

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