Mucho más que una ´cuestión moral´

Mundo · Federico Pichetto
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27 septiembre 2017
El Papa Francisco ha tenido la ocasión de encontrarse personalmente con los miembros de la Comisión Pontificia para la protección de menores, una nueva realidad que él mismo ha creado para sistematizar las decisiones de sus predecesores a la hora de condenar y denunciar públicamente los abusos a niños por parte del clero.

El Papa Francisco ha tenido la ocasión de encontrarse personalmente con los miembros de la Comisión Pontificia para la protección de menores, una nueva realidad que él mismo ha creado para sistematizar las decisiones de sus predecesores a la hora de condenar y denunciar públicamente los abusos a niños por parte del clero.

El camino de esta comisión no ha sido nada fácil: varios abandonos y polémicas por un presunto retraso y una supuesta “poca colaboración” por parte de ciertos organismos eclesiales. Pero Francisco no ha querido derivar el problema y ha hablado, sin medias tintas, de un pecado del que posiblemente la propia Iglesia aún no ha tomado plena conciencia en toda su gravedad, con las resistencias internas de quien reduce la pedofilia a una cuestión moral sin ver, por el contrario, su dimensión patológica.

Se trata de un nuevo paso del pontífice en las palabras y praxis utilizadas estos años. Ya no es solo cuestión de reconocer el fenómeno y colaborar con las autoridades civiles para denunciarlo y castigarlo. Se trata de comprender su verdadera naturaleza. La pedofilia, afirma Francisco, no es un comportamiento del que uno se arrepiente y “ya está”, la pedofilia es un problema inherente a la estabilidad psíquica de la persona, a su madurez afectiva y espiritual, por lo que “basta un solo comportamiento de este tipo” para ser excluido del sacerdocio y reducido al estado laical.

No son palabras sencillas las del sucesor de Pedro. Es como si el Papa llamara a todos a dar un salto de conciencia decisivo, donde ya no se admiten zonas de sombra pero donde “reconocer la culpa” forma parte de un proceso de crecimiento cuyo resultado no se puede gestionar según las leyes canónicas habituales, sino que merece un tratamiento excepcional que haga comprender al tejido social y a la persona el grado de culpa que adquiere un sacerdote pedófilo. Por eso el Papa ha excluido, para un sacerdote condenado por pedofilia y luego arrepentido, la posibilidad de obtener medidas de gracia, pues la gracia sana el pecado pero no puede curar al hombre de una enfermedad psíquica.

Quizás todavía hay demasiado pudor en la Iglesia para afrontar procesos de purificación, para volverse a ganar el pasado de un modo crítico, juzgándolo según el nivel de conciencia que el momento presente ha permitido desarrollar dentro del tejido eclesial. La moral es objetiva: el bien es bien y el mal es mal. Pero hay ciertos momentos de la historia en que algunos males se han combatida y afrontado con fuerza porque apuntaban a problemas antropológicos estructurales más profundos. La pedofilia habla de un camino afectivo insano que disfraza de problema moral lo que, por el contrario, es una cuestión médica y psiquiátrica.

El proceso de concienciación todavía puede ser muy largo y las comunidades aún no están preparadas para tomar distancia de algo que no es un accidente sino un impedimento real para desarrollar el ministerio sacerdotal. El camino y las palabras del Papa nos indican el camino: quien vive en la fe no debe tener miedo a llamar a las cosas por su nombre. Y esto vale, antes aún que para los comportamientos del “mundo”, para las perversiones que siempre pueden anidar a la sombra de lo que a Ignacio tanto le gustaba llamar nuestra “Santa Madre Iglesia Jerárquica”, un cuerpo vivo que no puede estar verdaderamente presente sin haber rendido cuentas antes con su propio pasado, un pasado hecho de hombres y de pecados.

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